«NECESITO SILENCIO. PERO SOBRE TODO NECESITO TIEMPO. TIEMPO PARA LEER SIN UN OBJETIVO CONCRETO»: ENTREVISTA A ESPIDO FREIRE, ESCRITORA

Una de las mentes más brillantes, sensibles y singulares de nuestra cultura.

Por Estíbaliz Cazorla


Hay días en los que el mundo gira demasiado deprisa y lo único que nos salva es pulsar el botón de pausa. Cerrar la puerta, prepararnos una buena taza de té y buscar refugio en la belleza de las cosas pequeñas. Hoy quiero invitarte a sentarte a leer esta conversación escrita que he tenido con una de las mentes más brillantes, sensibles y singulares de nuestra cultura: Espido Freire.

Seguramente recuerdes aquel hito histórico que marcó a toda una generación, cuando se convirtió en la ganadora más joven del Premio Planeta. Puede que la literatura se lo haya dado todo. Pero la mujer que vas a descubrir en esta entrevista no habita en la nostalgia de los récords del pasado, sino en la plenitud de su presente. La Espido de hoy es una maestra consumada, una lectora infinita y, sobre todo, una arquitecta de refugios. Ha sabido cultivar un universo propio habitado por la literatura, el arte, la belleza, la elegancia de otros siglos, y un profundo respeto por el silencio.

Hablo con ella de cómo protege su estética, qué rituales necesita para anclarse al presente después de viajar en el tiempo con sus novelas históricas, y por qué la palabra escrita sigue siendo el mejor bálsamo que tenemos para sanar. Así que te pido un favor: silencia las notificaciones. Sírvete algo que te  reconforte. Y acompáñame en esta charla pausada. Te prometo que, cuando termines de leerla, mirarás la rutina y la belleza que te rodea con otros ojos.

S.M: Espido, quienes te seguimos admiramos mucho cómo has conseguido crear una especie de burbuja estética a tu alrededor. Pareces haber dominado el arte de cultivar un «jardín interior» muy rico. ¿Cómo trabajas y proteges hoy tu propia estética? ¿Es silencio de calidad lo que necesitas para pensar, para leer, para escribir, o simplemente para estar contigo misma sin que el mundo exterior interfiera?

Espido: Creo que durante mucho tiempo confundimos la estética con la apariencia. Pensamos en colores, en ropa, en objetos bellos, en determinadas fotografías o en una cierta manera de presentarnos ante los demás. Con los años he llegado a la conclusión de que la verdadera estética tiene más que ver con la atención que con lo obvio.

Mi jardín interior, si existe, no se parece tanto a esos jardines franceses donde cada arbusto conoce cuál es su sitio. Se parece más a un jardín antiguo, algo indómito, en el que conviven plantas que llegaron hace décadas con semillas recién caídas. Algunas prosperan, otras desaparecen sin que apenas me dé cuenta. Lo importante no es controlarlo todo. Solo la contemplación.

Por eso la palabra que mejor define lo que intento proteger no es belleza, sino permeabilidad. Necesito seguir siendo permeable a la curiosidad, al asombro, a las historias ajenas, a los libros que me contradicen, a las conversaciones que me obligan a cambiar de opinión. Cuando eso desaparece, el jardín empieza a convertirse en un decorado.

El silencio forma parte de ese cuidado, pero quizá no de la manera en que solemos imaginarlo. No necesito un silencio absoluto. De hecho, he escrito en aeropuertos, en trenes, en hoteles y en cafeterías. Lo que necesito es un silencio más raro y más difícil de conseguir: el de la exigencia personal.

Vivimos rodeados de una enorme cantidad de ruido. Hay un ruido hecho de opiniones, de urgencias, de estímulos, de expectativas, de personas que reclaman una respuesta inmediata. Y creo que gran parte del trabajo creativo consiste en distinguir qué merece entrar y qué debe quedarse fuera.

A veces ese espacio protegido es una tarde entera de lectura. Otras veces es un paseo. O una habitación de hotel en una ciudad desconocida. O una iglesia vacía. O simplemente una hora en la que nadie espera nada de mí.

También he aprendido que el jardín interior no se alimenta únicamente de aquello que amamos. Lo nutren las pérdidas, los errores, las decepciones y las obsesiones. Quizá por eso me interesa tanto la memoria, porque es el terreno donde todo eso convive. Lo que fuimos, lo que creímos ser, lo que perdimos y lo que todavía nos acompaña. La estética, para mí, nace muchas veces ahí: en la capacidad de encontrar sentido, forma o incluso belleza en materiales que no parecían destinados a producirla.

Así que sí, necesito silencio. Pero sobre todo necesito tiempo. Tiempo para leer sin un objetivo concreto. Para mirar sin tener que producir nada. Para aburrirme un poco. Para escuchar qué pensamientos aparecen cuando el mundo deja de hablar durante un instante. En una época que premia la velocidad, quizá mi estética consista simplemente en eso: en proteger la lentitud.

S.M: Eres una lectora infinita y siempre compartes literatura con una generosidad inmensa. A veces olvidamos que leer o escribir no es solo cultura, sino también un antídoto contra la velocidad. Desde tu momento vital actual, ¿cómo vives el poder de la palabra como cura? Cuando el día pesa o el mundo parece ir demasiado rápido, ¿a qué tipo de lecturas o de escritura acudes para volver a centrarte y encontrar tu ancla?

E: Durante años pensé que la literatura servía para comprender el mundo. Ahora creo que, además, sirve para soportarlo.

No lo digo en un sentido dramático, sino cotidiano. Los días en los que una abre el periódico y lo cierra. La velocidad con la que se suceden las noticias, las opiniones, los escándalos, las urgencias. A veces tengo la impresión de que vivimos en una corriente de agua cada vez más rápida y que se nos pide no solo que permanezcamos a flote, sino que además comentemos el paisaje mientras nos deslizamos caminos hacia la mar.

La palabra, tanto la leída como la escrita, me ofrece otra experiencia del tiempo. Cuando leemos, aceptamos habitar el ritmo de otro. Durante unas horas dejamos de ser el centro de nuestra propia conversación interior. Entramos en una conciencia ajena, en una sensibilidad distinta, en una mirada que fue escrita hace doscientos años o hace dos semanas. Hay algo humilde y reparador en ese desplazamiento.

Muchos libros no alivian, pero acompañan. Libros que te recuerdan que otros seres humanos también atravesaron la incertidumbre, la pérdida, el desconcierto o la contradicción. En esos momentos suelo volver a autores que me ofrecen una voz reconocible. No necesariamente optimista, pero sí honesta. Jane Austen, por ejemplo, me devuelve siempre una cierta confianza en la inteligencia. Natalia Ginzburg me recuerda que la vida cotidiana contiene más verdad de la que solemos concederle. Y los diarios de algunos escritores me permiten contemplar que incluso las personas a las que admiramos dudaban, se equivocaban y se sentían perdidas.

La escritura cumple una función parecida, aunque más misteriosa.

No escribo para curarme. Desconfío un poco de esa idea. Escribo para entender qué está ocurriendo. O para descubrir qué pienso realmente sobre algo. La escritura tiene algo de conversación con una misma, pero una conversación que exige sinceridad. Las frases acaban señalando aquello que intentábamos evitar. Con los años, además, he aprendido que no siempre necesitamos respuestas. A veces basta con encontrar las preguntas adecuadas.

Sigo creyendo en la literatura porque no simplifica la experiencia humana. No la convierte en eslogan. No nos promete felicidad instantánea ni soluciones definitivas. Nos recuerda que las contradicciones son normales, que la incertidumbre forma parte del camino y que casi nadie tiene las cosas tan claras como aparenta.

Cuando necesito un ancla, regreso a los libros que me obligan a reducir la velocidad.La verdadera paz no consiste en escapar del ruido, sino en recordar que existe otra música.

S.M: Eres una gran amante de los detalles: la pausa para el té, el diseño de tus espacios, el silencio acompañado de tus gatos, esa estética casi «austeniana» me atrevería a decir que, por otro lado, tan bien dominas. Para mi, esos pequeños gestos son la verdadera resistencia, la romantización de los actos mediante belleza. ¿Cómo es la coreografía de tu ritual creativo? ¿Hasta qué punto necesitas que tu entorno físico sea bello, ordenado y armónico para poder invitar a las musas, o para hacer la transición entre la mujer y la escritora?

E: Me temo que voy a desmontar un poco esa imagen porque la realidad es bastante menos elegante de lo que parece desde fuera.

No creo demasiado en las musas. Tampoco en la inspiración entendida como una aparición misteriosa que desciende sobre una habitación ordenada mientras una taza de té humea junto a la ventana. Ojalá fuera así. Sería mucho más agradable.

Lo cierto es que he escrito en aeropuertos, en habitaciones de hotel, en trenes, en cafeterías demasiado ruidosas y en casas donde estaba ocurriendo de todo al mismo tiempo. La escritura ha tenido que aprender a convivir con la vida real porque, de otro modo habría escrito muy poco.

Ahora bien, eso no significa que el entorno me sea indiferente.

La belleza no me ayuda tanto a escribir como a vivir. No necesito una habitación hermosa y propia para encontrar una frase. Lo que necesito es que las cosas importante estén donde deben estar. Que los objetos que me acompañan tengan una historia o un significado. Que la casa no parezca una sala de espera.

Creo que dedicamos demasiado tiempo a pensar en los grandes acontecimientos y demasiado poco a pensar en las pequeñas decisiones que configuran una vida. La taza en la que desayunas cada mañana. El cuadro que colgaste hace doce años y que ya no dice nada. La música que suena mientras trabajas. El árbol que ves desde la ventana. Todo eso acaba forma una conversación silenciosa con uno mismo.

Y sí, me gustan los rituales, pero no los considero una invitación a la creatividad, sino una forma de marcar transiciones.

Cuando trabajas en varios frentes a la vez —escribir, viajar, hablar en público, colaborar en prensa, preparar clases o proyectos— corres el riesgo de vivir en un estado permanente de dispersión. Los rituales le indican al cerebro: ahora estamos haciendo esto.

Preparar un té. Encender una lámpara concreta. Abrir un cuaderno determinado. Sentarme en un lugar específico de la casa. Gestos muy sencillos, que no crean la obra, pero anuncian que va a comenzar.

Tampoco me interesa especialmente la perfección estética. De hecho, desconfío un poco de ella. Las casas demasiado perfectas me producen la misma inquietud que las novelas demasiado perfectas. En ambas falta algo.

Prefiero los espacios habitados. Los libros acumulados. Las fotografías. Las flores cuando las hay y las ramas secas cuando ya no las hay. Poncomoda un poco la idea de romantizarlo todo. Hay una tendencia contemporánea a convertir cualquier gesto cotidiano en una experiencia estética cuidadosamente diseñada. La belleza no aparece porque decidamos embellecer la realidad. En una época que nos pide estar simultáneamente en diez lugares distintos, el verdadero lujo consiste en estar exactamente donde estamos.

S.M: Pasas mucho tiempo habitando otras épocas. Ya sea escribiendo novela histórica, dando voz a mujeres fascinantes del pasado o analizando a las hermanas Brontë o a Jane Austen. Vives, en cierto modo, con un pie en siglos mucho más lentos que este trepidante siglo XXI. Cuando pasas tantas horas inmersa en la elegancia y el ritmo pausado de otros siglos, ¿cómo es el aterrizaje en nuestro presente? ¿Sientes que esa mirada histórica te ayuda a relativizar las urgencias modernas y a vivir con más calma?

E: No creo que los siglos pasados fueran más lentos. Eran más lentas las comunicaciones, desde luego, pero la gente seenamorba, se arruinándaba, enfermaba, perdía a quienes quería o tomaba malas decisiones con una intensidad muy parecida a la nuestra.

Lo que sí me aporta esa convivencia constante con otras épocas es otraperspectiva. Cuando uno pasa tiempo con Jane Austen, con las Brontë o con mujeres que vivieron hace doscientos años, descubre que casi todo lo que nos preocupa tiene antecedentes. Las ambiciones, los miedos, las rivalidades, la incertidumbre sobre el futuro o la sensación de no encajar son mucho más antiguas que internet.

La historia no me ayuda tanto a vivir con calma como a desconfiar de la urgencia. Nos encanta pensar que todo es nuevo, que estamos ante problemas inéditos y momentos excepcionales. No es así.

S.M: Diriges formaciones y trabajas a diario con personas que quieren aprender a escribir. En lugar de contagiarlos de la presión por publicar rápido o conseguir likes, tú les enseñas el oficio desde la artesanía, desde el respeto a la palabra. Cuando observas a tus alumnos, a esas voces que buscan su espacio, ¿qué descubres que le aportan realmente la literatura? Más allá del éxito editorial, ¿sientes que hoy las personas acuden a los talleres buscando un refugio, una forma de entenderse a sí mismos, o la literatura es un oficio como otro cualquiera que necesita más disciplina que alma?

E: Bueno, yo no doy talleres, sino cursos, que implican muchas veces un compromiso mayor y otro enfoque: la mayoría de las personas que acuden a un taller de escritura no lo hacen porque quieran convertirse en escritores profesionales.

Algunas sí, por supuesto. Pero muchas buscan aprender a ordenar ideas, comprender mejor las historias que consumen, desarrollar su creatividad o recuperar un espacio propio en medio de vidas muy ocupadas.

Los crsos que imparto son otra cosa, porque se enfocan a unas valoraciones y a un proyecto completo. sea como sea, la literatura obliga a mirar con atención. Para escribir un personaje hay que observar cómo hablan las personas. Para construir una escena hay que fijarse en los detalles. Para narrar una emoción hay que aprender primero a identificarla. Por eso, incluso quienes nunca llegan a publicar desarrollan una mirada más consciente sobre sí mismos y sobre el mundo.

Mucha gente llega pensando que escribir consiste en expresar lo que siente. Y eso es solo una parte. La otra consiste en aprender a comunicarlo. Ahí entra el oficio.

Un curso bueno enseña que una buena idea no basta.Que una experiencia personal tampoco basta. Hay que aprender estructura, ritmo, punto de vista, construcción de escenas, diálogos. Igual que un músico estudia armonía o un pintor aprende composición, un escritor necesita herramientas.

Por eso suelo insistir en que la literatura es una mezcla poco frecuente de arte y técnica. Necesita sensibilidad, desde luego, pero también disciplina.La inspiración es caprichosa, mientras que el trabajo cotidiano depende de nosotros.

En una época dominada por la inmediatez, la escritura enseña que las cosas importantes suelen requerir tiempo. Un buen texto rara vez nace terminado. Se corrige, se cuestiona, se reescribe. Ese proceso no solo forma escritores; también forma personas más pacientes, más observadoras y más capaces de convivir con la complejidad.

S.M: Yo creo que regalar un libro es uno de los actos de generosidad más íntimos y hermosos que existen. En el fondo, estás regalando tiempo, atención y un refugio a alguien que te importa. Seguro que hay historias a las que vuelves constantemente no solo para ti, sino para los demás, ¿cuál es ese libro que más veces has regalado? Ese título infalible que sientes que es un bálsamo o una revelación, y que todos deberíamos transitar alguna vez.

E: Durante muchos años habría respondido algo distinto según la persona. Sigo haciéndolo, en realidad, porque creo que los libros tienen lectores y momentos. Pero si tuviera que elegir uno solo, el libro que más veces he regalado es Hamlet.

La gente espera una novela reconfortante, un clásico amable o algún éxito contemporáneo y, yo aparezco con un príncipe danés que duda demasiado.

Sin embargo, Hamlet es uno de los libros que más compañía me han hecho en la vida porque formula algunas de las preguntas esenciales con una inteligencia y una profundidad extraordinarias.

Es una obra sobre el duelo, sobre la identidad, sobre la conciencia, sobre la responsabilidad, sobre la dificultad de actuar cuando comprendemos la complejidad de las cosas. Hamlet es una persona que descubre que el mundo no funciona como le habían enseñado y que debe decidir quién quiere ser dentro de esa decepción. Y i todos atravesamos ese momento en algún punto de nuestra vida.

Además, cada edad lee un Hamlet distinto.Muy pocos libros crecen junto a sus lectores de una manera tan generosa. Por eso lo regalo. Hamlet parece haber encontrado una pregunta nueva que hacernos cada vez que lo leemos…

S.M: Aunque tu medio natural es la palabra escrita, se que disfrutas muchísimo de la buena narrativa audiovisual y que tienes un ojo clínico para la estética, la ambientación y la psicología de los personajes en pantalla. A veces, entre tanta oferta, cuesta encontrar joyas que inviten al disfrute. ¿Qué serie o película has visto recientemente que te haya fascinado por cómo está contada? ¿Cuál sería esa recomendación perfecta de Espido Freire para que el lector de Slocum disfrute en una tarde de domingo con una buena taza de té?

E: Voy a quedar un poco mal como prescriptora de novedades, porque cada vez veo menos cosas y soy más selectiva. La oferta es tan enorme que, cuando encuentro algo que realmente me interesa, me aferro a ello.

Una de las series que más he disfrutado recientemente ha sido Shōgun, aunque tenga ya un par de años. Es visualmente espectacular, pero lo que me atrapó de verdad fue la sensación de estar entrando en un mundo distinto, con reglas, valores y formas de entender el poder completamente diferentes a las nuestras. Además, se toma su tiempo. No parece tener miedo de que el espectador piense.

También me gustó mucho The Bear. En apariencia habla de un restaurante, pero en realidad habla de la exigencia, la familia, el talento y el caos. Y consigue algo muy difícil: transmitir estrés y ternura casi al mismo tiempo.

Y si hablamos de películas, sigo recomendando Bailando en la oscuridad a quien no la haya visto. No es una película cómoda ni necesariamente agradable, pero sí una de esas experiencias que permanecen contigo años.

Lo que busco siempre es lo mismo, independientemente de la época o del género: historias que confíen en la inteligencia del espectador y personajes que parezcan personas de verdad. Cuando encuentro eso, ya sea en una superproducción japonesa, en una cocina de Chicago o en una película danesa devastadora, me doy por satisfecha.

Y para una tarde de domingo con una taza de té, probablemente elegiría cualquiera de ellas antes que muchas de las novedades que prometen cambiarte la vida y se olvidan una semana después.

S.M: Para terminar, Espido me hace muchísima ilusión tenerte en estas páginas porque a veces siento que habitamos territorios comunes. A lo largo de esta charla hemos hablado del valor de la pausa, de la importancia de los detalles, de la belleza… Como mujer con una sensibilidad estética tan afinada, ¿qué es lo que más te atrae o qué es lo que más disfrutas del universo que construimos cada día en Slocum Magazine?

E: Hay publicaciones que parecen saber de antemano lo que quieren encontrar y buscan ejemplos que confirmen esa idea. Vosotros hacéis algo distinto: dais la impresión de que todavía os dejáis sorprender. Y eso, en una época tan dada a las opiniones instantáneas y a las certezas inquebrantables, me parece una cualidad muy valiosa.

Me gusta también que no establezcáis fronteras demasiado rígidas entre cultura, viajes, literatura, diseño, gastronomía o formas de vivir. Al final, la vida tampoco funciona así. Quien disfruta de una novela suele interesarse por una ciudad; quien se interesa por una ciudad acaba fijándose en su arquitectura; quien se fija en la arquitectura termina preguntándose cómo viven las personas que la habitan.

Esa mirada transversal me resulta muy cercana.

Y hay algo más que agradezco especialmente: la sensación de que detrás de la revista existe un criterio. No necesariamente una ideología o una manera única de ver el mundo, sino una personalidad. Cuando termino de leer un número tengo la impresión de haber conversado con alguien que ha elegido cuidadosamente qué merece la pena compartir y qué no.

Información tenemos de sobra. Lo verdaderamente escaso es encontrar voces capaces de seleccionar, relacionar y ofrecer contexto. Creo que Slocum hace precisamente eso.

Tras conversar con Espido Freire, veo que hay mucho de rebeldía contemporánea en aprender a guardar silencio. El mayor privilegio es conservar nuestra «permeabilidad» entendida como esa capacidad indómita para asombrarnos, para equivocarnos y para dejarnos atravesar por el arte sin la urgencia de tener que explicarlo inmediatamente. Su visión de la estética, alejada del decorado vacío y anclada en la atención plena a los detalles, es un manifiesto vivo de lo que habitar conscientemente nuestro propio tiempo.

Ojalá esta charla te haya servido, igual que a mí, como un pequeño refugio. Como ese lugar al que acudir cuando el ruido exterior ensordece, recordándonos que siempre nos quedará la literatura, una taza de té humeante y el derecho innegociable a proteger nuestra propia lentitud.

Si quieres seguir explorando la mirada única de Espido Freire, descubrir sus lecturas imprescindibles, o conocer de primera mano sus formaciones literarias y proyectos culturales, te invito a sumergirte en su mundo en espidofreire.com Y acompáñala en su día a día a través de su cuenta de Instagram, donde comparte su particular «jardín interior» de libros, viajes y belleza cotidiana: @espidofreire

Estíbaliz Cazorla, jefa de Redacción. Es especialista en comunicación estratégica e identidad verbal para marcas. Fundadora de la agencia boutique Mirar para Crear. Más aquí.

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