Un hombre decidió naufragar con elegancia y prohibir la entrada a cualquier papel que no fuera una declaración de afecto. De esa rebeldía cotidiana nace Solo cartas de amor, una bitácora familiar que hoy rescato de la mano de su autora, Guadalupe Greses.
Por Estíbaliz Cazorla
Dicen que para navegar en solitario hace falta conocer los vientos y respetar el silencio del horizonte. Pero hay travesías que no requieren barcos, sino simplemente la valentía de mirar la vida de frente y decidir que el rumbo marcado por la sociedad, ese rumbo gris de facturas y trámites, no es el nuestro.
La imaginación es el único mapa fiable cuando la realidad se pone difícil. En Canarias, el mar abraza y a veces aísla. Como canaria, entiendo esa necesidad de construir puentes sobre el agua, pero la historia que me ocupa hoy construyó un puente mucho más resistente: uno hecho de papel y tinta.

Hoy hablo con la guardiana de una bitácora muy especial. Ella es la hija de un hombre que, como un capitán rebelde en tierra firme, decidió que su buzón no admitiría más naufragios burocráticos, sino ‘Solo cartas de amor’. Un libro que es crónica, homenaje y brújula. Es un placer recibir a Guadalupe Greses, autora de esta maravillosa travesía familiar y literaria.
Slocum Magazine: Guadalupe, en el libro describes a tu padre, Ángel Greses, como un hombre que sabía «mirar el mundo con ojos mágicos», alguien capaz de autoproclamarse «Conde de Velhoco» y crear un reino imaginario en su propia casa. Sin embargo, detrás del personaje excéntrico que fascinaba a los vecinos, estaba el hombre de carne y hueso. ¿Cómo fue el proceso de separar, o quizás de reconciliar, en estas páginas a la figura mítica del «Conde» con el padre real que tú conociste en la intimidad del hogar?
Guadalupe: El proceso ha sido bastante intenso, no voy a mentir. Debía transformar al padre con el que crecí y al que vi morir en un personaje literario, y a la vez quería mantener su esencia auténtica. Me parecía una tarea imposible de conseguir, aunque espero haberme acercado. Mientras escribía, me iba reconciliando con el pasado y sanando situaciones que al vivirlas me parecieron difíciles. Al relatarlas, me desprendía de ellas y se convertían en otra cosa. Fue especialmente difícil ponerle punto y final al capítulo en el que el Conde deja este mundo y el relato continúa sin él, la verdad es que volví a vivir un pequeño duelo.
S.M: Todo comienza con un gesto que podría parecer pequeño, pero que está cargado de simbolismo: pintar «Solo cartas de amor» en el buzón como protesta contra las facturas y la burocracia gris que nos asfixia. Es una rebelión contra lo anodino.¿Crees que ese gesto fue una forma de reivindicar que la imaginación es también una necesidad básica de supervivencia?
G: Para él, sin duda, lo era. Y para muchos sospecho que también. Hay personas que no conciben la vida sin la imaginación, los símbolos o el arte. Creo que es muy positivo canalizar nuestras frustraciones y miedos mediante la creatividad que puede manifestarse de mil maneras distintas. El Conde me demostró que uno puede siempre mirar a su alrededor y encontrar algo increíble y divertido: la anécdota de un amigo, un dato curioso o cualquier situación espontánea en la calle. Él sabía vivir de forma auténtica, aunque nunca fue consciente de ello. Yo tampoco lo fui hasta hace relativamente poco. Ahora intento vivir bajo esa premisa, aunque soy consciente de que, en ocasiones, la imaginación y la creatividad no bastan.

S.M: Guadalupe, mencionas que el buzón ha recibido cartas durante más de diez años, convirtiéndose en un receptáculo de secretos, pasiones y penas de desconocidos que decidieron abrirse a una simple ranura en la pared. Ahora tú eres la custodia de esas emociones. Al leer y seleccionar estas historias para el libro, ¿te has encontrado con alguna carta que haya cambiado tu propia percepción sobre el amor?
G: Más que cambiar mi percepción sobre el amor, estas cartas me confirman lo parecidos que somos los seres humanos. Podemos pensar o expresarnos de formas distintas, pero sentimos casi lo mismo. Al buzón han llegado historias de desamor y perdón, mensajes al futuro, cargados de deseos o del anhelo de ser mejores personas. Hay palabras de esperanza hacia uno mismo, de admiración a la naturaleza y también adioses a quienes ya no están. Me siento muy acompañada cuando las leo, empatizo con sus autores casi siempre. Es algo maravilloso
S.M: Solo cartas de amor se presenta no solo como una crónica de un suceso curioso, sino como un homenaje tras la muerte de Ángel. Escribir sobre un ser querido que ya no está suele ser un proceso doloroso, pero también sanador. ¿Escribir este libro te ha permitido descubrir facetas de tu padre que desconocías o entender mejor ese «hechizo» que él intentaba contagiar a los demás?
G: La verdad es que este libro me ha permitido descubrir muchísimas cosas.
He compartido las emociones de quienes escribieron al buzón y me he visto reflejada en ellas, he podido navegar por las vidas de mi padre y de mis abuelos, logrando comprenderlos mejor. He buceado en mis recuerdos para rescatar momentos que me marcaron en la isla de La Palma, todo mientras transformaba el duelo por la muerte de mi padre en algo digno de contar: un homenaje y una forma de no olvidarlo nunca. Quizá este libro no sea perfecto, pero es muy importante para mí. Espero que otros puedan verse reflejados en esta historia, aunque sus vidas no tengan nada que ver con la mía o la de mis antepasados. Al fin y al cabo, como decía, nos parecemos mucho más de lo que creemos.

S.M: Vivimos en la época de la inmediatez, de los likes y los mensajes de WhatsApp que se “autodestruyen” en minutos. Sin embargo, la historia de este buzón demuestra que la gente todavía necesita el ritual de sentarse, tomar papel y boli, y esperar. ¿Por qué crees que, incluso hoy en día, una carta manuscrita anónima sigue teniendo, como dices en el libro, el poder de brotar «como una flor en medio de un vertedero”?
G: Siempre les recomiendo a mis amigos que escriban, de su puño y letra. Sin objetivos ni expectativas. Ordenar los pensamientos, traducirlos al papel y permitir que fluyan a través de las manos es un ejercicio poderoso y, al menos para mí, sanador. Pero escribir una carta manuscrita para alguien a quien queremos tiene aún más mérito. Requiere el esfuerzo de elegir las palabras, el cuidado de la caligrafía, introducirla en un sobre y enviarla por correo postal o entregarla en persona. El ritual de abrirla, desplegar el papel, y leerla poco a poco jamás podrá compararse con ningún mensaje de móvil. Yo trato de escribir cartas a mis amigos por sus cumpleaños, y como sé el esfuerzo que supone, me llena de alegría recibirlas. Espero que las cartas nunca desaparezcan del todo, de hecho, creo que volverán con fuerza. Confío en que las nuevas generaciones, conscientes de la adición a las pantallas y los estragos que causan, aprendan a vivir de nuevo más presentes y conectadas con el entorno real. Quiero creer que será así.
S.M: Como canaria que soy, entiendo bien que nuestras islas tienen una atmósfera muy particular, una mezcla de aislamiento y belleza que marca el carácter de la gente. La Palma en especial, con su historia y su tranquilidad, parece el lugar perfecto para el realismo mágico. A veces, el mar que nos rodea nos hace sentir la necesidad de conectar de formas más profundas, como si el aislamiento geográfico nos empujara a buscar puentes emocionales. ¿Crees que el «Reino de Velhoco» y la magia de este buzón habrían sido posibles en una gran ciudad peninsular, o consideras que el espíritu de La Palma es un ingrediente indispensable, casi un personaje más, que permitió que esta fantasía de tu padre echara raíces?
G: Qué preciosas palabras y qué ciertas. Mi padre nació en La Palma y se crió allí, hasta que emigró a la península con 10 años. Después volvió ya de adulto, por lo que murió en el mismo lugar en el que nació. La verdad es que no sé cómo se habría desarrollado su carácter si nunca hubiera pisado la isla. Yo creo que el influjo de la isla es real, está ahí y se transmite de generación en generación. No sé qué es exactamente… quizá, como dices, sea el mar que lo rodea todo, las montañas inmensas que te guardan un día y al otro explotan escupiendo lava, o esa comunidad que se crea (para bien y para mal) al reconocer a las mismas personas día tras día.Todo eso se palpa en el ambiente.Yo que voy todos los años lo percibo. Cada historia que te cuentan y cada personaje que conoces daría para libros enteros, enmarcados en un realismo mágico que, a veces, tiene más de mágico que de realismo.

S.M: El libro cierra un ciclo narrativo, pero el buzón físico sigue existiendo en esa isla, y tú has tomado el relevo de tu padre en esta tarea de recibir las misivas. ¿Sientes cierta responsabilidad o vértigo al heredar este legado mágico? ¿Qué te gustaría que sintiera el lector al cerrar la última página de tu libro: nostalgia por lo perdido o esperanza por lo que aún podemos imaginar?
G: Totalmente. Siento un vértigo terrible que a veces me paraliza y me impide leer las cartas que llegan. Qué tontería ¿verdad? Tenerle miedo a un buzón y a unas cartas de amor… pero a veces me pasa. Temo no estar a la altura del Conde.
Por su parte, me gustaría que el lector, al finalizar el libro, mirase a su alrededor y tratase de encontrar lo extraordinario en la cotidianidad de la vida. Mi padre lo tenía todo: una isla maravillosa, unos hijos y una hermana que lo adoraban, cartas de amor anónimas, amigos incondicionales y un universo propio de fantasía. Sin embargo, muchas veces no era consciente de esas luces y pesaban más sus sombras. Creo que nunca deben ganar las sombras.
S.M: Por último, me encantará saber, ¿qué es lo que más te gusta de Slocum Magazine?
G: ¡Me encanta cómo profundizáis en todos los temas! Sin duda no os quedáis en la superficie, tenéis una mirada viajera y cultural, y sabéis ahondar en los detalles. ¿Qué más se le puede pedir a una revista cuya esencia se inspira en el primer hombre que circunnavegó el mundo en solitario? ¡Muchísimas gracias!

Al terminar nuestra charla, comprendo que el buzón de los Greses no es solo un hueco en una puerta en una casa de La Palma. Es una grieta en la armadura de la rutina por la que respira la esperanza. Guadalupe no solo ha heredado un legado de papel, sino la responsabilidad de recordarme que, frente al naufragio de lo cotidiano, siempre podemos elegir la poesía.
Me quedo con esa invitación a buscar lo extraordinario en lo pequeño y con la certeza de que, mientras alguien siga escribiendo a mano, las sombras nunca terminarán de ganar la partida. Gracias Guadalupe, por recordarme que el amor es el único mapa que no necesita coordenadas.
Que las cartas sigan llegando, y que nosotros no dejemos nunca de leerlas.
El universo de las cartas de Guadalupe, lo encuentras aquí.
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Estíbaliz Cazorla es especialista en comunicación estratégica e identidad verbal para marcas. Fundadora de Mirar para Crear. Más aquí.
