La chef catalana asume su responsabilidad de exportar al mundo la gastronomía y el turismo nacionales como Embajadora Honoraria de la Marca España: «Si no hay excelencia en lo que comemos, ya no es gastronomía»
Por Guillermo Domínguez
En el bullicio elegante del acto de entrega de las acreditaciones a la XI Promoción de Embajadores Honorarios de la Marca España (EHME) —en un acto celebrado en el Palacio Real de El Pardo y presidido por Don Felipe VI—, entre trajes oscuros, sonrisas medidas y discursos institucionales, aparece ella con la serenidad de quien lleva décadas dominando el arte de convertir lo cotidiano en extraordinario. Carme Ruscalleda no necesita levantar la voz para imponer presencia. Su discurso, como su cocina, es pausado, preciso y profundamente meditado.
Acaba de ser reconocida como embajadora honoraria y, lejos de quedarse en la superficie del galardón, lo asume como una prolongación natural de su trayectoria. “Yo creo que esa responsabilidad nos ha conducido hasta aquí”, explica en una entrevista a Slocum, en el mismo Palacio de El Pardo, con una media sonrisa que no oculta la carga de fondo. “Es responsabilidad y mucho respeto. Cada vez me gusta más la palabra respeto”.
Y lo repite como un mantra, casi como si se tratara del ingrediente secreto de su recetario vital: respeto al producto, al proveedor, al equipo, al comensal… en definitiva, el respeto como columna vertebral de una gastronomía que huye del artificio vacío.

La excelencia como frontera. Ruscalleda no entiende la gastronomía como un mero ejercicio de creatividad o espectáculo. Para ella, hay una línea muy clara —y exigente— que separa lo que es de lo que no es. “La gastronomía es la excelencia de las cosas de comer”, afirma. “Debe ser excelente; si no, ya no es gastronomía”. No hay matices en esa declaración. Ni concesiones. En su universo culinario, todo empieza con un buen producto, pero no termina ahí. Hace falta, dice, alguien que lo entienda, que lo cuide y que lo interprete con sensibilidad. Y, al otro lado, un público dispuesto a ir más allá del plato.
Porque, en su visión, el restaurante ha dejado de ser un simple lugar donde alimentarse. “Se ha convertido en una obra, como la de un teatro o un cantautor”, señala. “Está basada en tu mente, en lo que tú crees que debe comer el otro”. Ahí reside, quizá, la esencia de su propuesta: una cocina que no sólo satisface, sino que interpela. Que no sólo alimenta, sino que cuenta.
Tradición como raíz, innovación como lenguaje. Si algo define el discurso de Ruscalleda es su fidelidad a la tradición. No como una jaula, sino como una raíz fértil. “Siempre he bebido de la tradición”, reconoce. Y lo hace con la convicción de quien sabe que en lo humilde se esconde lo extraordinario. Habla de pescadores, de agricultores, de ganaderos. De recetas nacidas de la escasez, pero llenas de ingenio. “Con sólo tres elementos sale una cosa nutritiva y maravillosa”, dice, reivindicando esa sabiduría popular que hoy, en plena era tecnológica, corre el riesgo de diluirse.
Pero lejos de quedarse anclada en el pasado, propone una reinterpretación contemporánea. “Hoy tenemos más tecnología, más conocimiento científico. Podemos darle la vuelta y hacerlo de 2026, sin perder de dónde venimos”. Esa dualidad —tradición y vanguardia— es, en realidad, el hilo conductor de toda su carrera. Una forma de entender la cocina como un puente entre generaciones.
Educar el paladar. Hay, sin embargo, una preocupación que atraviesa su discurso con cierta urgencia: la pérdida de cultura gastronómica en las nuevas generaciones. Ruscalleda no esquiva el diagnóstico. “A los jóvenes les llegan inputs que les desvían de lo que realmente deberían comer”, advierte. Y lo dice sin dramatismos, pero con firmeza.
Recuerda cómo antes el aprendizaje era casi natural: las temporadas, los productos, los ritmos de la tierra. Hoy, en cambio, ese conocimiento se ha fragmentado. Por eso insiste en la necesidad de “culturizarles”. No es una palabra casual. Es, en su boca, un concepto amplio que abarca educación, sensibilidad y criterio. “Nuestros jóvenes son los futuros consumidores”, subraya. “Hay que dedicarles tiempo para que después sean marca”.
En otras palabras: no basta con cocinar bien. Hay que enseñar a entender lo que se come.

Gastronomía y turismo: una postal que no admite trampas. Su nombramiento como embajadora también pone el foco en la relación entre gastronomía y turismo, dos motores que, en España, caminan inevitablemente de la mano.
Ruscalleda lo tiene claro: la cocina es una de las principales cartas de presentación del país. Una “postal amable de seducción”, en sus propias palabras. Pero esa postal no puede ser engañosa. “No debemos bajar la guardia pensando que, como vendrán otros turistas, les podemos dar cualquier cosa. No, eso no vale”.
El mensaje es directo: la excelencia no es negociable, ni siquiera —o especialmente— cuando se trata de visitantes ocasionales. Porque cada experiencia cuenta, y cada comensal es un potencial prescriptor. “Ese turista llegará a su localidad y lo contará”, explica. Y en ese relato, España se juega mucho más que una recomendación gastronómica.

El legado de una mirada. Siete estrellas Michelin, tres soles Repsol y una trayectoria que ha redefinido la cocina catalana y española. Los datos son apabullantes, pero Ruscalleda los menciona casi de pasada, como si formaran parte de otra conversación. Lo que realmente le importa es el camino recorrido y, sobre todo, el que queda por recorrer. Su mirada está puesta en el futuro, pero con los pies firmemente anclados en el pasado.
En un mundo donde la gastronomía corre el riesgo de convertirse en espectáculo efímero, su voz suena a contrapeso. A recordatorio de que, antes que tendencia, hay esencia. Y en esa esencia, repetida como un eco a lo largo de la conversación, hay una palabra que lo resume todo: respeto.
Porque, para Carme Ruscalleda, la cocina no es sólo un oficio ni una forma de arte. Es, sobre todo, una responsabilidad. Y ahora, con el título de embajadora, esa responsabilidad se amplifica. Sin estridencias, sin artificios. Como su cocina. Como su discurso. Como su manera de estar en el mundo.


