El cine nos permite nombrar una historia, preservarla y volver a experimentarla una y otra vez, observar lo más bello como también documentar lo más violento. Es una forma de memoria compartida que se activa cada vez que estas imágenes en movimiento se proyectan.
Por Natalia Darcourt
En Madrid, la oferta de salas de cine continúa apostando tanto por nuevas producciones como por la conservación de obras de otros tiempos y diversos autores. Sin embargo, en un contexto dominado por pantallas individuales, cabe preguntarse si seguimos entendiendo el cine como un convivio colectivo. Ir a una sala, sentarse entre desconocidos y compartir una experiencia audiovisual, ¿sigue siendo hoy una forma de comunión o ha cambiado ya su naturaleza? En este encuentro con Slocum Magazine, hablamos con Jorge Naranjo —cineasta y músico— a propósito de Hasta que el juzgado nos separe, largometraje que coescribió con Cristina Urgel antes del verano y que se ha rodado este mismo mes de agosto. Conversamos sobre el panorama audiovisual, la poética de la imagen en movimiento y las dinámicas actuales de producción fílmica.

Slocum Magazine: Hablemos de vivir y crear en Madrid, ya que es una ciudad que, por un lado, ofrece una sobreestimulación cultural, y por el otro, un peligro de saturación. ¿Cómo ha influenciado Madrid en tu mirada cinematográfica? ¿Es una ciudad que te inspira a rodar y escribir o prefieres el aislamiento como contexto creativo?
Jorge Naranjo: A mí el aislamiento no me funciona. De hecho, viví una época en Barcelona y tenía que escribir un guion muy concreto y me ofrecieron un piso en la zona de Poblenou, que entonces no estaba tan de moda. Era un sitio fantástico para encerrarme a escribir, pero no me funcionó en absoluto. Fue un momento complejo porque ese piso estaba aislado del centro de Barcelona y la propia Barcelona de Madrid e imagínate de Sevilla. A mí me gusta estar en contacto con lo que pasa en la calle y escuchar a la gente.
Mi largometraje Casting es un homenaje al Madrid que conocía y sigo conociendo, que tiene su centro en Lavapiés, con algún guiño a Malasaña y La Latina. Es un homenaje al Templo de Debod, al Cine Doré, al mercado de Antón Martín, a la Tabacalera de Embajadores, a esas zonas que eran muy importantes porque yo me nutría constantemente, no solamente de la ciudad sobre todo la gente. Tengo otro guion donde dos personajes discuten cuál es el monumento de Madrid, sabiendo que Sevilla tiene la Giralda y Barcelona la Sagrada Familia. Al final, llegan a la conclusión de que el monumento de Madrid es su gente, porque la conexión entre la ciudad y la gente es muy fuerte y te nutre de ideas y experiencias.
Echo de menos Sevilla, pero sé que sigo en Madrid porque me sigue sorprendiendo. Puedo encerrarme en casa a trabajar, pero es una casa que está en el centro. Pero si salgo a comprar al supermercado, al rastro o voy al gimnasio, sigo en contacto con la vida, con la gente, porque están pasando cosas. Hay gente que se va al campo y les va de maravilla, pero sé que eso me generaría inquietud.
S.M: El lenguaje audiovisual genera emociones. ¿Cómo trabajas la responsabilidad y el riesgo de lo que una imagen puede provocar en quien la recibe?
J: Creo que soy un poco inconsciente en ese tema, no valoro tanto el riesgo de la imagen en sí, quizá en lo que ocurre en la narrativa y el diálogo si tengo otra concepción. Lo que intento es vivir en mi tiempo, mirando hacia el futuro, sin caer en los errores del pasado. Este año he hecho un Máster de Producción Ejecutiva en la Escuela de Cine de Madrid como estudiante, y también sigo siendo docente, y creo que eso me permite respirar un poco entre la gente joven y saber (o intentar saber) que está pasando. Por lo demás procuro sentirme libre, contar lo que pienso y siento, y atreverme a dar pequeños saltos al vacío, pero siempre respetándome a mí mismo.
También depende un poco de la historia porque a veces tienes que retratar personajes incómodos, salvajes, o que hacen cosas con las que no estás de acuerdo, incluso ahí hay una posición política. Como decía Alberto San Juan, lo político es todo: cómo te relacionas con tu pareja, tu familia o tus alumnos. Yo intento que lo que cuento, por encima de todo, tenga que ver con lo que tengo en el corazón y ser fiel a cómo veo el mundo.
Es verdad que a veces tengo proyectos de encargo, en donde no puedes reflexionar o hacer tantas cosas, y simplemente las haces, cobras y vas para delante. Pero cuando sí tienes tiempo y la obra depende un poco más de ti, lo que intentas es estar en el mundo de ahora y ser fiel a ti mismo si no sería un sufrimiento. La felicidad tiene que ver con vivir de una manera amable y tranquila.

S.M: En el set de rodaje, el tiempo es dinero, por lo tanto, hay que tener las cosas controladas. Sin embargo, existen los “accidentes”, los cambios de ruta. Como director, ¿permites que lo inesperado ingrese a la hora de rodar o incluso más a la hora de editar o prefieres ceñirte a lo que estaba planificado?
J: Mi tendencia es nutrirme de cada cosa que pasa al momento. No tengo apego absoluto a lo que escribo, creo que el guion lo tienen que decir personas y ellas deben llevarlo a su propio lenguaje. Me ha pasado desde mi primer corto, un actor falló el día antes del rodaje, tuvimos que resolver con otro y el resultado fue incluso mejor del que habíamos previsto al principio.
Y eso me ha pasado constantemente, verme obligado a hacer ciertos cambios que mejoraban lo que teníamos previsto. Estoy muy abierto a lo que suceda y a lo que pase, y a incorporarlo, porque creo que todo lo que ocurre, si más o menos estás despierto, influye para que la obra respire y se nutra mejor. Me encanta que me propongan cosas imprevistas, siempre que sean coherentes y responsables con la producción. Es importante y es mucho más divertido que una escena pueda crecer y cambiar porque ocurre algo inesperado.
Entiendo que cada persona tenga diferentes formas de vivir, conozco a gente más «matemática» o cuadriculada, y tampoco creo que yo sea caótico o anárquico, pero tiendo a fluir y ser más espontáneo. Pienso que la tensión entre esas diferentes maneras de ser es la que hace que el mundo y la humanidad avancen. Es igual que los ciclos políticos, se terminan y otros tienen que comenzar e ir hacia otro lado.
Lo importante es conseguir que esa tensión nos lleve a un espacio en común, cuidando que no se rompa y no nos vayamos a los extremos, porque ahí surgen los problemas. No hay una verdad absoluta, por eso es importante escuchar todas las opiniones y sacar nuestras propias conclusiones. En personas que a priori crees que no tienen nada que ver con tu universo, descubres a gente con ideas muy interesantes que ven la vida de una manera que tú jamás te hubieses planteado.
Es maravilloso saber que hay muchos tipos de cine y que tú puedes escoger lo que más te guste. Me gusta asomarme a «películas raras» que traen algo nuevo de lo que puedo aprender y llevárselo a otro lugar. No hay mejor o peor, solo podemos decir: «esto me gusta más que aquello» o «me emociona más esto que lo otro». Hay un salto de valor gramatical, porque está bien dar nuestras opiniones personales, pero no intentemos darlas como un juicio de valor absoluto.

S.M: El cine es un ritual colectivo. Hoy competimos contra el aislamiento del algoritmo que nos dice qué ver individualmente. ¿Ves alguna posibilidad para que las nuevas generaciones sigan viendo el cine como un acto de comunión y no como mero consumo de fondo mientras miran el móvil?
J: Sí, tengo una visión más optimista que la media, al parecer. Creo que no vamos a vivir siempre pendientes de un móvil. Las redes y el móvil llegaron hace un tiempo y dispararon todo, ahora estamos con las series verticales, pero el cine y las salas no van a desaparecer. Habrá efectos rebote, como pasó con el vinilo y todo el mundo quería escuchar vinilo, y pienso que también volverá el CD.
De pronto volverá una tendencia en la que la gente diga “quiero ir a la sala”. Es cierto que estamos en un momento en el que económicamente las salas están perjudicadas y es difícil recuperar la inversión, pero también es cierto que se hayan desarrollado otras plataformas que han permitido que se ruede mucho más y que el mercado crezca y haya mucho más trabajo. Creo que hay que ser cauto al momento de evaluar esto no como un desastre, sino como una transformación. Cuando llegó el cine sonoro triunfó. Por ejemplo, nadie jamás se pudo haber imaginado que Blancanieves y The Artist triunfarían, entonces el cine mudo también volvió.
Creo que lo que sí habría que reivindicar en las salas es el silencio. Y pienso que ahí sí está en peligro el cine, porque sé de gente que no va a las salas por eso. En el teatro la gente no está comiendo nachos, el cine es un ritual y el ritual tiene dos normas: ver y escuchar. Si el de al lado hace más ruido que la pantalla, el ritual se estropea. En Madrid, por suerte, todavía tenemos salas como el Golem, la Filmoteca o el Cine Doré donde no se permite comer ni beber.

S.M: ¿Cómo sostener la vocación en esta industria? Algunos proyectos pueden durar años. Por un lado, consiste en conseguir financiación, inversión o ayudas públicas, y por el otro, en mantener vivos los componentes emocionales de contar historias. ¿Qué equilibra el deseo y la voluntad de mantener un proyecto?
J: Esta es una carrera compleja. Estoy a punto de cumplir cincuenta años, y en mi periplo ha habido varios momentos en los que he pensado en dejarlo porque ha habido momentos difíciles. Me ha ayudado no tener un «plan B», no tener una empresa familiar en donde trabajar o de donde agarrarme. Un amigo director me decía “Jorge, no lo puedes dejar porque esto ya no va de talento ni de suerte, sino de perseverancia”. Creo que la clave es la perseverancia, es seguir, y saber que van a venir momentos muy difíciles. Conozco a mucha gente que ya lo ha dejado, actores, actrices, directores, cineastas, se hartaron y lo dejaron en el camino.
Yo sigo aprendiendo. Hace poco hice ese máster para seguir creciendo y desarrollándome en otros ámbitos. Monté la productora hace cinco años con la idea de seguir ampliando el abanico. La clave es seguir, entiendo que haya gente que tenga otros apoyos, pero es que yo no los tenía.
Y luego, otra cosa que me ha venido muy bien: la música. Me ha permitido seguir creando e ir sacando historias, porque al final las canciones también son historias. En los tiempos en los que no había proyectos en marcha porque se estaban financiando y tenía que esperar para hacer otra cosa, la música me permitía una salida y desahogo creativo en el que veía resultados, porque es más inmediato hacer un disco que una película. Ahí encontré calma, y sentí que la música me salvó la vida profesional y personal varias veces.
Creo que los dos caminos básicos son encontrar un lugar donde poder desahogarse creativa y artísticamente mientras esperas que los proyectos salgan, y saber que la única manera que tienes es perseverar. Seguro que hay otros, pero son los que tengo.

S.M: El cine implica siempre un equilibrio entre creación artística y estructuras de producción muy concretas. ¿Qué elementos consideras fundamentales para que un proyecto cinematográfico se lleve a cabo y se sostenga?
J: Lo primero es un buen guion. Un guion es un documento extraño: mitad obra literaria y mitad excel. Debe mantener el equilibrio entre producción y creatividad. Luego, tener paciencia para armar un equipo consistente, un equipo que sepa levantar el proyecto como se lo merece, y aceptar que hay proyectos que, simplemente, no deben nacer. Cualquier guionista o cineasta tiene algún guion que jamás se hará. Es algo que debe aceptarse y trabajar en el siguiente.
A mí me da calma tener varios proyectos a la vez, como guionista, productor o director. Lo importante es que lo que hagas te movilice el corazón y que el equipo esté conectado con esa emoción.
El mundo del guion tiene que hablar más con el de la producción. Hay una tensión insana entre ambos, pero deben caminar juntos. Una buena estructura de producción permite que el guion se haga como merece. Hay productoras, como Marisa Fernández Armenteros, que lo hacen muy bien, trabajan desde una conexión emocional con la historia que está produciendo, pero con una estructura clara y acorde con lo que luego se está contando. Ese equilibrio es fundamental.

S.M: Sobre la sostenibilidad de la cultura, temas que están hoy en el centro del debate. Para lograr un espacio profesional coherente y seguro ¿la clave está en el marco legal o en una nueva filosofía que deje de normalizar la precariedad en el arte?
J: La precariedad del arte es un problema de base social. Desde que me inicié a los veinte años en el cine y en la música, también empezaba a recibir comentarios de familiares y amistades, sobre si estaba pensando dejar el cine o que por favor me centrara, ya que me estaba moviendo en dos terrenos artísticos.
Y siempre pienso, si yo fuera ingeniero aeronáutico y tuviera un grupo de música, nadie me preguntaría si voy a dejar la ingeniería. Si yo fuese funcionario, y decidiese hacer cortos, nadie me diría que deje de ser funcionario. Por eso pienso que tiene que ver con la idea de la precariedad del arte. Lo que me decían era: “¿Vas a hacer dos cosas que no dan dinero, artísticas, que generan inseguridad?”. Hay una idea de que el arte no merece ser una profesión, de que en el arte estamos jugando. Y son ideas que aún se les inculcan a los jóvenes, de que en algún momento se les pasará, que los dejen jugar con la guitarra. Y es una percepción miedosa de los propios padres que piensan que si los hijos van a ser artistas no van a ganar dinero. Esa idea está muy instaurada en la sociedad y eso sí lo veo como un problema.
Pertenezco a varias asociaciones que defienden los derechos de guionistas y músicos. Y si algo he aprendido es que la única manera de conseguir avances, modificar leyes y que el cuerpo político te escuche es desde la unión asociativa y el diálogo. Siempre pongo el ejemplo de Euskadi, donde los sindicatos salieron a la calle para defender las ayudas a la escritura de guiones y evitaron que las quitaran. Unirse para luchar por derechos comunes es vital.

S.M: ¿Qué es lo que más te gusta de Slocum Magazine?
J: Me gusta que no toque de manera directa política de actualidad, deportes o religión. Entrar de lleno en la cultura desde una vertiente reflexiva y pensativa sobre la creación y lo colectivo es lo que más me interesa. A veces te hacen muchas entrevistas que son una más, pero esta te obliga a pararte, a hablar con calma y a darte cuenta de que no estás hablando solo de lo que has hecho, sino de cómo has evolucionado, con tus dudas e inseguridades. Es una revista que abre el diálogo y la reflexión filosófica, y eso está muy bien.
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Natalia Darcourt es Art and Business Ambassador de Slocum Magazine. Es artista escénica e investigadora de la cultura y el cuerpo. Creadora de Señorita pastel.
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