«EL YOGA ME HA ENSEÑADO PACIENCIA, PRESENCIA Y UNA RELACIÓN MÁS AMABLE CON LOS PROCESOS»: ENTREVISTA A BELÉN SEGARRA, ARTISTA PLÁSTICA

La ilustradora debuta en el mundo editorial con ‘Mi libro de yoga’, una obra que pone luz para abrazar la imperfección y compartir un viaje íntimo de autodescubrimiento.

Por Estíbaliz Cazorla


Para Belén Segarra: ilustradora, directora de arte y profesora de yoga, la vida tomó la forma de un ataque de pánico (algo así como un demonio invisible) oprimiéndole el pecho. De esa necesidad de detenerse, y de una visita casi accidental a una clase de yoga, nace Mi libro de yoga (Lumen), su esperado debut en el mundo editorial.

Acostumbrados a ver su inconfundible sello en festivales como el Mad Cool o en las páginas de Vogue, donde su trazo delicado convive con universos surrealistas y colores ácidos, Belén Segarra cambia ahora los grandes formatos por la intimidad del papel. En esta obra, que navega entre la novela gráfica, el diario íntimo y la guía ilustrada, texto e ilustración dialogan para abordar algo tan universal como la necesidad de encontrar un lugar donde sostenernos cuando todo a nuestro alrededor se tambalea: a veces, la vida nos obliga a frenar en seco.

Acompañada de una entrañable «fauna» de compañeros de asanas -como su amigo Sergio o la mística Carlota-, Belén nos regala un relato lleno de humor sobre cómo el yoga va mucho más allá de la flexibilidad física: es, ante todo, una forma de volver a habitar la vida. Aprovechando su paso por Madrid en plena promoción de la obra, nos sentamos a charlar con ella sobre vulnerabilidad, procesos creativos y el arte de renacer desde una esterilla.

Slocum Magazine: Belén, el libro nace de un momento de vulnerabilidad y de esa tristeza que a veces nos ahoga. Sin embargo, la obra está llena de luz y humor. ¿Cómo fue el proceso de desnudar esa parte y, al mismo tiempo, lograr equilibrarlo con el tono tierno y divertido?

Belén: Tenía muy claro que quería nombrar lo que me sucedió, que una depresión me había atravesado, pero hubo un momento en que empecé a sentirme un poco vulnerable. Nunca había hablado de esto, no lo sabía nadie más que mi círculo cercano y me asustó estar exponiéndome demasiado. Aunque es cierto que, últimamente, parece que todos estamos dispuestos a hablar de salud mental, no es tan fácil nombrar un proceso tan oscuro. Creo que todavía existe mucho estigma cuando la cosa se pone fea de verdad.

Con el tiempo volví a convencerme de que estaba bien, quería ser honesta. Creo que la clave fue no intentar convertir el dolor en el protagonista absoluto. Yo necesitaba contar que a través de él llegué al yoga, porque me parecía imposible explicar una cosa sin la otra, pero tampoco quería construir un relato centrado únicamente en la tristeza.

El sentido del humor forma parte de mi manera de ser, puede que a veces aparezca como mecanismo de defensa; me protejo un poco con él y sé que no va a eliminar el dolor, pero seguro que lo hace un poquito más llevadero. Al final todos compartimos las mismas fragilidades. Tenemos miedo, nos equivocamos, nos sentimos perdidos, nos rompemos… Y el humor siento que nos acerca, nos permite tomar distancia y recordar que quizás no estamos tan solos.

A veces me resulta más fácil hablar a través de él, quizás sin tanta solemnidad, con un poco más de ternura.

S.M: Mi libro de yoga se mueve libremente entre la novela gráfica, el diario personal y la guía ilustrada. Al tener que explicar conceptos tanto físicos como emocionales, ¿cómo decidiste en qué momentos debía tomar las riendas el texto y en cuáles la ilustración tenía que hablar por sí sola?

B: La ilustración siempre ha sido mi manera de comunicarme. Es mi lenguaje. Siempre he contado cosas a través de dibujos, no lo hacía a través de las palabras. Escribir un libro ha sido algo completamente nuevo para mí. Ha sido un reto, toda la parte del texto me daba muchísimo respeto.

Quizás por eso siento que la ilustración ocupa un lugar tan importante en el libro. Es el espacio donde puedo mostrar mi universo personal, mis emociones y mi forma de entender el yoga. Hay cosas que puedo explicar con palabras, pero hay otras que solo sé contar dibujando.

En general me resulta muy cómodo retener ideas con imágenes, a veces incluso hago dibujos en mi cabeza para comprender algunas conceptos. Por eso todas las partes más técnicas me pedían ilustración, para poder explicar de un vistazo. Pero nunca he sentido que texto e ilustración compitieran entre sí. Creo que se van complementando. Hay momentos en los que las palabras llevan más peso en el relato y otros en los que el dibujo esconde en un instante mucha información.

S.M: Personajes como Rosario, con su agilidad octogenaria, o la mística Carlota, le dan una vida increíble al relato. ¿Cuánto hay de observación real de la «fauna» que habita las clases de yoga en estos personajes y qué aprendizaje te llevas de esa comunidad inesperada?

B: Todos los personajes que aparecen en el libro nacen de personas reales que he encontrado en mi camino a través del yoga de una forma u otra. He construido con ellos los personajes porque de todos aprendí algo importante.

Una de las cosas que me hizo conectar mucho con la práctica es que siento que no hay comparación, no hay juicios, transitamos juntos el camino, ese autodescubrimiento. Me gusta mucho toda la verdad que observo en las clases, creo que se comparte mucho desde la vulnerabilidad, desde el amor y no desde el personaje que mostramos. Como si dejáramos las máscaras fuera.

Además me encanta observar toda esa belleza. En las clases generalmente hay mujeres, las mujeres hemos vivido históricamente sometidas a una presión enorme. Parece que alguien ha decidido lo que es válido o no. En general, estamos en la era de la comparación, los juicios, la perfección. Nos dicen qué tipo de cuerpo, qué edad, qué manera de vivir… Incluso a quien debemos amar. Por eso me gusta hablar del concepto de imperfección, esa pequeña oda que hago en el libro a los cuerpos cuando me doy cuenta de que los cuerpos nos sostienen, nos permiten movernos, vivir.

Creo que lo que llamamos imperfecto es justo la belleza más pura, esas diferencias que lo vuelven todo único. Para mí la perfección es la autenticidad.

S.M: Vienes de pintar murales, de dirigir arte en festivales y de trabajar con grandes marcas a gran escala. ¿Cómo ha sido el reto de encoger el lienzo y encerrarte en el formato íntimo y secuencial de un libro para contar tu propia historia?

B: Más que encoger el formato, me ha resultado complejo enfrentarme a un proyecto tan largo. Para mí, las campañas y los trabajos suelen ser mucho más inmediatos. Un libro exige sostener una idea durante mucho tiempo, convivir con ella.

No sabía si iba a empezar dibujando de un modo y me iba a cansar, si iba a querer cambiar, si debía trabajar con colores más neutros, algo más suave y delicado para hablar de yoga, porque es la imagen que muchas veces asociamos a este mundo. Pero me alegro muchísimo de haber sido honesta conmigo. Mi manera de comunicar es esta: el color, la intensidad, lo potente. No me importa si es a pequeña o gran escala, si es analógico o digital.

Es cierto que cuando pintas un mural o trabajas en proyectos muy grandes hay un impacto visual inmediato. Y que quizás, un libro es más delicado, introspectivo, más íntimo. Pero me parece precioso, te hace sostener una conversación más larga con la persona que lo está leyendo.

S.M: La crítica siempre destaca tu habilidad para mezclar lo delicado con lo surrealista y lo esotérico. La ansiedad, la respiración o la plasticidad mental son conceptos invisibles. ¿Cómo te ha ayudado tu peculiar lenguaje visual y el uso deesos «pigmentos ácidos» a la hora de materializar emociones tan abstractas en el papel?

B: Me ha ayudado muchísimo porque precisamente mi lenguaje visual siempre ha estado muy ligado a lo simbólico.

Esconder pequeños elementos, forzar colores, jugar con la intensidad y lo delicado a la vez… A veces estos detalles pueden contar infinidad de historias. Incluso trabajar con el negro, comprender que en la oscuridad hay luz, que también puede ser vibración y calma. Que lo que parece vacío es un espacio lleno de posibilidades. Todo esto también me lo ha aportado transitar el camino del yoga.

Por eso el dibujo era una herramienta tan natural para contar esta historia. Hay emociones, sensaciones o estados internos que siento que puedo transmitir mejor a través de una imagen que de una explicación. Rozar lo onírico me permite jugar mucho con todas las cosas que no son tangibles.

S.M:Eres ilustradora y profesora de yoga. Ambas prácticas requieren muchísima presencia, observación y conexión con el cuerpo. ¿De qué manera se retroalimentan? ¿La disciplina del yoga ha cambiado tu forma de pintar o de enfrentarte al folio en blanco?

B: Muchísimo. Me han ayudado a trabajar la aceptación, a descartar lo que no funciona sin miedo y a volver a empezar si es necesario. También a rechazar trabajos que no me llenan.

Cada vez tengo más claro que se alimentan mutuamente. Hubo una época en que la velocidad a la que iba todo influyó también en mi trabajo, me sentía sobrepasada con los tiempos, las entregas, la presión… Dejé de disfrutar y esto me alejaba mucho del porqué de este oficio. Tanto el yoga como la ilustración me obligan a observar, a mirar hacia dentro antes de intentar expresar algo hacia fuera.

El yoga me ha enseñado paciencia, presencia y una relación mucho más amable con los procesos.

También a respirar, a darme tiempo. Creo que eso también ha transformado mi manera de crear. Me enfrento al trabajo con menos ansiedad y con más curiosidad. Intento controlar mucho menos, dejar que el fallo también suceda y aporte cosas nuevas. Y, al mismo tiempo, la creatividad enriquece mi forma de enseñar yoga. Me encanta crear clases nuevas, inventar a través de técnicas que permitan comprender mejor las posturas. Compartir desde mi propia experiencia y mis sensaciones.

 

S. M: Por último, me encantará saber: ¿qué es lo que más te gusta de Slocum Magazine?

B: Me gusta encontrar espacios donde hay lugar para la sensibilidad y creo que en Slocum Magazine hay mucha. Agradezco que sea un lugar donde poder pararte a disfrutar.

Conversar con Belén me deja una valiosa lección sobre la importancia de la vulnerabilidad y la autenticidad en un mundo que a menudo nos exige ser perfectos e inmediatos. Su salto al formato editorial demuestra que, al mirar hacia dentro antes de crear, es posible construir espacios íntimos donde el dolor, la aceptación y el sentido del humor conviven con total naturalidad.

Mi libro de yoga trasciende la etiqueta de novela gráfica. Es un manifiesto genuino para detenernos, respirar y reconciliarnos con nuestros propios procesos y con la belleza real de nuestros cuerpos. Para adentrarte en este viaje de autodescubrimiento y transitar la vida con una mirada más consciente, te invito a hacerte con un ejemplar de Mi libro de yoga (lo tienes aquí),  y a seguir de cerca el inspirador universo visual de Belén Segarra aquí.

Estíbaliz Cazorla, jefa de Redacción. Es especialista en comunicación estratégica e identidad verbal para marcas. Fundadora de la agencia boutique Mirar para Crear. Más aquí.

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