Entrar en el agua del mar o de una piscina después de comer no es un factor de riesgo de «congestión» o ahogamiento. Veamos qué dice la ciencia al respecto.
Por Mario Medina
Cada año, con la vuelta del calor y la temporada estival, se reaviva el eterno debate sobre el baño después de comer. Muchos recordamos con cariño las recomendaciones de nuestros padres y abuelos, que insistían en que esperásemos ese fatídico periodo de tiempo (las famosas tres horas) antes de zambullirnos en las olas. Especialmente en la playa, las opiniones están divididas: entre quienes, apoyados en anécdotas y experiencias personales, ven imprescindible el descanso, y quienes lo consideran irrelevante. Pero, más allá de tradiciones y charlas bajo las sombrillas, ¿qué dice la ciencia al respecto? ¿Es realmente tabú darse un chapuzón después de comer?

Lo primero que hay que decir es que la digestión es un proceso biológico complejo y fundamental en el que varios órganos trabajan de forma concertada. Entre ellos, el estómago, los intestinos, el hígado y el páncreas trabajan conjuntamente en el metabolismo de los alimentos, convirtiéndolos en moléculas utilizables para la producción y el almacenamiento de energía.
En situaciones de reposo, aproximadamente el 25% del volumen sanguíneo bombeado por el corazón se distribuye al tracto gastrointestinal. Este porcentaje aumenta durante la digestión, a expensas de otros órganos, lo que demuestra la intensa actividad que tiene lugar para garantizar la correcta metabolización de los alimentos.

Si después de comer realizamos una actividad física, como nadar o correr, o entramos en contacto con bajas temperaturas, como el agua del mar o las bebidas heladas, la situación cambia. El volumen de sangre circulante se redistribuye hacia los músculos y las zonas periféricas, con una reducción de hasta el 3-5% del volumen de sangre que fluye hacia el tracto gastrointestinal, con la consiguiente alteración de la digestión y la posible aparición de malestar o molestias que aparecen gradualmente.
La idea de «congestión» asociada a la idea de nadar después de comer no se corresponde exactamente con una definición médica establecida. De hecho, esta expresión indica una «acumulación de sangre en los tejidos», que no tiene relación directa con la digestión.

La cuestión central se centra en la redistribución del flujo sanguíneo entre los distintos órganos durante la digestión. Con un flujo sanguíneo potencialmente reducido, el oxígeno disponible para los músculos y el estómago puede disminuir. Según algunos, esta circunstancia podría provocar calambres y contracciones involuntarias y espasmódicas de los músculos esqueléticos. Sin embargo, algunos investigadores creen que ésta no es la verdadera razón de los calambres, subrayando más bien la importancia de otros factores como la deshidratación, el desequilibrio electrolítico y la fatiga neurológica.

La realidad es que, incluso después de una comida copiosa, nuestro cuerpo dispone de sangre suficiente para garantizar la funcionalidad de todos los órganos, por lo que el riesgo de malestar es bastante remoto. Además, hay que tener en cuenta que la temperatura del agua, sobre todo en verano, no suele ser lo suficientemente baja como para provocar este tipo de complicaciones.
En cuanto al riesgo de ahogamiento postprandial, no existen pruebas concretas que lo relacionen directamente con el consumo de una comida. Aunque la digestión puede influir en la distribución del flujo sanguíneo en el organismo, los casos extremos como el ahogamiento son raros y suelen estar influidos por otros factores.
Las principales organizaciones mundiales, como la Organización Mundial de la Salud, no hacen advertencias específicas sobre la natación después de las comidas. Esto sugiere que, aunque la digestión puede tener efectos temporales en nuestro bienestar, no supone un riesgo inmediato en lo que respecta a la seguridad en el agua.

A la luz de las pruebas científicas recientes, la idea de que nadar después de comer supone un riesgo importante carece de fundamento. No obstante, siempre es aconsejable abordarlo con sentido de la responsabilidad: privilegiar una comida más ligera si se prevé un baño intenso y, en el caso de aguas especialmente frías, proceder a una inmersión progresiva. Afortunadamente, las temperaturas medias del mar en torno a nuestra península no son preocupantes en este contexto.

