Es gracias a Ida Chagall, a su fuerza de voluntad y coraje, que hoy en día podemos seguir admirando a muchas de las obras del celebre artista Marc Chagall.
Por Camilla Ludavisi
En 1941, el pintor Marc Chagall huyó a Estados Unidos para escapar de las persecuciones raciales que asolaban Europa. El pintor, de fe judía, llegó a Nueva York con una gran reputación artística, pero con la maleta relativamente vacía.
Con un permiso de residencia obtenido gracias a la promesa de una exposición, Chagall y su esposa se marcharon a toda prisa justo con lo esencial, dejando su tesoro más preciado en Francia: su hija Ida, que no había logrado obtener el mismo permiso que sus padres.
Se suponía que los baúles con las pinturas del celebre artista, viajarían en un barco diferente, pero fueron requisados por las autoridades españolas.
Fue en esta ocasión, cuando entró en juego Ida. La joven salió de viaje hacia España, con el objetivo claro de salvar las obras de su padre de las manos nazis. Su esposo, Michael, fue arrestado en la frontera española unos días después, lo que obligó a Ida a dividir sus fuerzas entre tratar de salvar el tesoro de su padre, y salvar a su marido. Se las arregló para hacer ambas cosas.
Ahora se presentaba otra misión muy difícil: transportar los baúles a América, sabiendo que, en aquel momento histórico, apenas había barcos que salieran de Europa para cruzar el Atlántico.
Con un poco de suerte, y un poco de dinero de sus padres, Michael compró dos billetes muy caros por 600 dólares (aproximadamente unos 11,000 dólares en la actualidad), para un barco que transportaría refugiados judíos.
La pareja también consiguió llevar a bien fin el heroico intento de embarcar los baúles, con las valiosas obras de arte, en la cubierta de un barco ya repleto de carga.
Ida y Micheal habían decidido viajar en la cubierta, para evitar que los cuadros se deteriorasen por la humedad de la bodega. Una elección que resultó decisiva porque todos los cuadros llegaron sanos y salvos, mientras que el resto del equipaje, apiñado en la bodega, se pudrió y fue arrojado al mar nada más llegar a Nueva York.
Unos años más tarde, en 1946, Chagall pudo cumplir con su promesa, presentando su exposición en el Museo de Arte Moderno. Fue un momento de redención para toda una comunidad, que pudo así volver a admirar a sus “amantes” y a esos sentimientos más grandes que la vida misma. Y que habrían perdido para siempre. si no hubiera sido por la valentía y la fuerza de una mujer: Ida Chagall.
Ilustración: Kike García
Si quieres que algo se diga, pregúntale a un hombre. Si quieres que algo se haga, pregúntale a una mujer.
-MARGARETH TATCHER-
