El protagonista, Flavio Guijarro, es el arquetipo del solucionador. Tras encadenar una infinidad de vocaciones frustradas, termina ejerciendo de traductor, y posteriormente de coach para Alez Mazado, el actor español más cotizado del momento.
Por Estíbaliz Cazorla
Pedro Almodóvar ha cartografiado el caos, la pasión y el ruido a lo largo de veinticuatro largometrajes. Sin embargo, para su primera incursión en la novela, El hombre que solo escribía en los aviones, el cineasta manchego cambia radicalmente de ecosistema y disecciona una patología que cualquier alto directivo reconocerá al instante: la absoluta imposibilidad de crear cuando se está disponible.

En esta historia está Madrid, Nueva York, Roma y París, y por supuesto la cabina de avión a modo de territorio inexpugnable. Mientras el actor duerme en el asiento contiguo, Flavio, incapaz de conciliar el sueño, fagocita las novelas que lee. Cuando los márgenes de los libros se le quedan pequeños para reescribir las historias que se niega a dar por terminadas, continúa su frenesí llenando de palabras las bolsas de papel para el mareo. Allí arriba, inalcanzable para el mundo, recupera el control. Tal y como anota el propio personaje en uno de sus textos: «La naturaleza del tiempo es escaparse, pero no se lo permito, voy corriendo detrás de él».

Pedro Almodóvar ilustra el coste de la transición entre la gestión y el legado. El propio autor confiesa que, mientras un rodaje es una vida coral que oscila entre «la gran fiesta familiar» y «la gran tragedia», la escritura exige una soledad rotunda, un peaje duro pero hipnótico. A sus setenta años, inmerso en una etapa de mayor gravedad y austeridad creativa, Almodóvar escribe a diario, asegurando que es una práctica indispensable «para que el futuro me encuentre ocupado».
El hombre que solo escribía en los aviones trae una regla de oro en los negocios: en tierra, nuestro tiempo pertenece a otros. Solo forzando la desconexión física y asumiendo la soledad más estricta podemos volver a ser dueños de nuestras propias palabras.

Esta incursión en la novela consolida un perfil intelectual poliédrico. Aunque el imaginario colectivo lo ubique como el cineasta español de mayor alcance internacional desde Luis Buñuel, el autor confiesa que prefiere pensarse, por encima de todo, como un narrador. A diferencia de la dirección cinematográfica, un territorio donde admite contar con «más parapetos» para resguardarse, la literatura le exige un nivel de exposición que afronta con profundo respeto y pudor. Se trata, en definitiva, del movimiento estratégico de un creador que, tras conquistarlo todo en la pantalla, elige el vértigo del folio en blanco para diversificar su legado y asegurarse de que el futuro lo encuentre ocupado.

El hombre que solo escribía en los aviones (Reservoir Books), una lectura ineludible para aquellos que comprenden que el verdadero capital se forja cuando nadie nos está interrumpiendo. Te lo dejo aquí.
Estíbaliz Cazorla, jefa de Redacción. Es especialista en comunicación estratégica e identidad verbal para marcas. Fundadora de la agencia boutique Mirar para Crear. Más aquí.
