ENTREVISTA A PAULO G CONDE, AUTOR DE ‘LAS VENTANAS SIN REJAS’

Tras debutar con Tierra yerma, regresa con Las ventanas sin rejas, una novela que abandona la ciencia ficción para adentrarse en un terror mucho más tangible: la fragilidad de nuestra cordura.

Por Estíbaliz Cazorla 


Te confieso que me siento profundamente feliz y agradecida de volver a entrevistar a Paulo García Conde, una de esas voces que, cuanto más se escucha, más matices revela. Si en nuestro anterior encuentro exploramos los paisajes de la distopía, hoy nos sentamos a charlar con la emoción del reencuentro y la certeza de que nos adentramos en un abismo mucho más cercano: el de la propia mente.

El de Paulo García Conde es un nombre que supone un secreto a voces en la industria editorial: como editor, corrector y ghostwriter, ha sido el «cirujano invisible» encargado de salvar, pulir y dar estructura a los textos de otros. Un oficio de sombra y precisión que le ha permitido conocer, mejor que nadie, dónde se rompen las historias.

Tras debutar con Tierra yerma (2023), Paulo García Conde regresa con Las ventanas sin rejas (Círculo Rojo, 2026), una novela que abandona la ciencia ficción para adentrarse en un terror mucho más tangible: la fragilidad de nuestra cordura.

A través de la historia de Miguel (un hombre encerrado en un psiquiátrico por un error burocrático), el autor gallego afincado en Madrid despliega una narrativa que la crítica ya define como de «tres capas de profundidad»: un estilo donde lo que se calla pesa tanto como lo que se dice.

Me siento de nuevo con él para hablar de lo que hay detrás de esa prosa meticulosa. Conversamos sobre el encierro, sobre cómo su voz más íntima encuentra refugio en su newsletter Ya es viernes o en su podcast De buena tinta, y sobre la paradoja de un hombre que se gana la vida controlando el error ajeno, pero escribe sobre lo inevitable de perder el control. Bienvenido a la grieta.

Slocum Magazine: Paulo, para empezar me gustaría ir al origen. Lo que da verdadero miedo de tu libro no son los desequilibrios mentales, sino la fragilidad de nuestra identidad. Miguel entra en el centro por un error, pero una vez dentro, su verdad deja de importar. El sistema lo devora. Tengo la sensación de que esta no es una historia sobre la locura médica, sino sobre la indefensión social. ¿Escribiste pensando en el miedo real a que, con un solo mal día o un malentendido, la sociedad nos quite la etiqueta de «persona válida» y nos ponga la de «caso perdido»?

Paulo: Siempre me ha inquietado pensar que la pérdida de la libertad suele tener más que ver con lo que decidan terceros que con lo que decidimos nosotros mismos. Miguel, el protagonista de esta historia, es una persona que ve la vida de una manera distinta a lo común, pero en un momento determinado, alguien ajeno a él dicta que es un potencial peligro para la sociedad y para sí mismo. Ahí empiezan a surgir las preguntas: ¿es esa la mejor opción para Miguel y para los demás? ¿Puede cometerse un error en la evaluación psicológica de una persona? ¿Quién evalúa a quienes evalúan? Como dices, conceptos como los de «persona válida» o «caso perdido» (hablando en términos genéricos) son etiquetas subjetivas que alguien, en algún momento, decidió que deberían ser normas a seguir. Todas esas preguntas hacen que surja una historia que no busca respuestas categóricas, porque probablemente no existan, sino un espacio para reflexionar al respecto.

S.M.: Para captar esa sensibilidad, esa «verdad» de los personajes rotos, hace falta una mirada pausada. Tú eres de Vilagarcía, imagino que procedente de la cultura del día nublado y la introspección, pero vives en la vorágine de Madrid escribiendo guiones y cumpliendo plazos. ¿Cómo proteges esa «mirada gallega» del ruido de la capital? ¿Necesitas invocar mentalmente el ritmo del norte para poder bajar a las profundidades psicológicas de tus personajes, o el caos de Madrid también te alimenta?

P: Creo que el caos y la pausa son dos buenos alimentos, y conviene conocer ambos si se quiere hablar de ellos, de alguna manera. Es cierto que el contraste entre Vilagarcía y Madrid es enorme; cada vez que vuelvo a mi ciudad, tengo que aminorar el paso: no existen las prisas que hay en Madrid, ni las mismas grandes distancias que cubrir, ni los pelotones de gente que sortear por las calles. Se hacen las cosas a un ritmo distinto, que no es necesariamente mejor o peor. Pero las personas que habitan unos lugares y otros tienen muchas cosas en común, en esencia, y puede que circunstancias que difieren. Ahí está lo interesante, en cómo conviven los contrastes y las similitudes. Pero puedo decir que no percibo diferencias si escribo en Madrid o si lo hago en Galicia.

S.M.: He visto que dices que te gusta escribir «tres capas por debajo de la superficie». Pero para llegar ahí, uno tiene que desconectar el ruido del mundo (y del móvil). ¿Cuál es tu ritual para cruzar el umbral? No me refiero a si escribes de día o de noche, sino a cómo consigues, tú personalmente, apagar al Paulo editor y analítico para dejar que hable el Paulo emocional que siente el dolor de sus personajes. ¿Tienes algún ritual para entrar en zona?

P: Más que por rituales, me guío por la necesidad. Cuando una historia o unos personajes empiezan a ocupar suficiente tiempo y espacio en mi cabeza, significa que es hora de concederles toda la atención posible. Ahí empieza el trabajo de escritura como tal, y lo analítico cede el mando a lo emocional. Lo demás es ya una cuestión de disciplina, de sentarse a escribir de manera regular y con el objetivo de contar una historia de principio a fin, independientemente del tiempo que lleve hacerlo. Por supuesto, tener el móvil lejos a la hora de escribir es un detalle importante; al menos, en mi caso, pero por experiencia sé que para muchas otras personas, también.

S.M.: Volvamos al título: Las ventanas sin rejas. Sugiere una salida, pero también una decisión. Al final, el lector cierra el libro y vuelve a su vida,
pero algo ha cambiado en su percepción. Si el lector pudiera llevarse solo una cosa de esta experiencia, ¿qué te gustaría que fuera? Por ejemplo, que mire con más compasión a quien tiene al lado, que se mire con más honestidad a sí mismo y se pregunte en qué cárcel invisible está viviendo.

P: Lo bonito y valioso de las novelas es que cada lector aporta su propia mirada, su propia experiencia. Eso hace que cada lectura sea un mundo y dé pie a encontrar en ella distintas posibilidades. Si tuviese que quedarme con una cosa que el lector pudiera llevarse al leer esta historia, sería la oportunidad de reflexionar sobre ciertos aspectos a los que en el día a día no prestamos mucha atención, como pueden ser la salud mental, el ritmo de vida, los prejuicios, la justicia o las condiciones laborales. Pero cualquier detalle que el lector pueda apreciar como un aporte sería ya un éxito.

S.M.: Hablemos de otro de tus proyectos, tu newsletter «Ya es viernes» que se ha convertido en un ritual de lectura para miles de suscriptores,
entre los que me incluyo. Allí tu voz es distinta: más desnuda, más observadora, alejada de la ficción y centrada en capturar instantes de la ciudad o reflexiones sobre la prisa. En la novela tienes la máscara de los personajes, pero en la newsletter eres tú a pecho descubierto cada semana. ¿Qué te da ese formato epistolar, esa intimidad de llegar directamente al buzón del lector, que no te da el formato libro? ¿Es «Ya es viernes» tu forma de mantener la cordura mientras construyes las locuras de tus novelas?

P: Ya es viernes» me ofrece la oportunidad de sentarme a solas conmigo mismo, cada semana, y poner el foco en lo que me esté removiendo en esos momentos. Creo que es la rutina que he creado para escribir más allá de la ficción y entregarme a lo que me inquieta o interesa en cada momento particular. Al principio, me costaba un poco más, por eso que tan bien señalas: no hay máscara tras la que ocultarse en forma de personajes o tramas ficticias. Pero ha terminado convirtiéndose en una rutina muy importante, porque me permite también comunicarme con otras personas y compartir de manera más directa distintos puntos de vista, algo que siempre enriquece.

S.M.: De acuerdo con esa necesidad de comunicar, también diste el salto al formato podcast con De buena tinta, en Spotify. Es curioso porque el escritor suele esconderse detrás del texto, pero el podcaster tiene que poner el cuerpo, la voz y la respiración. ¿Sientes que el podcast te permite tocar una fibra emocional distinta, más inmediata?

P: El podcast es algo que siento de manera distinta. En él hablo de lo que me apasiona, pero no hago lo que me apasiona. Donde yo estoy más cómodo, a la hora de comunicar lo que tenga que decir, es en el terreno de la escritura. Sí es cierto que, con la práctica, uno gana confianza y aprecia de otra manera lo que hace. Pero, en cualquier caso, es un proyecto complementario que disfruto mucho, sin duda, aunque no me da lo mismo que las historias o los textos que escribo.

En esta charla, ha quedado claro que Las ventanas sin rejas  es un espejo en el que todos, tarde o temprano, podemos vernos reflejados. De este reencuentro con Paulo me llevo varias certezas que resuenan mucho más allá de las páginas de su novela:

La fragilidad de nuestras certezas: la historia de Miguel nos obliga a mirar de frente el pánico real a perder el control sobre nuestro destino. Nos recuerda que la línea entre ser una «persona válida» y un «caso perdido» a menudo no depende de nuestra mente, sino de la mirada de los demás. El refugio de la pausa: ya sea conectando con la melancolía de su Vilagarcía natal, o abriendo su buzón emocional cada semana en Ya es viernes, Paulo demuestra que para bajar a las profundidades de la psique humana es necesario silenciar el ruido de la superficie. Y la valentía de quitarse la máscara: es fascinante comprobar cómo alguien que ha dedicado años a textos ajenos, llega con una voz propia tan contundente, invitándonos a cuestionar nuestras propias cárceles invisibles.

Esta es una lectura que no termina en la última página, sino que se queda a vivir en esa grieta que todos llevamos dentro. Hazte con tu ejemplar, aquí.

Te dejo el universo de Paulo, aquí.

Y todo sobre su trabajo, lo tienes aquí.

Estíbaliz Cazorla es especialista en comunicación estratégica e identidad verbal para marcas. Fundadora de Mirar para Crear. Más aquí.

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