«EL FOTÓGRAFO EN REALIDAD LO QUE ESTÁ FOTOGRAFIANDO ES LO QUE YA LLEVA DENTRO»: ENTREVISTA A ANTONIO TABERNERO

La fotografía, al igual que la pintura, no es un arte que simplemente explicite la realidad. En realidad, ningún arte devuelve las cosas tal y como son, sino que las eleva, las redefine y las vuelve a nombrar.

Por Natalia Darcourt

Créditos fotografías: Sebastián Carso


En la fotografía existe un punto clave a la hora de capturar las imágenes. Como decía Borges, es el instante en el que el arte sucede. Las cosas están ahí, y es el fotógrafo quien, a través de su mirada y de su herramienta, las recoge y nos devuelve una historia, una sensación o una lectura del mundo a través de una imagen. En esta conversación con Slocum Magazine, hablamos con el fotógrafo Antonio Tabernero sobre su observación del paisaje y sobre cómo ha hecho posible la producción de obra a lo largo de su trayectoria.

Slocum Magazine: Tienes una predilección por los paisajes urbanos, donde se aprecian tanto las arquitecturas de edificios como las humanas. En muchas de tus imágenes aparecen también maniquíes, lo que genera un discurso ambiguo sobre lo que somos. ¿Tu fotografía te sorprende a ti mismo o es más bien el resultado de una búsqueda previa, de una construcción estética y temática consciente o inconsciente?

Antonio Tabernero: Me sorprende siempre porque voy buscando hacer una introspección en mí mismo de la que no me doy cuenta, y ahí es cuando veo que es buena, que sale de adentro. Es muy interesante lo que se ha dicho al principio porque, efectivamente, el fotógrafo, antes de fotografiar lo que ve, ve lo que fotografía, pero en realidad lo que está fotografiando es lo que ya lleva dentro. 

Eso implica que cada esfuerzo que se haga con el realismo —porque la fotografía siempre está en lo real, aunque haya artistas que quieran separarse de ello—, y se puede salir de lo real, pero me parece que la verdadera dimensión de la fotografía realista como la pintura realista es trabajar dentro del propio realismo. 

Es un poco como el poeta: está en una jaula de palabras y quiere salir de ellas con las propias palabras, algo que es imposible. Pero en ese intento de querer salir reside lo maravilloso de ese arte. El fotógrafo, trabajando con la realidad, (aunque no lo parezca) también está inventando cosas. Y la percepción que nosotros tenemos de la realidad es porque ha habido muchos antes de nosotros que han estado no solo fotografiando, sino tratando punto por punto de pasar la realidad a un cuadro por ejemplo cuando no hablábamos. 

S.M: En tu trabajo, la fotografía no termina en el momento de la captura, sino que continúa en la selección y la edición. ¿Qué papel tienen esas decisiones en la construcción final del discurso y la estética de tu obra?

A: Bueno, cada vez menos porque la fotografía analógica se ha quedado ya muy atrás. Cuando llegó la fotografía digital, fui de los primeros aquí en Madrid en comprar una Mac y empezar a trabajar así. Y ahora mismo, con la Inteligencia Artificial, soy seguramente de los primeros que ya hace su obra con ella.

Sobre la edición, por supuesto, el aspecto final de la fotografía es fundamental, es casi una obsesión para el fotógrafo. No es solo parte de la creación, es que es la creación. Sin embargo, el disparo también es importante. En un ensayo que hice de tomar una foto diaria, me di cuenta de que, para entrar en relación con lo real, con la naturaleza, con las cosas, había que disparar varias veces. Si iba a buscar la “foto estupenda” era imposible, tenía que hacer una, otra peor, otra mejor, hasta que encontraba la vena. Cuando encuentras la vena, ya no te separas de ella.

Para mí, la aventura de la creación es la felicidad. Yo vivo por lo visual desde que era muy pequeño, reconozco que hay otras cosas que también son buenas, pero lo visual para mí es maravilloso. Pero no es mera observación de detalles, yo no me fijo en qué zapatos lleva alguien o de qué color es su vestido. Me doy cuenta de que, para encontrar belleza, tienes que conocer a la persona más internamente, no te quedas en la fachada. El mismo pintor realista no pinta lo que ve, sino que ve lo que ha pintado de lo que ha visto. Vemos muchas veces lo que llevamos dentro, nuestros traumas, lo que hemos vivido sale ahí.

S.M: La imagen puede ser profundamente conmovedora, pero también violenta o invasiva sobre el espectador. ¿Eres consciente de esa responsabilidad cuando construyes una imagen y decides qué mostrar y cómo mostrarlo?

A: En mi caso, me importa poco la superficie brillante de la fotografía o lo documental. Me importa el espectador, que es el rey en esto. Me gusta cuando no mira la cara brillante, sino la cara oculta, y ahí ve cosas relacionadas con él. No todo el mundo ve igual, cada uno ve cosas diferentes y eso es maravilloso. En esa cara no brillante, donde parece que no hay nada, todos son capaces de ver cosas diferentes.

No me interesa la fotografía como documento, me interesa utilizar el documento para a partir de ahí transgredir todos los enigmas del realismo. En Europa en los años 80 surge el Documentalismo, y pareciera que es documental, porque fotografía los edificios perfectos con una calidad enorme, pero no le interesa lo documental. Le interesa lo que a través de poético y de alma tienen esas cosas, que normalmente en una obra documental no lo vemos porque vemos el documento mismo. 

Cuando una imagen se vuelve extraña, ya estamos en buen camino porque estamos captando algo profundo en lo más real. Cuando uno crea, está viendo cosas suyas en eso que realiza. Si en una fotografía entras en el dolor, es que estás creando a tope, porque estás trabajando con cosas que normalmente escondes. Cuando uno está al máximo de la creación, está reconociendo cosas bellas y no bellas.

Hace unos años, en una exposición que comisarié de Gerardo Vielba, tres mujeres se me acercaron con los ojos llorosos diciendo que la obra las había emocionado enormemente. Ese es el espectador sensible que forma la obra. Más que una imagen documental que nos impacta, es una conmoción que nos lleva a algo que llevábamos dentro, quizá la vida nos pegó un hachazo del que no nos dimos cuenta y de repente aparece ahí. 

S.M: Hoy es muy fácil capturar imágenes con los móviles. ¿Qué opinas de este fenómeno de las imágenes al alcance de todos? ¿Es un riesgo para la fotografía o amplía nuestra libertad?

A: La directora de la revista EXIT, Rosa Olivares, dijo una vez en una mesa redonda del Festival de Fotografía de San Sebastián: “Hasta ahora ha sido un hombre, un voto, a partir de ahora será un hombre, un fotógrafo”. Me quedé con eso porque lo clavó. Alguno de los males que tenemos ahora mismo es que todo el mundo tenga acceso, pero, por otro lado, está bien porque es democrático que todo el mundo pueda hacer fotografías, pero eso genera una crisis profesional. El fotógrafo profesional ya no es tan solicitado porque las empresas ahora usan a su propio personal para hacer fotos con el móvil, y a veces lo hacen maravillosamente bien porque copian la tradición de los profesionales que estuvieron antes.

Es una crisis cíclica, pasó con los pintores cuando nació la fotografía, pasó con lo digital y ahora con el móvil e incluso la IA, cuando con unas palabras se puede ejecutar una imagen.  Antes yo explicaba la Historia de la fotografía desde la primera imagen de Niépce, ahora la explico cuando nosotros los humanos le pusimos un sonido a una sombra. Ese fue el principio de querer representar, ahí empieza el acto de querer representar la realidad. Después vino la escritura, en la que no se ve la realidad directamente, en ese momento nuestra realidad era nuestro pensamiento.

S.M: Si tuvieras que definir tres elementos fundamentales para sostener una carrera fotográfica en el tiempo, ¿cuáles serían?

A: Dedicación, dedicación y dedicación. Y observación. Pero es complicado porque estamos en un mundo muy comercial. Hay que tener mucha fuerza para crear, y casi no merece la pena crear si no tienes la mitad de fuerza para promocionar lo que haces. Se necesita una gran potencia. 

Además, es difícil introducir algo nuevo porque la sociedad suele aplaudir lo que ya reconoce en sus estereotipos de belleza, lo que tiene profundidad es más difícil de aceptar. Así que diría tres cosas: constancia, técnica (como medio, no como fin) y una gran introspección, estando al tanto de un mundo que cambia cada vez más rápido.

S.M: ¿Cómo has equilibrado tu labor como curador de otros artistas con tus propias búsquedas creativas?

A: Bien, porque me gusta muchísimo la fotografía. Hasta ahora he trabajado principalmente con fotógrafos fallecidos, lo que evita conflictos personales, pero ahora estoy con Joan Fontcuberta y es más complejo pero interesante.

Lo que más me gusta de comisariar es que el artista suele tener dificultad para seleccionar su propia obra. Me gusta darle ese punto de vista extraño y enseñarle algo que él mismo no ve.  Cuando le muestras un enfoque nuevo sobre su trabajo y el autor tiene una revelación, es genial. 

Para mí, el mundo es un aprendizaje constante, yo no soy un maestro, soy un aprendiz que, incluso cuando enseña, es el que más aprende.

S.M: Sobre la sostenibilidad de la cultura: ¿crees que la clave para un espacio profesional seguro está en el marco legal o en una nueva filosofía que deje de normalizar la precariedad?

A: Es posible que, si dejamos de nombrar la precariedad, esta no exista. Si piensas en negativo, la cosa será negativa. El problema es que antes éramos mil artistas y ahora somos millones, y la tarta toca a muy poco. El arte se ha democratizado, pero habría que buscar una fórmula en la que todos nos enriqueciéramos con las creaciones de los demás.

Yo me he manifestado por el IVA cultural, aunque no creo totalmente en ello, me parece un tema más de marchantes y galerías. En los años 80 propuse que, puesto que de la fotografía se pueden hacer multitud de copias, se vendieran a precios muy baratos. Si vendes mil copias a bajo precio, ganas lo mismo que con una obra cara. Ese sistema que yo ingenuamente en los encuentros internacionales de Arlés discutía con otros colegas míos, no está impuesto. Lo que hicieron los marchantes impusieron limitar las series a tres o seis copias, lo cual me parece un atraso. Sería ideal que las fotos fueran como los libros, que todo el mundo pudiera tenerlas por un precio asequible en lugar de que solo las posea quien tiene mucho dinero y las esconda para que no se vean.

S.M: Por último, ¿qué es lo que más te gusta de Slocum Magazine?

A: Hablar de Slocum me cuesta mucho. A pesar de ser una revista con criterio, sensibilidad y pasión —que me inspira, me despierta curiosidad y me hace descubrir parcelas de vida— veo una publicación cuidada y abierta al mundo. Yo soy nefasto a la hora de hablar de un magazine porque estoy demasiado mediatizado, ya que en mi estudio tenemos una sección de diseño; esto me hace ser demasiado crítico en general con el diseño, con el uso de las tipografías, la innovación y la creatividad, etc.

En Slocum veo una revista de autor con personalidad propia, nacida de una mirada singular y de una forma muy personal de descubrir, interpretar y compartir mundos. Un espacio donde Moda, Arte, Gastronomía, Bienestar, Viajes y un montón de pequeñas curiosidades de la vida se entrelazan bajo un mismo criterio: el gusto por lo bello, el interés por lo auténtico y el placer de descubrir.

Para ver más del trabajo de Antonio Tabernero:  antoniotabernero.com

Natalia Darcourt es Art and Business Ambassador de Slocum Magazine. Es artista escénica con investigación en la cultura y el cuerpo. Creadora de Señorita pastel.

Para contactar con ella pincha aquí: natalia@slocum.es / Instagram

Fotografía por Sebastián Carso.

Para contactar con él, pincha aquí: WEB / Instagram

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