Hoy defiende el valor del esfuerzo y presta su voz a Razones de Peso, una campaña de Lilly que quiere hablar de la obesidad sin culpa ni prejuicio.
Por Guillermo Domínguez
Hay hombres que acaban siendo escuela sin habérselo propuesto. Toni Nadal es uno de ellos. Habla despacio, con la calma de quien ya ha visto casi todo, y con esa misma cadencia con la que acompañó a su sobrino Rafa hasta la cumbre del tenis desgrana una filosofía que en 2026 suena a contracorriente.
En una entrevista a SLOCUM, el entrenador mallorquín sostiene que el sufrimiento, bien administrado, no es un enemigo a esquivar, sino una herramienta que entrenar. Vivimos en una época empeñada en que nadie se roce con nada, y él sigue creyendo que hay cosas que solo se forjan a la intemperie.

Los niños de algodón. Su punto de partida es una advertencia sin adornos: “Creo que estamos protegiendo demasiado a los niños para evitarles cualquier tipo de sufrimiento, y eso puede no ayudarles de cara al futuro”. No es la queja de un viejo entrenador, sino una idea que lleva años repitiendo. “Es importante aprender a enfrentarse a cierta adversidad, porque tarde o temprano va a aparecer”, nos cuenta.
Cuando se le pregunta dónde termina la exigencia que educa y dónde empieza el abuso, no señala a los reglamentos, sino al propio deportista: “En la inmensa mayoría de los casos, es el propio jugador quien marca ese límite”. La excelencia, en su versión, no se concede sin fricción.
El músculo invisible. Todo su método descansa sobre una convicción: el carácter no viene de fábrica. “Si entendiéramos que todo depende exclusivamente de nuestra personalidad, asumiríamos que estamos determinados de antemano. Yo no lo creo”, sostiene a SLOCUM. Igual que se entrena el revés o el saque, se entrena la manera de afrontar lo que duele: “De la misma manera que entrenas la técnica, también puedes entrenar el carácter”.
De ahí sale la frase que mejor lo retrata: “El talento se educa en la calma y el carácter se construye en la tempestad”. La pronuncia al recordar la dureza con la que formó a Rafa, y no la disculpa: “Siempre he creído que haber pasado por momentos difíciles también nos prepara para el futuro”.

Ganar es lo difícil. Da además la vuelta a un lugar común. Lo que más cuesta a un deportista de élite no es perder, sino ganar: “Es mucho más difícil aprender a ganar que aprender a perder, porque ganar no depende únicamente de ti”. Su brújula es mirar el camino y no el puerto: “Si te centras en el proceso y valoras todo lo que has hecho para llegar hasta ahí, el resultado deja de ser lo único que determina tu satisfacción”.
Le inquieta que, en nombre del bienestar, se acabe consiguiendo lo contrario, como cuando se plantea “que es mejor no poner marcador” o que hay que calificar con cuidado a los niños “para no generarles un trauma”. Su diagnóstico es firme: “Podemos estar construyendo una sociedad más débil y con una menor tolerancia a la frustración”. Su remedio es de una sencillez casi estoica: “Cuando no damos una importancia desmesurada a las cosas y aprendemos a asumirlas con normalidad, estamos mucho más preparados para afrontar las dificultades cuando llegan”.
Lo que enseñó el discípulo. Después de dos décadas de gira compartida, cabría esperar del maestro un aire de superioridad. Responde, en cambio, con humildad y traslada el mérito al discípulo. “De Rafael aprendí, o más bien confirmé, muchas cosas que ya tenía claras. Lo que encontré en él fue la aplicación real de los valores que creo que deberían marcar el deporte: luchar hasta el final, competir de forma limpia, no perder nunca la educación y entender que la victoria no vale a cualquier precio”, dice.
Entre esos valores estaba la prohibición de las excusas. Su sobrino tuvo una, y solo una, de verdad legítima: la lesión del pie. “Las pocas veces que vino a quejarse, yo le decía: ‘Rafael, esto es lo que hay’”. Y lo resume en una línea: “Las excusas pueden servir para justificar lo que ha ocurrido, pero nunca te ayudan a ganar un partido”.

Otra travesía: las razones del peso. La segunda mitad de la conversación deja atrás la pista y se adentra en un terreno menos luminoso pero igual de exigente: la obesidad. Toni Nadal colabora con Razones de Peso, la campaña impulsada por Lilly para cambiar la manera en que se habla de una enfermedad todavía mal comprendida. “En muchas ocasiones tendemos a entenderla únicamente como consecuencia de una mala alimentación o de una vida sedentaria, cuando en realidad es una enfermedad mucho más compleja”, explica.
Su mensaje enlaza sin esfuerzo con el hilo de toda la entrevista a SLOCUM: “Pedir ayuda no es un síntoma de debilidad, sino más bien de fortaleza: significa reconocer que existe un problema y querer hacer algo para solucionarlo». Acudir a profesionales, recibir un diagnóstico adecuado y seguir sus recomendaciones le parece fundamental. Por qué se sumó al proyecto lo cuenta sin rodeos: «Me pareció un proyecto muy interesante y, sobre todo, positivo para la sociedad”.
La campaña reúne a voces de la nutrición, el deporte, la psicología y la atención primaria para derribar estigmas y abrir una conversación más franca. Que sea un hombre asociado a la exigencia quien preste su rostro a esta causa no es una paradoja. Es coherente con lo que lleva toda la vida defendiendo.

Un solo rumbo. Toni Nadal no tiene dos discursos, uno para la pista y otro para la salud. Tiene uno solo, aplicado a distintas aguas: la dificultad, cuando va bien acompañada, no destruye, sino que construye. Ya sea un joven que estrena su primera gran presión o un adulto que reúne el valor de hablar con su médico sobre su peso, la receta es la que aplicó durante años en las pistas de Manacor: pedir ayuda cuando haga falta, no buscar excusas cuando no la haya, y recordar que el resultado es solo una parte del viaje. Lo demás, parece decir Toni Nadal, se construye en la tempestad.
