Detrás de un gesto tan cotidiano como abrir el grifo existe una red de conocimiento, tecnología y decisiones que sostiene la vida en una isla. En Canagua y Energía, la innovación nos invita a mirar de otra manera los recursos que durante mucho tiempo hemos dado por sentados.
Por Giulia Cavaliere
Hay cosas que forman parte de nuestra vida hasta tal punto que dejamos de verlas.
Abrimos el grifo y esperamos que salga agua. Encendemos una luz y esperamos que haya electricidad. Son gestos sencillos, incorporados a nuestros días, que rara vez nos llevan a pensar en todo lo que ocurre antes de que podamos realizarlos.
Pero el tiempo cambia nuestra relación con aquello que nos rodea. Lo que en una época de prosperidad parece abundante puede llegar a percibirse como algo garantizado. Y cuando cambian las condiciones de un territorio, también cambia la responsabilidad de quienes lo habitan. En Canarias, donde el agua y la energía están profundamente conectadas, esta reflexión adquiere una dimensión concreta. La desalación, la gestión de las redes de abastecimiento, la eficiencia energética y la reutilización forman parte de un desafío que afecta tanto a la vida cotidiana como al futuro económico y ambiental de las islas.

Durante mi visita a Canagua y Energía 2026, celebrada los días 21 y 22 de octubre en el Recinto Ferial de Agüimes, me interesó precisamente esa dimensión menos visible: todo lo que una sociedad necesita aprender, investigar y cuidar para que un gesto cotidiano siga siendo posible.
Organizada por Infecar, Feria de Gran Canaria, con el impulso del Cabildo de Gran Canaria, la feria ha reunido a más de 60 empresas e instituciones en su decimoquinta edición. Una zona expositiva, jornadas técnicas, presentaciones y encuentros profesionales han convertido el evento en un espacio para compartir conocimiento, mostrar nuevas soluciones y explorar oportunidades de colaboración en torno al agua, las energías limpias y la sostenibilidad. Al recorrer sus espacios y conversar con algunos de sus participantes, encontré propuestas muy diferentes, unidas por una misma pregunta: ¿cómo podemos utilizar mejor los recursos de los que depende nuestro futuro?
Lo que sucede detrás de un grifo. En mi conversación con representantes de Aqualia y Entemanser descubrí dos ejemplos de cómo la innovación puede ampliar nuestra manera de entender el agua.
El primero parte de las plantas desaladoras. En un territorio donde el agua de mar es una fuente fundamental de abastecimiento, desalar significa aplicar tecnología, presión y sistemas de filtración para obtener agua dulce. Pero el proceso genera también una corriente concentrada de sales, conocida como salmuera, cuya gestión requiere atención para reducir el impacto sobre el entorno marino.

La pregunta que se plantea es sencilla: ¿podemos aprovechar mejor los recursos que aparecen durante ese proceso? La iniciativa que conocí explora la recuperación y valorización de sales vinculadas a la desalación, abriendo nuevas posibilidades a partir de un proceso industrial ya existente. La propuesta se presentó en la feria de una forma cercana, con una experiencia de degustación que permitía descubrir una aplicación concreta de ese aprovechamiento.
El segundo ejemplo tiene que ver con algo menos visible aún: el agua que se pierde sin que nadie lo advierta.
La digitalización de los contadores, los sensores y los algoritmos de inteligencia artificial permiten detectar comportamientos anómalos en las redes de abastecimiento y generar alertas sobre posibles fugas. La tecnología ayuda así a intervenir antes y con mayor precisión, evitando que una pérdida permanezca oculta bajo tierra durante demasiado tiempo.
Durante la conversación apareció también una idea que conecta ambas iniciativas: «Somos canarios y queremos preservar Canarias». La frase expresa una manera de entender la innovación desde el conocimiento del lugar en el que se vive. No se trata únicamente de operar una instalación o cumplir con sus requisitos, sino de explorar cómo mejorar su funcionamiento y cuidar el territorio al que sirve. Conservar un recurso también significa aprender a reconocer su valor antes de que su ausencia nos obligue a hacerlo.

Inteligencia artificial para comprender mejor las instalaciones. La conversación con WMG me permitió acercarme a otra dimensión de esta transformación: la gestión digital y el mantenimiento de las instalaciones. La empresa trabaja en soluciones que permiten mejorar el seguimiento de los procesos operativos y de mantenimiento. Su representante explicó que la inteligencia artificial está ampliando las posibilidades de desarrollo y de apoyo informativo de sus sistemas.
Hay una distinción importante en su planteamiento: la IA funciona como una herramienta de información y apoyo, no como un sistema que ejecuta autónomamente las operaciones o toma las decisiones finales. Digitalizar no consiste simplemente en sustituir una tarea manual por un programa. Significa reunir y comprender mejor la información disponible para anticipar necesidades, mantener las infraestructuras y utilizar los recursos con mayor conocimiento. En el ámbito del agua y la energía, donde las instalaciones deben funcionar de manera continua, esa capacidad de anticipación puede contribuir a mejorar la eficiencia y la conservación de los sistemas.

Quizá una de las grandes transformaciones de nuestro tiempo consista precisamente en aprender a utilizar la tecnología para mirar mejor, en lugar de limitarnos a hacer las cosas más rápido.
Cuando la energía encuentra otras formas de convivir con el territorio, la sostenibilidad pasa a ser una cuestión que va más allá de producir energía limpia: cómo integrarla en un territorio sin ignorar las necesidades de quienes lo habitan y trabajan en él. En SM Advance Energy conocí una propuesta que busca acercar la energía fotovoltaica a la agricultura. La idea es explorar cómo combinar las instalaciones solares con cultivos como las plataneras, estudiando las necesidades de luz, sombra y crecimiento de cada plantación para adaptar el diseño energético a las condiciones agrícolas.
La iniciativa parte de una realidad concreta: algunas explotaciones necesitan energía para procesos como la desalación del agua destinada al riego. Integrar generación fotovoltaica puede ayudar a reducir su consumo energético y sus emisiones, siempre que el sistema se adapte a las necesidades del cultivo. Es una forma de innovación que busca crear sinergias entre dos actividades fundamentales para las islas, teniendo en cuenta tanto la eficiencia como el paisaje y el uso del suelo.
La transición energética no consiste únicamente en instalar más paneles. También exige preguntarse dónde, cómo y para qué se instalan.

Innovar también significa formar e investigar, y el futuro de los recursos depende de la tecnología, pero también de las personas capaces de desarrollarla, mantenerla y mejorarla. En el CIFP San Cristóbal, la innovación aparece vinculada a la formación profesional y a la colaboración directa con las empresas. El centro trabaja para acercar la enseñanza a las necesidades reales del sector, mediante el intercambio de conocimientos, la participación de profesionales y la búsqueda conjunta de soluciones a problemas concretos.
Esta conexión permite que los futuros profesionales se formen en contacto con una realidad empresarial que cambia continuamente. Al mismo tiempo, las empresas pueden acercarse a nuevas ideas y contribuir a preparar a quienes trabajarán en sus instalaciones. Es una dimensión de la innovación que a veces recibe menos atención que las máquinas o los sistemas digitales, pero que resulta esencial para que las transformaciones puedan sostenerse en el tiempo.
La investigación abre, a su vez, posibilidades que todavía están en desarrollo. La Plataforma Oceánica de Canarias (PLOCAN) participa en proyectos relacionados con las tecnologías marinas, las energías renovables y la observación del océano. Entre ellos se encuentra DESALIFE, que investiga y valida una tecnología de desalación alimentada por la energía de las olas.

Son iniciativas que exploran cómo aprovechar las características del entorno marino para responder a necesidades concretas de los territorios insulares. Entre una investigación y su aplicación a gran escala hay pruebas, inversión, colaboración y tiempo. Precisamente por eso, investigar es también una forma de anticiparse.
Energía para movernos y soluciones para vivir con más autonomía. Otras propuestas presentadas en la feria muestran cómo la transición energética necesita infraestructuras capaces de acompañar los cambios en nuestra manera de vivir y desplazarnos. En mi conversación con i-charging conocí soluciones de recarga para vehículos eléctricos que buscan responder a distintas necesidades, desde hoteles y puntos de carga convencionales hasta estaciones de alta potencia para vehículos de mayor tamaño. La propuesta contempla también sistemas de gestión de la energía y almacenamiento para ayudar a responder a las limitaciones de capacidad de la red eléctrica.
La innovación, en este caso, no se limita al vehículo. Depende de la infraestructura que permite cargarlo, de la energía disponible y de la capacidad de integrar esos elementos en un sistema que funcione de manera eficiente.
En otra conversación, Fabián Romero, al hablar de depósitos para el almacenamiento de agua, me ofreció una perspectiva más cercana a la vida cotidiana. Detrás de la necesidad de disponer de un depósito puede haber un objetivo mucho mayor: comprar una casa en el campo, recoger agua de lluvia o vivir con más autonomía en un lugar donde el acceso al agua no resulta tan sencillo.
Su reflexión fue especialmente clara: el depósito puede ser el medio, pero lo que una persona busca es libertad y tranquilidad. La conversación devolvía el tema a su dimensión humana. El agua no es únicamente una infraestructura que debemos gestionar. Es también la posibilidad de habitar un lugar, desarrollar una actividad y elegir cómo queremos vivir.

El tiempo de anticiparse. Al recorrer una feria como Canagua y Energía, se hace evidente que la sostenibilidad no depende de una única tecnología ni de una sola empresa. Requiere la colaboración entre administraciones públicas, instituciones científicas, centros educativos, operadores, empresas tecnológicas y profesionales que conocen las necesidades concretas del territorio.
Cada uno trabaja en una escala distinta: la operación de una instalación, el mantenimiento de las redes, la recuperación de recursos, la integración de energías renovables, la formación o la investigación de nuevas soluciones. Todas esas escalas están conectadas.
Hay, además, una dimensión del tiempo que atraviesa todas estas iniciativas: la diferencia entre reaccionar ante un problema y prepararse para que no llegue a agravarse. Detectar una fuga antes de que se convierta en una pérdida importante. Investigar una nueva forma de producir agua antes de necesitar soluciones urgentes. Adaptar una instalación energética a las necesidades de un cultivo. Formar hoy a los profesionales que tendrán que mantener las infraestructuras del mañana.
Todo ello exige dedicar tiempo y recursos en el presente a algo cuyos beneficios quizá solo se perciban más adelante. Estamos acostumbrados a reconocer el valor de una solución cuando resuelve una dificultad visible. Sin embargo, una parte fundamental del progreso sucede antes: en la prevención, la investigación, el mantenimiento y la capacidad de anticipación.
Sus resultados pueden parecer poco extraordinarios precisamente porque permiten que la vida continúe con normalidad. Y es aquí donde la innovación tecnológica se encuentra con una cuestión más amplia, casi cultural: nuestra manera de relacionarnos con los recursos. Cuando la abundancia se prolonga, puede convertirse en costumbre. Y la costumbre puede hacer que dejemos de preguntarnos de dónde viene aquello que utilizamos y qué necesitamos hacer para conservarlo. Recordar que los recursos tienen un origen, un coste y unos límites no debería ser únicamente una reacción ante la escasez. Puede ser una forma de conciencia colectiva, una manera de entender el presente teniendo en cuenta el tiempo que vendrá.

Lo que dejamos de perder también es progreso. Al salir de Canagua y Energía, me quedo con una imagen cotidiana: una persona que abre el grifo de su casa sin tener que preguntarse qué ha ocurrido para que el agua llegue hasta allí. Esa normalidad es el resultado de una enorme cantidad de conocimiento, infraestructuras, investigación y trabajo. Mantenerla exige inversión y capacidad de adaptación. También exige comprender que el agua y la energía forman parte de un mismo equilibrio, y que preservar los recursos de una isla es una tarea compartida.
La inteligencia artificial puede ayudar a detectar una fuga. Una planta desaladora puede convertirse en un espacio para explorar la recuperación de materiales. La agricultura puede encontrar nuevas sinergias con la energía fotovoltaica. La investigación oceánica puede abrir caminos hacia nuevas formas de producir agua y energía. La formación profesional puede preparar a quienes harán posibles estas transformaciones.
La feria muestra, a través de empresas, instituciones y proyectos diferentes, que la innovación tiene muchas formas. Algunas son visibles y otras ocurren lejos de nuestra mirada. Todas pueden contribuir a transformar nuestra relación con aquello que necesitamos.
Quizá esa sea una de las preguntas que deja esta edición de Canagua y Energía: ¿cuánto tiempo estamos dispuestos a dedicar hoy a cuidar lo que hará posible nuestra vida mañana? El futuro del agua no empieza cuando abrimos el grifo. Empieza mucho antes: en las decisiones que tomamos, en lo que elegimos investigar y en la capacidad de reconocer el valor de un recurso antes de que su ausencia nos obligue a hacerlo.
Y porque el progreso también se mide en el agua que no se pierde, en la energía que se utiliza mejor y en todo aquello que una sociedad aprende a preservar a tiempo.
Giulia Cavaliere, la Alquimista del tiempo de Slocum Magazine, desarrolla la Voz del Tiempo, una nueva visión sobre la relación con el tiempo y cómo esta influye en nuestra manera de vivir, crear y liderar. Más aquí.

