La vida es música. Nuestro cuerpo emite sonidos y tiene un ritmo: el latido del corazón, la respiración, el movimiento cotidiano. Nuestro mundo externo también está lleno de ritmos y sonidos. Somos seres sonoros y, por ello, hacemos de la música una parte esencial de nuestra vida cotidiana.
Por Natalia Dacourt
Créditos fotografías: Sebastián Carso
En esta conversación con Slocum Magazine, hablamos con Juan Antonio Simarro, compositor, intérprete y productor musical, sobre su proceso creativo, su visión de la música como lenguaje artístico y la manera en que ha convertido su trayectoria musical en un proyecto cultural capaz de conectar positividad, esperanza y compromiso social. A través de sus palabras, nos sumergimos en la mente de un creador que no solo compone notas, sino que busca conectar con las personas. Además, descubrimos a un artista que defiende la intuición por encima de la pura matemática y que confiesa la necesidad de «sacar el corazón un palmo hacia fuera» para lograr que la música transmita una verdadera energía positiva.

Slocum Magazine: La música aparece y desaparece en el mismo instante en que se interpreta, pero también deja una huella en quien la escucha. Gracias a la memoria y al avance tecnológico, puede volver a experimentarse. ¿Cómo entiendes tú esa naturaleza tan efímera y, a la vez, tan permanente de la música?
Juan Antonio: Es como los sentimientos: puedes experimentar un afecto hacia alguien sin que esté escrito en ningún sitio, y aun así te hace bien recordar un momento bonito, o incluso uno que no lo fue tanto. Con la música, la composición y la interpretación pasa exactamente lo mismo. El momento de componer es mágico porque no sé qué va a pasar en el segundo siguiente; solo me dejo llevar y surgen instantes que ni yo mismo espero.
Una composición y una improvisación están íntimamente relacionadas, porque compones a raíz de lo que vas improvisando. Cuando se trata de una obra sinfónica, eliges y plasmas ideas a partir de esas distintas líneas de improvisación. Siempre digo que elegir es renunciar; si se me ocurren tres líneas en una improvisación en directo, te quedas con una sola, la que surge en ese instante. Y eso sí que es totalmente efímero, pero no por ello deja de tener valor, porque es precisamente lo que nos hace sentir bien al recordarlo. Como un beso: dura un instante y lo recuerdas tres años más tarde.

S.M: Efímero, pero a la vez duradero. Cuando no había tecnología para grabar algo, se repetía a través de la partitura, porque la música es un poco matemática.
J.A: La música para mí es matemática organizada de forma más o menos bonita. Antes decía «organizada de forma bonita» y ahora digo «más o menos», porque un día me puede parecer maravillosa esa estructura y otro día no tanto. Incluso tenemos música que nos ha apasionado en una época y ahora nos gusta menos.

S.M: Y por más de que repites una partitura que es fija, porque es perfecta a nivel de precisión ¿crees que siempre es igual cada vez que la repites?
J.A: Es como un texto o andar por un camino. Un día estás con un estado de ánimo distinto, han pasado cosas tanto externas como internas; incluso puede que no estés igual de ágil, o que te sientas con ganas de comerte el mundo, o que estés más tranquilo.
Lo que me ocurría es que la gente me decía: «Qué bonito estás tocando, ¿qué te pasa?». Y yo no sabía qué me pasaba. Luego comprendí que me ocurre algo a nivel físico o imaginario: es como si tuviera el corazón un palmo hacia fuera. Me di cuenta de que cuando estoy tocando y pongo el corazón ahí, la música me sale de otra manera. En cambio, si estoy tocando de forma puramente matemática y pensando en que tengo que poner la lavadora, me digo a mí mismo: «¡Recuérdalo!». Entonces vuelvo a sacar el corazón y me vuelvo a poner en esa situación.
S.M: Pareciera que tocar, intervenir un instrumento, es performativo; es casi como una danza, como dices, depende de varios factores. Hay una pianista, Yuja Wang, que cuando toca es un espectáculo, porque ella misma con el cuerpo es parte de la obra, es el instrumento.
J.A: Cuando viene la gente a mi estudio a grabar, ya sea violonchelo, flauta o piano, les digo: «Sonríe». Y me responden: «Pero si no se ve». Entonces les aclaro: «Ya, pero se siente». Y aunque solo se perciba un uno por ciento, ya es ese 1% de diferencia con respecto al que no se ha reído.
Por eso, cuando estoy en el escenario, les digo a mis músicos: «No os preocupéis si nos equivocamos, no pasa nada; lo importante es que transmitamos buena energía». Al proyectar esa vibra positiva el uno al otro, al final te la transmites a ti mismo. Se puede tocar de manera muy seria, pero a mí me gusta hacerlo sonriendo, porque así me lo paso bien, se lo contagio al público y, cuando veo sus sonrisas, todo va creciendo.

S.M: Tuve la oportunidad de escuchar tu Obertura por los Derechos Humanos y me pareció una obra muy conmovedora. Es curioso cómo la música contiene historia, genera imágenes, emociones e incluso sensaciones físicas. Como compositor, ¿cómo dialogan para ti la forma y el contenido a la hora de crear una obra?
J.A: Cuando trabajo un contenido y quiero expresar o contar algo, pienso hacia quién va dirigido: si es para niños, para una película o para un gran público, como fue el caso de la Obertura por los Derechos Humanos. En principio no pienso en una estructura fija, en plan «tiene que ser esto y luego repito…», porque creo que la técnica viene después de la emoción. La técnica, por supuesto, es necesaria, pero primero me dejo llevar, y ahí estoy dando el contenido.
Después, utilizo la forma y la técnica para que el edificio no se caiga. Es decir, empiezo a componer, me dejo llevar y me digo: «Vale, quiero hacer esto, y ahora para que tenga más fuerza necesito más contrabajos; también voy a fortalecerlos con un trombón, aunque con cuidado de no pasarme». Primero me dejo llevar por el contenido y luego le doy forma.
S.M: En alguna ocasión has comentado que el mundo evoluciona y que la música evoluciona con él. ¿Cómo observas las propuestas musicales más experimentales, aquellas que se acercan al ruidismo, a la investigación sonora o a discursos menos comerciales?
J.A: Lo de que sea comercial o no a mí no me preocupa. La música evoluciona, y cosas que al principio resultaban extrañas, luego el público las va asimilando. Incluso sucede igual a lo largo de la historia y a lo largo de la vida de una persona también. Entonces, que sea comercial o no, no me preocupa, porque creo que cada uno tiene que hacer lo que cree que tiene que hacer para expresarse, siempre que no ofenda a nadie.
Luego sí que es verdad que, como la música es un acto de comunicación y hay personas que no son conscientes de ello, hacen cosas muy raras y luego se quejan de que no se les entiende. Pienso que ahí el problema no es de la gente, el problema es del emisor que, por querer demostrar que es muy listo, habla en un lenguaje que no le entienden.
Y también, la música tiene una cosa positiva y negativa, que es invasiva. A la gente le explico lo que llaman o llamaban música contemporánea, que era como una novedad, una música más rara, menos prolija. Entonces, yo creo que hay que quitar ese adjetivo porque lo contemporáneo es lo que estamos viviendo ahora.
Imagínate un cuadro abstracto o un cuadro figurativo. Un cuadro figurativo sería esa composición que es melódica, que puede gustar más o menos, es como ver un caballo dibujado, identificas la figura de inmediato, esté bien o mal hecha, y te puede gustar más o menos. Y un cuadro abstracto, que es una composición muy rara y más metafórica, al igual que un cuadro abstracto puede ser genial, y gustar más o menos.
Estoy abierto a que todo el mundo haga lo que crea conveniente. Yo tengo más inclinación por la línea melódica, y con todo lo que se ha compuesto ahora es más difícil. Porque en cuanto haces alguna línea, si no se parece a una cosa, se parece a otra. Y de hecho ahí sí que, como decía la analogía del edificio con la orquesta que no se debe caer, en cuanto pones una nota que no es, no se sostiene.
En un cuadro abstracto, tú puedes dar una pincelada en un lado y puedes dar una pincelada en otro y no ha pasado nada, incluso en algunos de hecho crea la magia. Ahí está la gracia del pintor o del compositor para decir: “Mira, lo he hecho sin darme cuenta, pero voy a dejarlo porque tiene algo especial”. Entonces cada uno tiene un estilo y me parece fenomenal. Yo digo una cosa: yo hago música para gente de mente abierta.

S.M: De igual forma, ¿no crees que no necesitamos que nuestro arte se entienda, sino que se perciba?
J.A: Totalmente. Por ejemplo, en una película o en cualquier proyecto audiovisual, a lo mejor la música no se tiene que oír de forma consciente, pero hay algo detrás que se está percibiendo; ahí, tal vez, la melodía no busque ser tan bonita. A veces compongo para una producción visual preciosa y creo que estoy creando la melodía más bella que puede encajar. En cambio, para un documental puede suceder al revés: la música no debe molestar, simplemente acompañar. Es el tipo de composición que, si la escucharas de forma aislada, dirías: «Pues no tiene nada». Hay que ser consciente de que, en esos casos, la música trabaja en un segundo plano.
S.M: A lo largo de tu trayectoria has colaborado con artistas muy diversos, lo que requiere una gran capacidad de adaptación a sensibilidades y lenguajes distintos. Sin embargo, si es posible definir la estética que caracteriza tu música ¿cuál sería?
J.A: Es gracioso, porque soy una persona muy optimista. Si tengo que elegir entre el optimismo y el pesimismo, me quedo con el primero; de hecho, la gente me dice que mi música es positiva y siempre intento que sea así. Solo una vez compuse el Segundo movimiento de la Sinfonía número uno, titulado Homenaje, que estaba dedicado a la gente que sufre en el mundo, y ha sido la única ocasión en la que me sentí triste creando. Recuerdo que mi hija llegaba a casa y me decía: «Pero papi, ¿qué te pasa?». Y claro, es que me ponía triste al componerla. Pero esa obra tiene dos partes: la primera es ese reconocimiento a los que sufren, y la segunda se desarrolla como un tributo a las personas que hacen que el mundo sea mejor. Así, pasa de algo doloroso a algo más esperanzador. Esa es mi música, la definiría como música positiva.

S.M: Desde una perspectiva más ligada a la producción y a la gestión de una carrera musical, ¿qué procesos crees que son necesarios para desarrollar proyectos musicales con un valor capital y sostenible?
J.A: Bueno, hace falta un buen equipo, como en todo. Una orquesta no suena con una sola persona. De hecho, acabamos de crear la Orquesta Sinfónica Contemporánea de España. Precisamente elegimos ese adjetivo porque, como en la música sinfónica «contemporáneo» solía tener una connotación más abstracta o ligada al ruidismo, quisimos reivindicar que lo contemporáneo es estar vivo. Hemos montado esta orquesta con un gran equipo: un especialista en marketing, un responsable del área audiovisual y otra persona encargada de la gestión general. Yo mismo he dado un paso atrás para enfocarme en la dirección artística y la gestión, aunque claro, al final, como la he montado yo, acabo estando un poco en todas partes.
La gente no debe olvidar que todos somos creativos, aunque algunos crean que no, todo el mundo lo es. A veces me dicen: «Es que yo no soy creativo». Y yo les respondo: «Mira, tú estás hablando, ¿no? Pues en vez de componer con notas musicales, estás componiendo una frase, uniendo el sujeto con el predicado». Lo que yo busco en las personas es que sean creativas, porque la creatividad consiste en solucionar problemas y adelantarse a todo.

S.M: Un equipo. Entonces, ¿tú crees que para sostener y desarrollar proyectos musicales hay que trabajar en equipo?
J.A: Sí, pero tampoco debe ser un equipo gigante, hay que evitar caer en la burocracia porque, ahí ya deja de ser sostenible. No necesitas diecisiete trompetas, porque en una orquesta suelen ser dos o tres, y hay papeles en una agrupación que no deben estar divididos. Para que un proyecto sea viable, el equipo tiene que saber perfectamente qué hace, de la misma manera que cada músico sabe exactamente lo que tiene que tocar.
De hecho, doy una charla que se llama Tu empresa es una orquesta y lo primero que les digo es: «No soy coach ni sé más que nadie, simplemente cuento las cosas desde otro punto de vista». Al plantearlo desde ese otro lugar, ayuda muchísimo.
S.M: La tecnología ha transformado profundamente la oferta musical, los procesos de composición, grabación, distribución y promoción musical. ¿Cuál ha sido el cambio que más ha impactado tu manera de pensar, crear y producir música?
J.A: Por suerte, desde pequeño empecé a estudiar piano en general y también piano eléctrico. Los que nos iniciamos con los sintetizadores entramos en contacto con la tecnología desde el primer momento, por lo que estamos muy acostumbrados a los programas de edición. Ahora, la tecnología está evolucionando tanto que a veces me preguntan: «Pero si ya te lo puede componer la IA, ¿para qué lo haces tú?». Y yo siempre respondo lo mismo: «Por algo muy sencillo. Puedes hacer el Camino de Santiago en coche, pero ¿dónde está la gracia? El disfrute es hacerlo tú mismo, caminando».
Así que, aunque la IA facilite la creación musical, el placer de componer yo solo no me lo quita nadie. De hecho, antes de que existiera la IA, ya había compositores que utilizaban a otros, quienes les hacían el trabajo y ellos se limitaban a firmar. Yo siempre les decía: «Es que os estáis perdiendo el mayor placer, que es sudar cada nota por ti mismo».
Este año se estrena una ópera que he compuesto, titulada El sueño de Nirina, junto a Óperas sin Fronteras. El libreto es de Lucía Vilanova y el proyecto nació en Madagascar. Al principio, me dieron el texto en español y luego lo tradujimos al malgache. Al leer la primera versión entendía lo que se quería comunicar, pero no me servía para construir la melodía, porque se iba a interpretar en una lengua totalmente diferente, con una sonoridad distinta. Tuve que estudiar el significado de las frases junto con cada sonoridad, y así compuse toda la ópera. Iba creando las líneas melódicas según lo que le sucedía en escena a la niña protagonista, y eso me fascina.
Por otro lado, ahora estoy escribiendo otra obra que se llama Una ópera de Navidad, donde yo mismo me encargo del libreto. En este caso, compongo y escribo a la vez. Mientras avanzo con el texto, voy modificando la música, y cuando creo las frases de la soprano me digo: «Quiero expresar esto exactamente», así que ajusto la letra para que encaje con la melodía. Las dos formas pueden funcionar, al escribir una canción, puedes partir de una letra escrita, de una melodía pura o de las dos cosas a la vez. A mí me gusta aprovechar todos los recursos. Incluso me ha pasado que, trabajando con una letra ya hecha, propongo cambios al autor para que se adapte mejor a la música, o viceversa.

Para ir terminando, la sostenibilidad de la cultura y la protección de los creadores están hoy en el centro del debate. Para lograr un espacio profesional coherente y seguro, ¿consideras que la clave está en el marco legal y de leyes de protección al trabajador cultural, o pasa necesariamente por una nueva filosofía colectiva que deje de normalizar la precariedad en el arte?
J.A: Creo que es un poco de todo, si tuviera una sola respuesta, sería genial. Lo ideal es que un artista pueda sostenerse y mantenerse por sí solo. Es decir, que alguien cree un producto y no necesite ayuda externa, eso es lo que a todo el mundo le gustaría. Sin embargo, es verdad que dentro del arte existen proyectos que no obtienen un resultado económico inmediato, pero luego de unos años dan un resultado.
Una estatua es más fácil de vender porque se ve, es física, en cambio, una composición musical es efímera e intangible. Entonces, ¿quién deja su empleo habitual para componer algo que, tal vez en el futuro, represente a toda una comunidad y atraiga el turismo? Piensa en lo que ocurre con Nueva York y la canción de Frank Sinatra, o lo que pasa con un pasodoble o un tango. ¿Quién asume ese riesgo? Pues alguien que se atreve a decir: «Dejo de trabajar en la panadería o dejo de hacer giras para ponerme a componer». A mí me tocó hacer justamente eso. Como me sentía más compositor que intérprete, empecé a ahorrar en cada gira y en cada programa de televisión para poder sentarme a crear. Esa fue mi estrategia.
Luego, si el Gobierno, los ayuntamientos o un mecenas —como se hacía antiguamente— te pueden ayudar, es fantástico. Pero siempre pienso que es mejor si logras hacerlo desde la independencia. Creo que la suma de todas las vías es lo mejor, que un músico cree una obra funcional por su cuenta es fenomenal, pero si además recibe un apoyo que genere empleo y beneficie al comercio local a través de los conciertos, todo fluye. Si nos apoyamos entre todos es mucho más fácil. No es una fórmula exacta, solo he visto que es la mejor opción.

S.M: Para terminar, ¿qué es lo que más te gusta de Slocum Magazine?
J.A: Gracias y felicidades a todo el equipo de la revista Slocum. Me agrada su diseño y su contenido actual, porque es variado y muy interesante. Además, lo engrandecéis con buenísimas imágenes, textos muy bien redactados y con la información perfecta. ¡Da gusto ver una revista así!
La música de Juan Antonio es positiva. Él nos ha definido cómo la música comunica algo más que melodías: comunica un mensaje. Como artistas, tenemos la responsabilidad de saber qué mensajes proyectamos y, en la medida de lo posible, orientarlos hacia la reflexión, sin parcializarnos en lo bueno o lo malo. Esta entrevista también nos deja una mirada de cómo en cada sector del arte, así como se encuentran cosas maravillosas, existen también las complejidades de producción y financiamiento; así, cada artista, como gestor de su propio arte, aprende e inventa sus propias estrategias y sistemas.

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Natalia Darcourt es Art and Business Ambassador de Slocum Magazine. Es artista escénica con investigación en la cultura y el cuerpo. Creadora de Señorita pastel. Para contactar con ella pincha aquí: natalia@slocum.es / Instagram
Fotografía por Sebastián Carso. Para contactar con él, pincha aquí: WEB / Instagram
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