A propósito del centenario del Círculo de Bellas Artes de Madrid, una conversación importante sobre el pensamiento filosófico aplicado a la acción cultural.
Por Natalia Darcourt
Créditos fotografías: Sebastián Carso
La cultura no solo se produce: también se administra, se financia y se proyecta socialmente. Dirigir una institución cultural implica decidir qué ideas circulan en la sociedad y qué conversaciones se ponen en movimiento. ¿Cómo puede la gestión cultural convertirse en un espacio de intercambio entre gestores, creadores y audiencias? En esta conversación con Slocum Magazine, hablamos con Valerio Rocco, sobre gestión cultural, industria creativa, fracaso y pensamiento desde su experiencia al frente del Círculo de Bellas Artes de Madrid.

Slocum Magazine: Gestionar la cultura implica decidir qué se muestra, qué se debate y qué intercambios culturales se impulsan. Teniendo en cuenta la historia del Círculo y tu formación en filosofía, ¿cuál dirías que es hoy la visión cultural que intentas proyectar desde la institución?
Valerio: gracias en primer lugar por la entrevista. La gestión cultural debe ser una facilitadora del debate cultural. La concibo como la creación de condiciones de posibilidad para que los creadores, los pensadores y los artistas puedan proponer sus ideas. Debe favorecer un debate complejo y plural, pero no debe promover por sí misma determinadas concepciones del bien, determinados valores, determinadas ideas.
Como filósofo tengo mis ideas, mis planteamientos, mis investigaciones; pero como gestor cultural tengo una tarea distinta, que es hacer posible una determinada conversación a muchos niveles en todas las disciplinas en las que programa el Círculo. La visión que propongo es la de fomentar el debate argumentado entre posiciones diferentes. Es lo que más falta hoy en día en nuestra sociedad y no solo desde el punto de vista de todos los creadores que intervienen en nuestra programación, sino también desde el punto de vista de los públicos, de las personas que vienen al Círculo.
Lo que también hacemos es juntar públicos diferentes en grandes iniciativas como el Festival de las Ideas, el Refugio Climático o la Bienal de la Ciencia para que opinen de manera diferente y puedan encontrarse, conversar, debatir y discrepar educadamente en una institución cultural como esta. Así que “apertura” es un poco el término central: apertura a la diversidad y al debate argumentado de los creadores y de los públicos.

S.M: Si pensamos la cultura como un ecosistema económico y artístico complejo, surge una tensión interesante: ¿qué tipo de gestión cultural permite que el arte mantenga su valor y, al mismo tiempo, pueda sostenerse como industria?
V: Somos una organización sin ánimo de lucro, pero como toda organización necesitamos que nuestros proyectos culturales sean sostenibles. Y para garantizar la sostenibilidad y, por lo tanto, allí donde haya ánimo de lucro, también la rentabilidad de las industrias culturales, hay que apostar ante todo por la libertad de creación. Dar la posibilidad a los artistas, a los creadores, a las propias instituciones de proponer sus contenidos sin demasiada presión, ni política, tampoco económica.
Si se plantea un proyecto cultural orientado desde el principio específicamente a su rentabilidad o sostenibilidad económica, creo que hay grandes posibilidades de que ese proyecto fracase. Esto se debe a la naturaleza misma del arte y de la cultura, que al final tienen un valor muchas veces intangible que no está ligado a lógicas de mercado.
Por ejemplo, las instituciones culturales no competimos entre nosotras. Un proyecto cultural programado por el Círculo no ve otro proyecto cultural del Museo del Prado o del Teatro Real como un competidor. Aspiramos a cooperar, a establecer redes y a incrementar la masa crítica del público de la cultura. Ahondar en el peso que tiene en la sociedad y en los medios de comunicación. Por eso, un buen resultado, una buena noticia o un proyecto exitoso en otra institución es una magnífica noticia también para el Círculo.
Este es un ejemplo de cómo la gestión cultural, la industria cultural y el mundo del arte escapan a las lógicas de competencia más tradicionales de los mercados y de la industria en general, pero se podrían poner muchísimos otros. Siempre nos movemos en una ambigüedad: sabemos que somos un sector económicamente muy importante que supone el 4% del PIB y del empleo en España, que necesita una cierta sostenibilidad económica y unas condiciones de trabajo dignas. Al mismo tiempo nos resistimos a caer en una concepción puramente mercantil e industrial de la cultura.

S.M: Tengo la impresión de que, aunque el arte tiene una esencia intangible, necesita una estructura administrativa de producción que lo haga “vendible”. Pero tú opinas, en principio, que este no debe visualizarse como un capital, ¿cierto?
V: El arte es un capital, es objeto de revalorización, de coleccionismo e inversión. Y las instituciones culturales son objeto de mecenazgo, subvenciones, patrocinios. Eso es el día a día y debe estar en el centro como trabajo de un gestor cultural. Pero una cosa distinta es el arte o las propuestas culturales en sí, ya sean hechas por el creador o por el gestor al público. Pienso que no deben tener como factor primario su sostenibilidad económica porque esa visión estrictamente economicista le hace perder algo de su valor incómodo.
El arte tiene algo que, en su esencia, inquieta, incómoda, acosa, problematiza, transforma las preguntas y a veces desagrada. Es lo que lo diferencia del mero entretenimiento. Por eso la cultura se diferencia del entretenimiento —que nos aplaca, nos narcotiza, nos gusta y nos divierte—. El arte también puede hacer todas esas cosas, pero además tiene que transformar los puntos de vista, mostrar lo que no se quiere ver y eso, desde un ángulo mercadotécnico, muchas veces no gusta. Por eso pienso que ese criterio económico no debe estar en el centro de las propuestas culturales y artísticas.

S.M: Se me venía a la mente los teatros griegos: el entretenimiento no es necesariamente superficial, también puede funcionar como un vehículo de propagación de ideas.
V: La cultura es eso y el teatro griego está en el origen de la cultura. Pero, si te fijas, nace en el ágora, en la plaza, al mismo tiempo que la filosofía y la democracia. Se basaba en la figura del coro, un elemento colectivo, ciudadano y comunitario que intervenía en la representación. Era un teatro participativo que ponía a la ciudad ante sus propias contradicciones. No lo tildaría como entretenimiento sino como una de las formas más altas de cultura por su carácter comunitario y problemático.
S.M: Hoy se habla cada vez más de industria cultural. Desde tu experiencia, ¿qué cambios reales podrían hacer las instituciones para volverse ecosistemas autosostenibles capaces de generar discurso, innovación y oportunidades profesionales alrededor del arte?
V: El sector económico tan potente llamado “industrias culturales” carece de cohesión, ya que no se percibe en su conjunto como una unidad. Están los sectores de las artes escénicas, el de las artes visuales, el cinematográfico, el de las artes plásticas… Es un mundo muy fragmentado. Los museos hablan entre sí, pero no con los centros culturales. Los teatros de ópera están en un lugar aparte. Las instituciones de naturaleza formativa como las escuelas de cine y de música parece que están también separadas. No hay una verdadera unión conceptual en la que todas estas instituciones digan: “nosotros somos sector cultural”.
Esto para el Círculo es más fácil, porque somos de las pocas instituciones culturales del país que programan con igual calidad, centralidad y dignidad en todas las disciplinas artísticas, como teatro, cine, artes visuales, danza, humanidades y ciencia.
Pero si tú eres un Teatro de ópera te vas a concebir, ante todo, como un Teatro de ópera en el sector de la música clásica; y te vas a fijar en lo que hacen los otros teatros de ópera del mundo y vas a colaborar con ellos, sin implicarte tanto en el sector productivo de tu país. No se entiende que muchas batallas —como el IVA cultural, la ley de mecenazgo o la creación de una ley de la cultura que pueda establecer excepciones en el tipo de contratación que puedan hacer las administraciones públicas— no hayamos sido capaces de reconocerlas como un solo sector.
Falta, tanto desde las instituciones y los actores del sector, como de las administraciones públicas, una mirada más global y universal al ámbito cultural, más allá de las segmentaciones por disciplinas que ahora son las que prevalecen.
S.M: Una acción jurídica…
V: Es muy curioso, la ley de la ciencia y la ley de innovación son las únicas dos leyes que en los últimos años han recibido un consenso por parte de los dos mayores partidos políticos en este país (PP y PSOE). Han conseguido ponerse de acuerdo en temas tan importantes como la ciencia y la innovación. Me gustaría que lo mismo pasara con la cultura, que se volviera un asunto de Estado, que se despolitizara en cuanto a su gestión pública y jurídica, y que hubiera un consenso entre las fuerzas políticas para resolver los grandes problemas del sector cultural. Si se llegara a eso, a una ley de la cultura, sería magnífico para el sector y quizá podría recibir el apoyo de amplios espectros políticos.

S.M: Valerio, en algunas ocasiones has hablado positivamente de ese territorio “liminal” donde se cruzan arte, ciencia y tecnología. ¿Crees que estas colaboraciones transdisciplinarias, pueden abrir nuevas posibilidades de capital hacia las industrias culturales?
V: Sí, en virtud del concepto de ESG, que ahora es fundamental en todo el mundo corporativo. La atención más global a la sostenibilidad y a la implicación de las empresas en la sociedad, y la autocomprensión de las empresas como actores vitales, hablémoslo claramente, hacen un mundo mejor.
Ante grandes desafíos globales de nuestro tiempo —pensemos en un caso específico y muy claro: la emergencia climática— la ciencia es fundamental porque nos aporta datos, conocimiento, predicciones de lo que puede ocurrir. Pero esos datos, esa frialdad de la ciencia por sí sola, no es capaz de cambiar las conductas individuales y colectivas que son esenciales para hacer frente a esa crisis climática. No transforma las conciencias, no implica de verdad a las personas. Para eso lo que necesitas es emocionar, convocar, apasionar. Y eso, ¿qué lo puede hacer? La cultura.
La cultura y la ciencia deben ir unificadas para dar una respuesta a una cuestión como la emergencia climática. Si una empresa quiere ejercer de manera responsable sus tareas de compromiso social y de sostenibilidad frente a esta crisis, debería apoyar proyectos. Nosotros tenemos muchos —sabemos que hay también muchos más en otras instituciones—, como la Bienal Ciudad y Ciencia, ConCienciArte, nuestros ciclos de ciencia, medicina y filosofía, etc., que de manera integral afrontan estos problemas. En general, ante dificultades cada vez más globales y complejas, se necesitan miradas que huyan de la hiperespecialización del conocimiento a la que muchas veces hemos llegado en nuestras sociedades.
En las universidades y los institutos de investigación se promueve un tipo de saber cada vez más fragmentado, pero faltan colaboraciones interdisciplinares, miradas de conjunto, diálogos entre ciencias y humanidades, entre arte y tecnología. Y es papel de instituciones culturales como el Círculo promover estos acercamientos. Y, desde luego, dado que me preguntabas por la atracción de capital, pienso que programas como estos, efectivamente por este carácter complejo e interdisciplinar, pueden ser atractivos en términos de ejercer una ESG responsable por parte de las empresas.

S.M: Sí, parece que tenemos una idea un poco fragmentada del arte y la ciencia, ¿no? A veces se piensa que el arte multimedia encarna esa posibilidad de encuentro… Y, al pensar en áreas donde ambos mundos se integran, es inevitable evocar a Leonardo da Vinci.
V: Hay una cuestión muy importante: ciencia y tecnología, por un lado, y artes y humanidades, por otro, deben cooperar porque tienen misiones muy distintas. La ciencia y la tecnología han servido a lo largo de la historia para dar mejores respuestas a las preguntas que nos hacemos o resolver de manera más eficaz las dificultades que tenemos.
Pero las disciplinas más innovadoras, las que son más capaces de transformar las preguntas, de individualizar los verdaderos problemas a los que hay que dar respuesta, esas son las artes y las humanidades; las más creativas, las más críticas, las que sospechan de las preguntas que nos hacemos y las transforman.
Necesitamos entonces el diálogo entre nuevas preguntas dadas por las artes y las humanidades, y mejores y nuevas respuestas aportadas por la ciencia y la tecnología.

S.M: Como Task Leader del proyecto de investigación FAILURE, que reflexiona sobre el concepto de fracaso desde diferentes miradas, me gustaría llevar esa idea al terreno artístico, poniendo sobre la mesa los conceptos de éxito y fracaso. ¿Crees qué, el fenómeno creativo, se pueda medir entre los extremos de ambos conceptos?
V: Es una muy buena pregunta. El proyecto FAILURE explica por qué nuestra sociedad no sabe fracasar, por qué no se nos enseña a fracasar bien, o a tolerar de manera aceptable el fracaso, vivirlo en comunidad, vivirlo positivamente. Hay que huir de la negación del fracaso, de la ocultación del fracaso, pero también de la ostentación impúdica de los fracasos como herramientas para llegar al éxito. Es decir, moverse en un justo medio que básicamente insiste en la aceptación del fracaso como una dimensión constitutiva de la naturaleza humana.
Este proyecto, como digo, además de hacer todo esto, se preocupaba por las estrategias de atribución de la etiqueta de fracaso. Es decir, quién, cómo, cuándo y por qué se decide que algo, un individuo, un grupo, una institución o un país ha fracasado.
¿Cuáles son las lógicas que operan detrás de esta atribución de la etiqueta de fracaso? Esto en el mundo del arte es muy complejo, porque sin duda puede haber factores cuantitativos como: ¿por cuánto se vende una obra de arte?, ¿cuántos visitantes van a una institución?, ¿en cuántos libros de historia del arte aparece un artista? o ¿cuántas críticas positivas aparecen de un trabajo, de una exposición, o de una película? Pero digamos que hay un factor de éxito o de fracaso de la propuesta artística que no puede ser medido en términos cuantitativos.
Esa es una de las dimensiones del arte. Un artista que ha tenido poca repercusión por diferentes motivos, por ejemplo, puede emerger y volverse protagonista por dinámicas sociales complejas y no fáciles de reconstruir, pero en contra de cualquier criterio cuantitativo.
Esto es muy importante porque hoy en día vivimos una concepción del éxito y del fracaso que es puramente cuantitativa. Eres exitoso en lo social: ¿cuántos amigos tienes en Instagram?; eres exitoso económicamente: ¿cuánto dinero tienes en el banco?; eres exitoso vitalmente: ¿cuántos metros cuadrados tiene tu casa? ¿cuántas cilindradas tiene tu coche? Desde el punto de vista físico, ¿cuáles son tus medidas: 90, 60, 90? Parece que la medición del éxito y del fracaso siempre es reconducible a un número y cuanto más, mejor.
El artista escapa a esa lógica. Y la historia del arte tiene mecanismos, en parte felizmente misteriosos, que es bueno que se mantengan para preservar otra dimensión del éxito y del fracaso que no sea cuantitativa, que no sea reducible al número.
Es muy interesante esta pregunta que haces sobre cómo se mide el éxito o el fracaso en el ámbito artístico, porque permite entender que hay una dimensión de estos conceptos, que es puramente cualitativa y en cierta medida azarosa. Y esa dimensión, aunque nos neguemos a verla, también existe en muchísimas otras facetas de nuestra vida más allá de la artística.

S.M: Esta pregunta puede parecer muy holística, pero para los procesos creativos es esencial. Usualmente, se habla del poder transformador del arte. En tu experiencia programando actividades culturales, ¿has vivido algún acontecimiento cultural en el que hayas sentido un cambio en la perspectiva de las personas?
V: Lo he dicho muchas veces: lo más transformador es la cultura. Cambia a la sociedad, pero también transforma a las personas. Creo que todos, no solo como gestores culturales, sino como usuarios de la cultura, recordamos —sobre todo en nuestra adolescencia, que al final es la época de formación y de transformación de nuestros gustos y personalidad— una película, una canción, una novela, una serie, una exposición o incluso una conferencia que nos ha marcado, que nos ha cambiado, a la que hemos vuelto una y otra vez. Y cada vez que hemos vuelto a ella, la hemos visto, leído o experimentado de manera distinta, todos nosotros de algún modo hemos vivido esto.
Pero si tuviera que citar una sola experiencia que yo haya programado, esto me da pie para hablar de la exposición que tendremos a partir de noviembre aquí en el Círculo, titulada El asalto de la ilusión, que hemos coproducido junto con el centro cultural Santa Mónica de Barcelona y que de hecho se puede ver allí actualmente, aunque todavía no ha llegado al Círculo. Es una exposición que, además de contar con algunos de los mayores artistas contemporáneos como Anish Kapoor o Murakami, es muy transformadora porque hace reflexionar sobre el significado de la ilusión.
La ilusión significa dos cosas: por un lado, es la pasión, la emoción, el compromiso por algo; pero, por otro lado, es el engaño, el truco, la mentira. Y estas dos cosas están muy relacionadas entre sí. Detrás de toda ilusión —entendida como pasión y enamoramiento— siempre hay una parte de engaño y, por otro lado, los engaños y los trucos son los que producen esas ilusiones, esas emociones.
Pasar por esta exposición es muy transformador. Los espectadores primero se enfrentan a unas realidades aparentes que no acaban de entender del todo o que creen que son de una manera determinada. Y cuando salen del recorrido, pueden ver la tramoya, pueden ver el truco, pueden ver la realidad detrás de eso que estaban observando. Y esto es muy simbólico de cómo es nuestra experiencia hoy, por ejemplo, en las redes sociales o en los medios de comunicación, donde de manera ingenua y acrítica, damos por buenas muchísimas cosas que en realidad son fabricaciones y engaños. Me ha pasado a mí y he visto a muchas personas ir a esta exposición y salir diciendo: “Ajá, vivimos en un engaño”. Constantemente a nuestro alrededor se están produciendo engaños e ilusiones que nos conmueven, pero tenemos que estar más alerta, ser más críticos con los procesos informativos que recibimos. Esto desde un punto de vista más epistemológico, desde las trasformaciones que se producen en nuestro conocimiento y manera de pensar.
Un acontecimiento vitalmente transformador que recuerdo bien fue después de la pandemia. El primer concierto presencial de música clásica que se hizo fue aquí en el Círculo, a cargo de Yago Mahúgo. Se había programado mucho antes en Semana Santa, pero se realizó en verano. Recuerdo esa emoción de volver de repente a un teatro lleno de gente, de ver un espectáculo en directo, vivo. Yo no soy creyente, pero había algo místico en ese momento porque se estaba hablando de muerte y de resurrección, que al final es de lo que habla la Semana Santa; pero lo estábamos viviendo fuera de contexto, en verano, con mascarillas, después de haber vivido muchísimas muertes. Parecía como que el mundo cultural estaba volviendo a nacer simbólicamente. Lo estoy recordando y todavía me emociono. Fue el reflejo de algo que muy importante durante la pandemia: el valor de la cultura para muchísima gente, para aguantar aquella situación tan difícil de confinamiento, de muerte, de incertidumbre, de desesperación en la que, como digo, la cultura fue fundamental.

S.M: Sabemos que tu tesis doctoral estuvo dedicada a Hegel. Si tuvieras que elegir con dos o tres claves de su pensamiento aplicables a la vida cotidiana de nuestros lectores, ¿cuáles serían?
V: Sí, creo mucho en la vigencia del pensamiento de Hegel y en particular de su método dialéctico. La base de su filosofía —que a veces se suele popularizar como “tesis, antítesis y síntesis” aunque él en realidad nunca utilizó estos términos— es que, por debajo de cualquier enfrentamiento —por muy polarizado, opuesto, contradictorio que parezca—, siempre hay un punto posible de unidad, de reconciliación.
Esto es muy importante en un mundo como el nuestro, donde todo es blanco y negro, donde todo esta polarizado y no hay matices, donde somos incapaces de llegar a puntos de acuerdo con quien piensa de manera distinta. Detrás de cosas que parecen aparentemente contradictorias, en realidad lo que subyace es el mismo factor. Puede ser, por ejemplo, la misma lógica capitalista o quizá detrás de un partido de izquierda o de derecha pueden operar las mismas lógicas de engaño político. Si nosotros no nos quedamos en la superficie de la apariencia de lo que nos están diciendo, sino que vamos más en profundidad, eso nos permite criticar la lógica de los partidos políticos actuales y superar esa contraposición.
En la filosofía de Hegel, en su visión del mundo, es posible encontrar una reconciliación, necesaria hoy en día en esta sociedad tan polarizada.
Y quizá el otro aspecto clave es algo que Hegel llama “el esfuerzo del concepto”. Pensar, argumentar, entender, estudiar es muy difícil y requiere mucho esfuerzo. Y esto en una cultura caracterizada por la inmediatez, la falta de atención y las prisas. Es una sociedad que no reniega en absoluto del esfuerzo físico, porque cada vez está más atenta al culto y al cuidado al cuerpo, pero que, sin embargo, cada vez está menos dispuesta a esforzarse y a entrenar la mente.
Cuando confiamos procesos a la inteligencia artificial, por muy básicos que sean, por muy aparentemente triviales, y dejamos de ser nosotros los responsables, es como si nos inyectáramos Ozempic en la mente. Es como si estuviéramos haciendo trampa y dejando de ejercitar nuestro concepto, nuestro cerebro. Lo volvemos menos resistente a la crítica, a la argumentación, a la capacidad de contraponernos a esos engaños de los que hablábamos antes. Así que, frente a la comodidad engañosa de la inteligencia artificial, sí al denuedo del concepto, al esfuerzo del entendimiento de cada uno, incluso en las tareas más básicas de la vida cotidiana.

S.M: Reconciliación y profundidad, entonces… ¿Qué valor crees que pueden aportar hoy las revistas como Slocum dentro del ecosistema artístico?
V: El arte tiene que interactuar con otros sectores. Como decíamos antes, el sector cultural está muy fragmentado y eso era algo negativo, sin embargo, también considero que el arte y la cultura, en general, se han quedado muy encerradas en sí mismas y no han sabido salir a otras áreas de la sociedad.
Antes hablábamos de las relaciones entre cultura y ciencia, pero ¿qué ocurre, por ejemplo, con las relaciones entre cultura y salud? ¿O qué pasa con las atenciones de cultura y empresa? ¿Y entre cultura y deporte? Muchas veces se reúnen en un mismo ministerio, pero parece que son dimensiones absolutamente distintas entre las que hay muy poco en común.
Trabajemos para encontrar esos puntos de contacto. Necesitamos agentes de comunicación que sepan comprender muy bien lo que ocurre en el ámbito artístico y cultural, pero también salir de ese mundo, interactuar con otros sectores, buscar otros públicos. Creo mucho en el valor de la comunicación, en concreto de revistas como la vuestra, para crear esos puentes.
S.M: Nos interesaría saber, cuándo no estás pensando en filosofía ni programando cultura, ¿cómo te gusta vivir el arte como espectador?
V: Como todo el mundo tengo mis preferencias artísticas, pero he llegado a dirigir una institución que como decíamos antes, concede igual peso al cine, a las artes visuales, a la danza, a la música clásica, al jazz, a los debates de ideas, a la ciencia, a la editorial, a la escuela de artistas o a la radio. En el mundo de la gestión soy absolutamente democrático y le doy igual peso a todas las disciplinas, pero, como amante de la cultura, soy sobre todo un gran apasionado de la música clásica y de la ópera en general.
Por ejemplo, me fascina poder tener aquí un ciclo de música clásica, que ahora mismo es uno de los mejores de Madrid y Europa. Contamos con los mejores pianistas de mundo y este año hemos tenido dos premios Chopin y, además, vamos a tener a la que considero la mejor soprano del mundo, Lise Davidsen, el 24 de mayo. Como espectador valoro este tipo de programas y también formar parte del Consejo asesor del Teatro Real para la temporada de óperas es para mí un enorme privilegio.
Pero, en general, las experiencias culturales que más me interesan son las que más me incomodan, las que se enfrentan a mis puntos de partida previos, las que me hacen cuestionar mis prejuicios e ideologías, las que me dejan, a veces incluso, un mal sabor de boca o me hacen salir enfadado. Estéticamente, me gustan las óperas y la música clásica, pero intelectualmente, las que me remueven son las otras.
S.M: Tu trayectoria está profundamente vinculada a la filosofía, pero imaginemos otro escenario: si no hubieras dedicado tu vida a la filosofía y a las artes, ¿en qué otro ámbito crees que habrías terminado trabajando?
V: Lo tengo muy claro: en la diplomacia. Es un mundo que me interesa y me gusta, ya que soy una persona profundamente transnacional e internacional. Me habría gustado mucho dedicarme a eso y me alegro inmensamente de haber estudiado filosofía. Pero ese habría sido, si no, mi otro camino.

S.M: Por último, ¿qué es lo que más te gusta de Slocum?
V: Hay una cuestión formal que es importante: la combinación de una muy buena presentación gráfica y fotográfica. La importancia de lo estético para atraer, para conmover, sumada a la profundidad y variedad de los contenidos. Al igual que el Círculo intenta buscar un equilibrio y una excelencia de todas las áreas de su programación. Pienso que una revista debe tener ese equilibrio entre forma y contenido —que también es algo muy hegeliano—. Es difícil, pero es necesario y pienso que vuestra revista lo consigue.

Dialogar con Valerio ha sido una experiencia enriquecedora. Resulta fundamental reflexionar sobre la gestión de nuestras artes para que, sin perder el enfoque en esa »cultura que incomoda» y nos desafía, velemos por un manejo adecuado.
Cruzar diferentes miradas no solo nutre nuestra perspectiva, sino que fortalece las oportunidades de nuestro tejido artístico. Se ha avanzado mucho, pero queda camino por recorrer para alcanzar el beneficio que el sector merece.
Puedes acceder a la programación del Círculo aquí.
Natalia Darcourt es artista escénica, con investigación en la cultura y el cuerpo. Creadora de Señorita pastel.
Para contactar con ella: natalia@slocum.es
Natalia es Art and Business Ambassador de Slocum Magazine.
Fotografía por Sebastián Carso.
