El rechazo emocional es una parte más de la vida. Analizamos qué implica, los tipos de rechazo que existen y sobre todo el cómo gestionar tanto el recibir un rechazo como el tener que rechazar.
Por David Ruiz Díaz
El rechazo emocional es una parte más de la vida. Analizamos qué implica, los tipos de rechazo que existen y sobre todo el cómo gestionar tanto el recibir un rechazo como el tener que rechazar. Si eres una persona que sufre mucho al sentirse rechazado o eres de las que a todo le dice siempre que sí, este articulo te puede interesar.
Empecemos definiendo la palabra “rechazo”. Rechazar significa denegar algo. Esto implica que ese algo no se quiere por diferentes motivos, aunque el principal motivo suele ser porque la persona siente que puede ser perjudicial para sí mismo. Vale con rechazar una parte del todo, para no querer ese todo. Es decir, a modo de ejemplo, una persona que lleva viviendo en una determinada ciudad muchos años, hasta el momento en el cual, en los niveles altos de contaminación, encuentra motivo suficiente para irse a vivir a otra ciudad a pocos kilómetros de distancia.
Rechazar es lo contrario que aceptar. Aceptar significa querer algo tal y como es, por lo que no existe rechazo en ese algo. Por lo que también, el rechazo se puede definir como la no aceptación de algo por lo que es.

Una vez definido lo que es rechazo, toca descubrir que implica en nosotros este término. Recibir un rechazo duele, sea el que sea, desde que no te presten un lapicero hasta que tu pareja te diga: «hemos terminado». El dolor es humano y lo suyo es hacerse cargo de ese dolor y dejar que la tristeza haga su trabajo.
La cosa es que, si se siente el rechazo de no prestarte un lápiz como si fuese el mayor rechazo que se ha sufrido, ahí es donde existe un desequilibrio, porque lo subjetivo está por encima de lo objetivo.
Sufrir de manera desproporcionada, pero también recibir un rechazo y que te de igual, son formas polares de gestionar el rechazo. Esto es porque el no sentir nada es igual de perjudicial como el que siente de más.
También está la otra cara de la moneda, que es el rechazar y no el ser rechazado. Al rechazar también hay variables que entran en juego. Rechazar implica poner límites, y poner límites es en parte a menudo relacionada con a la ira. Aquí, al igual que en lo del sentir el rechazo, existen también dos formas desproporcionadas. Una por ejemplo puede ser el caso la persona que se excede en rechazar cosas, por lo que no permite nada, personas que dicen mucho o siempre «no». Por otro lado, están las personas que a todo o casi dicen que «sí», por lo que nunca paran, dejan que otras personas se aprovechen de ellas y son incapaces de poner límites.
Se puede decir que hay cuatro formas de gestionar de forma no sana el rechazo, que son las mencionadas anteriormente. Ante estos casos, existen posibles causas. En psicología nunca se puede contar con certezas, con el 100% de la seguridad de un análisis acerca de una causa: «es así» porque interfieren infinidad de variables a la hora de formarse algo, ese algo puede ser un síntoma, una herida, un trastorno…
Dicho esto, sí que a lo largo de mi experiencia como psicólogo, he visto ciertas causas que pueden venir de las formas desajustadas de gestionar el rechazo (en todas sus formas).
De primeras, estas personas han sufrido un gran rechazo durante su infancia y/o adolescencia. Cuando un gran rechazo se da a estas edades, la herida es más profunda, porque no se tienen las suficientes defensas y recursos para poder gestionar un gran rechazo.
Un gran rechazo, que es muy doloroso a cualquier edad, puede ser: bullying, separación de los padres, huida de uno o los dos progenitores, no aceptación de los iguales (amigos, compañeros…), padres excesivamente críticos… Estos son ejemplos para entender cómo se forja una herida emocional. Si además este rechazo sufrido, no es acompañado, consolado, expresado… genera más herida, por lo que más se sufre al soportarla.
De estos grandes rechazos surgen las formas desajustadas anteriormente descritas. Es decir, en el rechazo del lápiz, están afectando experiencias del pasado que no han sido sanadas, con lo que cualquier experiencia de rechazo es como revivir el trauma del pasado, porque esa gran herida aun supura y se hace presente porque lo que necesita es ser sanada.
Al que le da igual que le rechacen le pasa lo mismo, pero justo en una versión opuesta. En vez de sentir de más, no siente, ya que sus emociones se pueden decir que están “congeladas”.
Los que suelen rechazar todo, es decir, decir no a todo, lo hacen para evitar volver a sufrir, no dejan que nada entre, ni lo bueno ni lo malo. Es como: «hago lo mismo que me hicieron a mí».
Y justo al que todo dice si, pasa lo mismo pero al revés: “dejo que todo entre para evitar conflictos y para que así me acepten y me quieran”.
Estos son unos ejemplos. Es posible que, de estos cuatro comportamientos, tengas uno, dos, tres o los cuatro, ya que depende del contexto y de tu historia. Y recuerda: no es malo tenerlos, ya que te han ayudado a sobrevivir porque sufriste mucho en su momento, y ahora te toca sanarlo y poner remedio para crecer como persona.

Llegados a este punto, lo primero que tienes que saber es que recibir un rechazo acarrea dolor. Evidentemente depende del tipo de rechazo. Con lo que la frustración es parte del camino y no siempre se va a dar lo que tu quieres. Con lo que aceptar que la frustración y el rechazo sean parte de la vida es el primer consejo.
Para las personas que sufrís en exceso, tened presente que no os rechazan a vosotras y a vosotros, si no a la circunstancia en sí misma. Tú vales más que ese rechazo, y por muy doloroso que sea, podrás con ello, ya que habrá otras personas o situaciones en donde sí te acepten con lo que les ofreces.
Si te rechazan ellos pierden la oportunidad de tenerte. Y poco a poco irás sanando esa herida que permanece que al mínimo rechazo se hace figura.
Para aquellos a los que les da igual ser rechazados, tened presente que es posible que no merezca la pena aquello, pero también os estáis dando igual a vosotros mismos, por lo que no os permitís perseguir vuestros sueños, metas, aquello que deseáis, ya que os da igual, por lo que no os permitis crecer.
No permitis ni aceptáis vuestras necesidades. Recocer y validar lo que uno quiere conlleva ir con todo a por ello, con el riesgo de ser rechazados. Pero, sentir dolor, no te convierte en algo menor, te hace persona, no te hace vulnerable, te hace humano.
Para lo que dicen a todo no, decir que está bien poner límites y saber lo que uno quiere y lo que es mejor. Sin embargo, te pierdes cosas, al pasar todo por el mismo filtro, pierdes oportunidades, experiencias, personas… Puedes arriesgar o menos, pero claro, arriesgar conlleva exponerse al rechazo, con todo lo que implica eso para ti. La idea no es decir sí a todo, si no, de vez en cuando, arriesgarte con un sí… y a ver que pasa.
Para lo que dicen siempre que sí, se trata de aprender a poner límites y que no pasa nada si se ponen esos limites, ya que ponerlos representa un acto de amor hacia uno mismo, y es necesario; por decir siempre sí, no significa que te vayan a valorar más o que te vayan a aceptar. Es más, puede que hasta no valoren ese gran sacrificio que haces al estar siempre ahí, ya que te haces invisible, al estar siempre. Arriésgate a decir no de vez en cuando, no hagas lo que no te apetece y no pasa nada por ser un poco “malo o mala”, ya que lo primero eres tú.
Por último, el tip general sería, arriésgate hasta donde puedas y siente el rechazo, el dolor y la frustración poco a poco. No se trata de una carrera, de una competición. Todo requiere un tiempo, un aprendizaje. Y el hacer el camino es la clave para llegar a la meta.
David Ruiz Díaz es psicólogo colegiado M-34973
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