Crónica personal del Dubai Fitness Challenge y su imponente Dubai Run: 307.000 corredores en la arteria de una ciudad que nunca duerme.
Por Guillermo DomÍnguez
A Dubái no se llega: Dubái te recibe. Y lo hace como quien abre la puerta de su casa sin preguntar, convencida la imponente ciudad de Emiratos Árabes Unidos de que lo que tienes delante sin duda te va a sorprender. Así fue. Este redactor de SLOCUM aterrizo allí, junto a un grupo de periodistas y Matías -el PR de Marco Agency que se estrenó por la puerta grande- después de siete horas de vuelo: lo primero que golpeó no fue el skyline futurista, ni los mastodónticos paneles publicitario. Ni siquiera la majestuosa silueta del Burj Khalifa -el edificio más alto del mundo con 828 metros- reinando en la noche. No. Lo primero que golpeó fue el calor. 27 grados y un nivel de humedad que, a las 2:30 de la madrugada, en pleno mes de noviembre -finales, para más señas- solo pueden explicarse con ironía.

“Welcome to Dubai winter”, murmuró el conductor del transfer que nos llevó hasta el hotel. Y sonrió. Una frase iba a resumir bastante bien los días que teníamos por delante, aunque ya se sabe que sarna con gusto…
Vinimos para cubrir el Dubai Fitness Challenge (DFC), la gran campaña anual con la que el gobierno dubaití pretende convertir noviembre en un mes de devoción hacia el deporte: al menos 30 minutos de actividad física durante 30 días. El lema es simple: 30×30; la ejecución, descomunal. Gimnasios públicos al aire libre, clases gratuitas de boxeo, yoga, HIIT, sesiones colectivas de cycling que parecen festivales de música electrónica, carreras, rutas por la ciudad… Dubái quiere que te muevas. Y no te da excusas para no hacerlo.

Pero el DFC tiene un corazón, un eje central que late con más fuerza que nada: la Dubai Run, la carrera popular más multitudinaria del planeta, la gran fiesta del deporte popular y, por qué no decirlo, una demostración de músculo logístico, urbano y social difícil de imitar.
Este año, 307.000 corredores. Una Valladolid entera inundando Sheikh Zayed Road, el pulmón asfaltado de la ciudad. Y el autor de estas líneas, con el dorsal ‘836593’ en el pecho, dispuesto a contarlo desde dentro.

Primer contacto: golf y pádel para calentar… o para sufrir
El día siguiente al aterrizaje no exige madrugón, pero sí valentía. Hay que vestir ropa corta y acercarse al Dubai Creek Golf & Yacht Club. Allí nos espera Edward Atack, inglés -de Nottingham, para ser precisos-, profesional del PGA Tour, elegante hasta cuando respira. Su misión: enseñarnos a no hacer el ridículo con un hierro 8.
Alguna vez he jugado al golf, pero podríamos decir que la especialidad es levantar chuletas del césped más que bolas. Ed, que le pega como si naciera una brisa cada vez que mueve el brazo, intenta corregirme con diplomacia británica. No hay manera. Aun así, el sitio merece cada minuto: instalaciones impresionantes y una anécdota de las que valen oro. “De vez en cuando juego con Lando Norris”, nos suelta. Y se queda tan ancho. Yo también juego (jugaba) con amigos, pero no suelen pilotar en Fórmula 1.
Tras la sesión golfística, hacemos una parada técnica en Time Out Market, dentro del Dubai Mall, y luego subimos al Burj Khalifa porque, cuando tienes delante el edificio más alto del mundo, lo lógico es subir. Ver y callar. De admiración, claro está.
La tarde nos lleva a Ballers, un club deportivo del downtown donde Alexandra, una argentina que reparte técnica, energía y sabiduría a partes iguales, nos pone a prueba con una clase de pádel. Entre el sol cayendo sobre la ciudad y la silueta del Burj Khalifa a unos pocos metros, la experiencia roza lo místico. El pádel es duro, pero hacerlo allí casi convierte el sufrimiento en privilegio.

Hatta: una escapada al desierto
El sábado toca madrugar. Y mucho. Nos dirigimos hacia Hatta, un enclave situado a 130 kilómetros al sureste de Dubái, una especie de recordatorio de que Emiratos Árabes Unidos no es solo cristal y acero, sino también montaña, roca, rutas y tradición. Nos guía John, ghanés, una especie de híbrido entre cabra montesa y maratoniano keniano. Mientras los demás sudamos, resoplamos, renegamos de nuestra forma física y, en algún momento, nos replanteamos nuestra vida, él avanzaba ligero, casi en silencio, como si el terreno lo conociera desde siempre.
La ruta culmina en un mirador coronado por el famoso rótulo de Hatta, esa especie de versión árabe de Hollywood que en 2023 se ganó un récord Guinness: el rótulo de referencia más alto del mundo con 19,28 metros de altura. Desde arriba, uno entiende por qué Dubái no teme a lo imposible: parece una obsesión colectiva. La excursión continúa con una visita al Centro de Descubrimiento de Abejas Melíferas, todos embutidos en trajes de apicultor que nos hacen parecer extras de una película de ciencia ficción. Después, una travesía en barca (con pedales, que aquí nada es gratis en términos calóricos) por las aguas turquesas del embalse.
Comemos en Al Hajarain, cocina árabe tradicional, sabrosa, reconfortante. Y regresamos a Dubái para cerrar la jornada en Paus Club, el templo de la salud integral de Sarah Pasha. Yoga, detox, mindfulness, nutrición, spa… aquí uno entra acelerado y sale como si flotara. El día ha sido agotador y acabamos cenando en el hotel que nos alojó durante cuatro noches: el Rove City Walk, a pocos metros del Coca-Cola Arena donde el Dubai Basketball juega sus partidos.

La gran fiesta del ‘running’: 307.000 almas en movimiento
Y entonces llega el gran día: la Dubai Run. El motivo por el que estamos aquí.
La ciudad ya nos había impresionado antes: sus 3,9 millones de habitantes -su extensión el doble que Madrid (1.500 km2 por los 605 de la capital de España), su limpieza enfermiza (no encuentras ni un papel por la calle), el respeto generalizado y esa convivencia casi utópica entre más de 200 nacionalidades distintas. Pero la carrera… la carrera es otra cosa. Es Dubái puesta en marcha.
A las 4:30 de la madrugada ya estoy en pie. Aún es de noche cuando llegamos al Four Points Hotel, a pocos metros de la salida. Me entregan el dorsal ‘836593’. Lo guardo como oro en paño, aunque sobre lo que ha sido la carrera por mi parte… mejor dejarlo para otras páginas, que no las de SLOCUM.
El ambiente es indescriptible: miles de personas calentando, haciéndose fotos, bailando al ritmo de David Guetta, Coldplay o Black Eyed Peas. Sheikh Zayed Road completamente cortada, convertida en una alfombra humana que se extiende más allá de donde alcanza la vista. Dicen —y no seré yo quien lo desmienta— que algún que otro famoso se deja caer por aquí. Se rumorea que Usher participó este año. Yo, la verdad, iba demasiado pendiente de otros menesteres.
El recorrido es espectacular: Burj Khalifa, Museo del Futuro, Dubai Mall, la Ópera… un catálogo urbano que hace que, por un segundo, te olvides de lo mal que corres. Pero tampoco vine a competir, sino a mirar, a sentir y a comprender por qué una ciudad entera se mete en vena esta fiesta colectiva. Cuando cruzo la meta, sudado y feliz, sé que este viaje ya ha merecido la pena.

Baloncesto y una piscina suspendida en el cielo
El domingo nos reserva dos últimos regalos. Primero, una visita al entrenamiento del Dubai Basketball, equipo de Euroliga y Liga Adriática (sí, leído tal cual) que está poniendo a Emiratos Árabes en el mapa baloncestístico mundial. Allí aprovecho para charlar con Dzanan Musa y Klemen Prepelic, dos viejos conocidos del madridismo, que están encantados de haber encontrado en Dubái su nueva casa.
Después llega la guinda: el AURA Sky Pool, la piscina infinita con vistas 360º más alta del mundo. Planta 50 del St. Regis Hotel, más de 200 metros sobre el suelo, vistas a Palm Jumeirah, al Atlantis, al mar, a la ciudad… todo parece irreal, como si alguien hubiera decidido crear el lugar perfecto para despedirse de Dubái con una copa en la mano y la cabeza en las nubes.

La cruda realidad de la vuelta a casa
La última mañana es una pequeña tortura. Maletas, aeropuerto, controles, el avión. Regresamos a España avanzando hacia el invierno real, dejando atrás ese “winter” dubaití que rondaba los 30 grados. Llego a casa casi a medianoche. Cansado, sí; saturado, quizá; pero con la sensación de haber vivido una experiencia que no se puede medir en kilómetros, ni en fotos, ni siquiera en récords Guinness.
Porque Dubái, con todas sus luces y sombras, con su ostentación y su ambición sin complejos, tiene algo mágico. Algo que, por mucho que quieras explicar, solo puedes entender cuando lo sientes in situ. Dubái es sencillamente maravilloso, fascinante: si se da la oportunidad, amenazamos con volver más pronto que tarde…

