En su novela, El niño que heredó el silencio, nos arrastra lejos de la intemperie de los Andes para adentrarnos en la opresión de los espacios cerrados. Sobrevivir al ruido, heredar el silencio: una conversación con Pablo Vierci.
Por Estíbaliz Cazorla
Hay un tipo de supervivencia que requiere soportar el frío a cuatro mil metros de altura, y hay otra, mucho más silenciosa, que consiste en sobrevivir al propio pasado.
Tras haber diseccionado la epopeya física y espiritual más abrumadora del siglo XX en La sociedad de la nieve, convertida hoy en un fenómeno cultural a nivel global, el escritor y periodista uruguayo Pablo Vierci gira la mirada hacia una cordillera mucho más íntima y escarpada: la de la memoria. En su novela, El niño que heredó el silencio, Pablo Vierci nos arrastra lejos de la intemperie de los Andes para adentrarnos en la opresión de los espacios cerrados. A través de la historia de Andrés Pardos, un exitoso empresario que recibe una llamada capaz de quebrar un letargo en el que llevaba cuarenta años, el autor explora una de las realidades más incómodas de nuestra sociedad: el trauma infantil y, sobre todo, la devastadora complicidad del mundo adulto que prefiere mirar hacia otro lado.

En Slocum sabemos que detrás de las historias más oscuras siempre hay una búsqueda incansable de la luz. Me siento honrada de sentarme a charlar con Pablo Vierci, no solo para desgranar los secretos de este impactante thriller psicológico, sino para hablar del éxito, de la literatura como refugio y de cómo aprender a lidiarcon nuestros silencios.
Slocum Magazine: Pablo, en El niño que heredó el silencio conocemos a Andrés Pardos, un empresario que parece tener una vida perfectamente controlada, hasta que se ve forzado a mirar al niño vulnerable que fue. Veo que vivimos en una sociedad que idolatra el triunfo profesional pero, tras escribir esta novela me gustaría saber, ¿cree que muchas veces construimos nuestras carreras, nuestro estatus y nuestro éxito de adultos simplemente como una armadura a medida para proteger al niño asustado que seguimos llevando dentro?
Pablo: Creo que es exactamente así. Un niño que ha sido abusado, como es el ejemplo de la novela El niño que heredó el silencio, para poder sobrevivir, si no tiene adultos cercanos que lo amparen, o le brinden la posibilidad de entender lo que sucedió, que lo escuchen y le permitan tener una narrativa del hecho, necesariamente apela a lo que la psicoterapia llama los mecanismos de defensa. El bloqueo, la negación, la disociación y la identificación con el agresor.
El niño abusado sufrió una relación esencialmente asimétrica, entre un agresor todopoderoso y un menor vulnerable, analfabeto emocional, en proceso de desarrollo, entre los seis y los 12 años, desarrollo que termina truncado, deformado.
Identificarse con el agresor todopoderoso, disociar las emociones de los recuerdos, es una forma de sobrevivir, que tiene un costo psicológico enorme, desmesurado. Y convertirse en poderoso en lo material, en el estatus social, es una fórmula, fallida, de esconder y enterrar esas memorias del pasado, porque, como dice Freud, “las emociones bloqueadas no mueren, se entierran vivas, y vuelven a surgir de la peor manera posible”.
Esconder las emociones, transformarse en un bloque de hielo, es la fórmula que el protagonista encuentra para que esas emociones enterradas vivas, no asomen. Y ser un magnate todopoderoso es la única forma que encuentra para que “ese niño asustado” no sucumba del todo.
S.M: Usted tardó décadas en sentirse preparado para escribir La sociedad de la nieve, y en su nueva novela, el protagonista necesita cuarenta años para enfrentarse a su pasado. ¿Es partidario de darle a las historias —y a la vida— el tiempo necesario para madurar, en contra de las prisas del mundo actual?
P: Totalmente de acuerdo con lo que planteas. La prisa del mundo actual no ayuda a superar los escollos psicológicos, los traumas, las heridas que todos, de una manera u otra, traemos de nuestra infancia, cuando somos arcilla blanda, moldeándonos muchas veces al gusto de los adultos que nos rodean.
En La sociedad de la nieve se precisaron más de 30 años para que los 16 sobrevivientes pudieran hablar en primera persona, como lo hacen en el libro, no relatando “qué pasó”, sino “qué nos pasó”.
En El niño que heredó el silencio, el protagonista, y con él quiero representar a todos los que de alguna manera u otra traemos huellas dolorosas de la infancia, como jamás tuvo un “rescatista” de afuera (exactamente como sucedió en los Andes en 1972), debe “rescatarse a sí mismo” (como hicieron los 16 sobrevivientes del accidente aéreo). La gran diferencia es que en este último caso se trata de un “rescate físico” (escapar de los Andes), mientras que en el caso de Andrés Pardos es un rescate psicológico, que requiere, como siempre sucede en estos casos, cuando nadie de afuera lo apoya, de mucho tiempo para poder hacer la catarsis, y tejer la urdimbre de lo que ocurrió hace 40 años, que siempre es muy doloroso, para poder quitarse de encima, en parte, a ese parásito que pasó a habitar en su psique, trastocándole el desarrollo y el destino.
En el caso del protagonista de la novela, lo hace relatándolo en primera persona, sin ninguna ayuda de afuera, salvo su propia memoria, que va desenterrando los hechos dolorosos que sufrió. Escribirlo es como ordenar los fragmentos dispersos en el inconsciente, porque el proceso de escritura ralentiza las emociones, entreveradas, desordenadas, escondidas, difíciles de expresar, y se pueden poner en palabras, logrando una narrativa de lo ocurrido.

S.M: Escribir sobre traumas tan profundos como el que cuenta en El niño que heredó el silencio, debe suponer un desgaste emocional inmenso. ¿Cómo es el ritual de Pablo Vierci para lograr desconectar? Cuando apaga el ordenador tras una jornada intensa, ¿dónde o en qué encuentra su refugio para volver a la luz?
P: Parto de la base de que a todos nos seduce contar historias, e iluminar áreas nuevas de nuestra propia vida, para crecer. A la vez escribir sobre experiencias traumáticas, duras, que a su vez se basan en memorias muy cercanas que tuve en mi infancia y adolescencia, es, como lo es para el propio protagonista de la novela, una experiencia catártica.
Se trata de una asignatura pendiente, que quiero contar desde hace muchos años, y no me atrevía a hacerlo justamente por ese motivo, por el tabú de incursionar en temas aparentemente prohibidos, regidos por la ley del silencio, que implican, como tú dices, un “desgaste emocional inmenso”.
El éxito de público de la película La sociedad de la nieve, de la cual también soy productor asociado, me demostró que la gente no huye de los temas duros, si se narran en forma honesta.
Escribir esta novela, en suma, en el día a día de su elaboración, me producía angustia pero al mismo tiempo, al cabo de cada jornada de trabajo, experimentaba una extraña paz, de estar cumpliendo con una suerte de compromiso que tenía conmigo mismo desde hacía décadas, trayendo a luz un tema tan escondido y tan presente, que ahora está en las portadas de cualquier publicación.
Me resultaba demasiado injusto ver, hasta hace pocos años, que en muchas situaciones se admitía la pedofilia, si el pedófilo era un ser poderoso. Como que siempre resultaba más fácil, o menos penoso, barrer debajo de la alfombra, decir que “acá no pasó nada”, que enfrentar el hecho de denunciar un hecho que significa un colapso emocional para toda esa familia. Se prefería que el colapso emocional lo cargara el niño, el más vulnerable, con tal de que los adultos que lo rodeaban salieran ilesos, o impunes.
S.M: Desde Slocum, me gusta explorar el concepto lujo, pero alejado de lo puramente material. Después de haber leído a quien escribe sobre quienes lo perdieron todo en una montaña o sobre personajes a los que les robaron la infancia, ¿qué es el verdadero lujo para usted hoy en día?
P: Comparto también este concepto, del lujo alejado de lo puramente material. Considero al lujo como sinónimo de excelencia, en una carrera que no tiene punto de llegada, porque a medida que uno se aproxima, el final se aleja, en un viaje eterno que nos permite enriquecernos en lo espiritual. Escribir no requiere más que un bolígrafo (casi siempre corrijo con él, pero escribo en un ordenador), y el lujo, o la excelencia, es el viaje que me permite adentrarme en historias que me interesan o me llegan o acosan como una pulsión interior, desde mi inconsciente, que debo desentrañar, porque sé que tienen una “carga” especial, que me moverán hasta las entrañas.
En el caso de La sociedad de la nieve tenía como un compromiso porque no había otra persona de aquel colegio, el Stella Maris, de aquellos años, en Carrasco, un barrio de Montevideo, que conociera a todos los que organizaron el vuelo y que le gustara escribir. Por eso, antes del libro, hice otros muchos intentos, desde lo periodístico, como una crónica que escribí en 2002, a los 30 años del accidente, publicada en el diario El País de Uruguay, titulada Nosotros, los otros, donde hago el relato pero desde el punto de vista de los muertos, que no tenían quien les diera voz, porque pocos los conocieron, ya que murieron demasiado jóvenes.
En casi todas las historias que narro, como esta última novela, sobre un caso de abuso infantil y su redención, me resulta muy gratificante poder darme el lujo, basado fundamentalmente en el entrenamiento que logro tras cinco décadas contando historias, de poder navegar en territorio desconocido para llegar a paisajes que jamás creía que conocería, como ascender en andamios cada vez más elevados, que siempre nos permiten avizorar y experimentar un paisaje nuevo, que siempre es superador respecto al anterior. Y en ese paisaje, curiosamente, descubro la bondad, y aprendo que la bondad se entrena.

S.M: Esta nueva novela está fuertemente anclada en el Uruguay de su juventud. Si cerramos los ojos y viajamos con usted al Montevideo de aquellos años, ¿cuál es el primer olor, el sonido más nítido o la imagen que le viene a la mente para transportarse a esa época?
P: Qué gratificante es poder conversar con alguien con quien compartimos la misma frecuencia de onda, cuando se vibra ante resonancias similares, como la que nos vienen con los olores, los sonidos o las imágenes almacenadas en el inconsciente. Es como la memoria de las emociones, que nos hacen vibrar muy fuerte, porque la resonancia es conmovedora.
La primera vez que leí sobre ello fue en mi juventud, cuando me maravillé con En busca del tiempo perdido, de Marcel Proust.
En la novela tengo perfectamente presente el aroma del mar (el Río de la Plata, el estuario más ancho del mundo, que cien kilómetros al Este se confunde con el Océano Atlántico), del Palacio Morin.
Siento el aroma rancio del depredador, que asocio con algunas situaciones incómodas de mi infancia y siento perfectamente el olor del hipoclorito de sodio del Mariño Bar, un café modesto situado en el barrio donde vivía, que conocí en los años 50 y 60, y cuyo dueño lavaba con ese olor al final de la noche.
Los sonidos son los de la rambla costera, con los automóviles de los años 60, y fundamentalmente las gaviotas de ese barrio de Carrasco, en Montevideo, donde nací y pasé mi infancia, adolescencia y primera juventud.
Las imágenes son las casonas imponentes, que conocí de niño, el contraste con los hogares más simples y modestos, de los barrios aledaños, y fundamentalmente el porte de las personas demasiado poderosas, donde aprendí lo que era la impunidad, la arrogancia y el despotismo.
S.M: Para terminar, Pablo me hace muchísima ilusión tenerle en estas páginas. Por ello, me encatará saber, ¿qué es lo que más te gusta de Slocum Magazine?
P: Lo que más me gusta de Slocum Magazine es su curiosidad con calidad, o categoría. “El arte de observar con intención”, como señala su propia presentación, así como el origen del nombre, Joshua Slocum, el primero en circunnavegar el globo en solitario, con la peculiaridad que resulta una gran metáfora, de que no sabía nadar.
Lo que gobierna a Slocum es analizar todo lo que hace a la peripecia humana pero con una mirada entrañable, cómplice, audaz, novedosa.
Primorosos en el detalle, en la forma, se adentran en profundidad en temas diversos, siempre ambientando reflexiones nuevas, en la búsqueda incesante de la verdadera piedra filosofal: la sabiduría.
La vida es navegar en solitario, aunque no sepamos nadar. Y Slocum te ayuda en esa aventura de una forma admirable y fraterna, con ambición y empatía.

Charlar con Pablo Vierci es asistir a una clase magistral sobre la anatomía del alma humana. Me quedo con esa definición de lujo que compartimos: la excelencia como un viaje que no tiene línea de meta, el lujo de tener el tiempo y la valentía de bucear en nuestro propio inconsciente. Nos han vendido que el éxito empresarial o el estatus social son cumbres a conquistar, pero Pablo te recuerda que, a menudo, no son más que muros de contención construidos con urgencia para proteger al niño asustado que todos, de una forma u otra, llevamos dentro.
El niño que heredó el silencio no es únicamente un thriller brillante; es un espejo tan incómodo como necesario. Es la prueba de que, igual que en las cumbres nevadas de los Andes, el rescate más difícil y heroico es siempre el que uno debe emprender hacia dentro.
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Estíbaliz Cazorla es especialista en comunicación estratégica e identidad verbal para marcas. Fundadora de Mirar para Crear. Más aquí.

