Un relato luminoso sobre el coraje de dejar atrás la ciudad y abrazar la lentitud. La ilustradora madrileña demuestra que la belleza más honesta nace de la imperfección, el barro y el atrevimiento de empezar desde cero en el corazón del Alentejo.
Por Estíbaliz Cazorla
Hay decisiones que nacen de un impulso vital irresistible. Ximena Maier, ilustradora de mirada precisa y trazo sensible, encarna la mayor de las honestidades en su Una casa portuguesa (Lumen). El relato arranca con un salto al vacío: la decisión de abandonar el asfalto y el ritmo frenético para mudarse, junto a su marido y sus dos hijos, a una antigua quinta destartalada a las afueras de Évora. Lo que en el imaginario colectivo podría parecer el idílico retiro campestre, en las manos de Ximena se revela como una aventura caótica pero maravillosa. Su nueva vida transcurre entre obras y restauración, herramientas, encuentros con vecinos entrañables y, sobre todo, mucho barro hasta los tobillos. Sin embargo, es precisamente en esa aparente imperfección donde reside la magia del libro.
Con un agudo sentido del humor y una sensibilidad visual extraordinaria, Ximena relata cómo el caos se va transformando en arraigo. Con el aprendizaje de los ritmos del jardín, la autora no solo restaura una casa, sino que encuentra una nueva vocación. Y demuestra que para habitar un espacio solo es necesario dejar que el entorno te moldee a ti, rindiéndote a la evidencia de que las cosas más hermosas llevan su tiempo y requieren mancharse las manos.
Una casa portuguesa es una celebración del azar, de la artesanía y de los pequeños rituales cotidianos. Es un refugio de papel para quienes sospechan (sospechamos) que la vida real transcurre lejos del ruido. Por todo ello, charlo con ella con la intención de saborear ese ecosistema de calma que ha construido en Portugal, converso con Ximena sobre la estética de lo inacabado, el hallazgo de su propia vocación entre la tierra y el absoluto privilegio que supone aprender, por fin, a vivir despacio.

Slocum Magazine: Ximena, desde Slocum defiendo a menudo que el diseño consciente no siempre es el más perfecto, sino el más honesto. Tu libro empieza con una compra impulsiva de una antigua casa de campo con su parcela de tierra. A menudo encuentro personas obsesionadas con la decoración un tanto aséptica, ¿en qué momento exacto dejó de ser para ti «una ruina con potencial» para convertirse en un hogar? ¿Es la imperfección del proceso el ingrediente secreto para que una casa tenga alma?
Ximena: Espero que sí, porque desde luego la mía lleva la imperfección por todas partes. La verdad es que, desde el primer momento, me pareció un verdadero hogar. La casa en sí no estaba en ruinas, simplemente era viejita; tiene más de cien años.
Cuando los anteriores dueños se fueron, pasamos varios meses yendo antes de comenzar la obra. Aunque estaba vacía y parecía casi una casa de juguete, ya le íbamos cogiendo el ritmo. Fue un flechazo absoluto a primera vista: desde el primer instante supe que era mi casa.
S.M: En tu relato habitan tres perros, un gato, dos cacatúas y vecinos entrañables. No es solo una historia de cuatro paredes, sino de un ecosistema vivo. A menudo creemos que para vivir despacio basta con cambiar de lugar, pero tu libro sugiere que es el entorno el que te obliga a cambiar el ritmo. ¿Cómo te ha enseñado Portugal, y más concretamente el Alentejo, que el tiempo no es algo que se consume, sino algo que se habita?
X: Los alentejanos presumen mucho de hacer todo muy despacio. De hecho, el lema de Évora como capital cultural es devagar, espacio. Yo siempre he intentado llevar un ritmo tranquilo. Incluso cuando vivía en Madrid, al ser ilustradora freelance e ir caminando a todas partes, sentía que vivía en un pueblo. Siempre me ha gustado disfrutar más del día a día entre semana que de los propios fines de semana.
Sin embargo, adaptarme al ritmo del campo ha sido una experiencia particular. Por un lado está esa calma y el lado zen de la naturaleza, pero por otro resulta bastante frenético: cuando todo está vivo, también todo se puede morir. Hay que estar muy encima y no parar, aunque es un no parar infinitamente sosegado. En el fondo es algo contradictorio, pero sí: se trata de cambiarlo todo para que nada cambie.

S.M: Escribes con una sensibilidad que nunca pierde la sonrisa, incluso entre andamios. Veo una resistencia en el humor cuando las cosas no salen como planeamos. ¿Ha sido la escritura de este libro una forma de dar las gracias al azar por haberte llevado hasta allí, o es más bien una guía de supervivencia para ver que volver a empezar es, ante todo, una aventura y puede ser divertida?
X: Ante todo, este libro no pretende ser ni un manifiesto ni una guía. De hecho, no le recomendaría a nadie hacer lo que yo he hecho porque ha sido un auténtico disparate. Es como enamorarse: ¿se lo recomiendas a alguien? Sí, claro, pero con reparos, porque implica entrar en un estado de enajenación mental transitoria.
En todo este proceso, el humor ha sido lo único capaz de salvarme. Podría haber contado la experiencia de la obra desde el drama, ¿pero para qué? Al final, la única opción sensata es reírse. Si visitas mi casa, verás que el horno ni siquiera está alineado con el fogón, está torcido. A mí me da exactamente igual porque jamás he sido perfeccionista, lo cual es una suerte: cualquier otra persona se habría vuelto loca con algo así.

S.M: Como ilustradora, tu herramienta principal es la mirada. Dicen que cambiar de luz cambia la forma en que se dibuja. Después de dejar atrás la luz de Madrid, ¿cómo ha mutado tu paleta de colores y tu trazo? ¿Se dibuja con más libertad cuando uno tiene los pies en la tierra (literalmente)?
X: Pasé de la luz tan bonita de Madrid a la de Escocia. Allí, por decirlo de alguna manera, la mitad del tiempo no hay luz, lo que fue un choque importante. Por eso, al llegar al Alentejo en pleno verano, me pareció fascinante: venía de un paisaje escocés teñido de un gris verdoso y de repente me encontré con el azul rotundo del cielo, el blanco deslumbrante de las casas, el amarillo de los remates y un campo seco absolutamente dorado. Me enamoré de esa paleta.
Tras unos cinco años en los que me he sentido un poco como el GPS cuando dice eso de «recalculando», suelo decir que ahora tengo los ojos verdes de tanto mirar alrededor. El paisaje alentejano tiene muchísimos matices a lo largo de las estaciones y mi forma de observar ha cambiado. Siempre he sabido diferenciar los tonos de verde: nunca cometería el error de usar la misma pastilla de acuarela para un ciprés, un pino o un olivo. Pero ahora entiendo las plantas de otra manera.
No es que sea una experta botanista, pero sé mucho más sobre la estructura de una flor o cómo se colocan las hojas. Esto me resulta enormemente útil, por ejemplo, al pintar cerámica: al requerir un trazo rápido y esquemático, entender la anatomía vegetal de verdad te facilita la ejecución. Mi mirada ha mutado hasta tal punto que ahora, al caminar por Madrid, voy descubriendo jardines en cada rincón donde antes ni me fijaba.
S.M: En el libro mencionas que, en este proceso de restauración y descubrimiento, has encontrado una nueva vocación, y a mi me fascina el concepto de propósito. ¿Quién es la Ximena que ha emergido entre las encinas y el jardín portugués? ¿Es posible que necesitáramos perder la comodidad de la ciudad para encontrar lo que realmente nos hace vibrar?
X: Pues puede ser. Pensándolo bien, me he dado cuenta de que mis libros favoritos desde pequeñita siempre fueron Robinson Crusoe, La casita de la pradera o El jardín secreto; historias sobre personas que aprendían a apañárselas por sí mismas. Me apasionaban las películas de Tarzán por esa increíble casa en el árbol que construían con lo que tenían a mano. Siempre me ha gustado el concepto de refugio y, sobre todo, me fascina estar en mi casa. De alguna manera, nuestro hogar en el Alentejo funciona precisamente como eso: una casita en el árbol, pero a lo bestia. Quizá sí hacía falta despojarse de otras cosas para construirlo.
Siempre he sido muy hogareña. Cuando vivía en la calle Apodaca de Madrid era feliz pasando el día dentro y asomándome de vez en cuando al balcón. En Escocia la casa tenía jardín, y aunque yo no lo cuidaba, disfrutaba muchísimo ese espacio. Siempre he tenido un alma muy casera, pero ahora, rodeada de este entorno, lo soy a lo bestia.

S.M: Ximena, Slocum es un refugio para quienes buscan la belleza en los pequeños detalles. Después de toda esta aventura, y con la perspectiva que te da tu casa portuguesa, ¿cuál es hoy tu definición de «pequeño lujo diario»? Ese gesto, rincón o momento sencillo al que no renuncias por nada y que cada mañana te confirma que la decisión impulsiva fue la correcta.
X: Es literalmente un regalo de cada mañana. Cuando bajo a primera hora —porque en el Alentejo me acoplo de inmediato al ritmo natural, me despierto con el amanecer y voy totalmente al compás del día— me encuentro con esa luz deslumbrante y pienso: «Pero bueno, ¡qué maravilla!».
En ese momento preciso, me tomo un café tranquilamente mientras voy repasando mentalmente todo lo que hay que hacer: apuntalar aquella planta, podar esta otra, limpiar aquel rincón… Es un instante glorioso porque llego a creerme que, con el simple hecho de pensarlo y anotarlo, el trabajo ya está hecho. Luego llega la realidad y toca ponerse manos a la obra, pero ese primer café matutino observando mi dominio es un auténtico placer.
S.M: A lo largo del relato describes cómo, entre las reformas y la adaptación a este nuevo entorno, acabas descubriendo un oficio y una nueva vocación. La artesanía y el trabajo manual es el mejor antídoto contra la inmediatez de las pantallas. A menudo, cuando la vida se vuelve abrumadora, usar las manos nos devuelve al presente. ¿Qué te ha enseñado este oficio sobre el valor de construir algo desde cero?
X: Lo de trabajar con las manos siempre ha estado en mí: al dibujar ya experimentaba esa parte física tan bonita del papel, la pluma y el lápiz. Cuando me dicen que una app es buenísima porque «se parece muchísimo al papel», siempre pienso que lo que de verdad se parece al papel es el propio papel. Sin embargo, aunque nunca he sido especialmente mañosa ni primorosa, la cerámica me ha aportado una dimensión completamente nueva.
Es un oficio precioso porque resulta ser lo menos algorítmico del mundo. La materia parece casi viva y es imposible dominar el proceso al cien por cien: una mínima burbuja de aire invisible hace explotar la pieza en el horno, un esmalte se corre o un pigmento nuevo reacciona de forma inesperada a la temperatura de cocción. Que ocurran mil cosas fuera de tu control tiene un encanto fascinante —al menos hasta que una pieza querida se arruina y toca empezar de nuevo—. Al igual que ocurre con el jardín, te coloca en un estado de entrega absoluta al azar. Es una incertidumbre constante, pero, la mayoría de las veces, las sorpresas terminan siendo un regalo maravilloso.
S.M: Y para terminar, me encantaría saber: ¿qué es lo que más te gusta a ti de Slocum Magazine?
X: Me fascina ese amor por el detalle y la búsqueda del lujo auténtico. Al final, eso es lo que verdaderamente importa: frente a propuestas vacías o efímeramente trendy, aquí se aprecian las cosas hechas de verdad. Es una sensibilidad, además, muy portuguesa. Poseen esa devoción por el lujo antiguo y solera que me parece francamente maravillosa.

El viaje de Ximena hacia la creación de su hogar en el Alentejo revela en la honestidad de los procesos y el valor de lo auténtico. Entre casas centenarias que se sienten habitadas desde el primer instante, rutinas guiadas por la luz natural y el aprendizaje de oficios como la cerámica, donde el azar y el trabajo manual devuelven la pausa perdida, su experiencia demuestra que habitar un espacio es, ante todo, una actitud.
A través del humor como refugio y de una mirada atenta al detalle y a la naturaleza, reconstruir una vida lejos de la prisa no se presenta como un sacrificio, sino como un redescubrimiento. Una invitación a abrazar la imperfección, celebrar la calma y reconectar con aquello que nos devuelve al presente.
Tienes Una casa portuguesa, aquí.
Y todo su universo, te lo dejo aquí y aquí.
Estíbaliz Cazorla, jefa de Redacción. Es especialista en comunicación estratégica e identidad verbal para marcas. Fundadora de la agencia boutique Mirar para Crear. Más aquí.
