Casi todos los planes parecen diseñarse para ser rápidos, ligeros y desechables. Sin embargo, los libros permanecen, y no como simples herramientas de lectura, sino como objetos de deseo.
Por Estíbaliz Cazorla
Entre ediciones limitadas, encuadernaciones artesanales y bibliotecas que se diseñan como templos, leer vuelve a ser un gesto de distinción. No por lo que se presume, sino por lo que se cultiva. Entre la urgencia, el libro es un espacio detenido. Un ritual, un refugio.
Detrás de cada ejemplar hay manos que cortan, cosen, graban, imprimen con tintas naturales, y eligen telas. Encuadernadores, tipógrafos, ilustradores y artesanos del papel devuelven al libro su dimensión física, como si cada ejemplar fuera también una pieza de orfebrería. Para mí, leer es entonces, acariciar el oficio.

Belleza encuadernada. En el universo editorial, el lujo no siempre tiene forma de bestseller. A veces se esconde entre las cubiertas de lino de una edición limitada, en el grosor de un papel determinado o en el silencio que rodea a un manuscrito firmado a mano.
Editoriales boutique españolas como La Bella Varsovia, Rata_, Jekyll & Jill o Nórdica Libros están recordándonos constantemente que un libro puede y debe ser también un objeto de contemplación. Estas piezas se editan con mimo: cosidas a mano, impresas en tipografías delicadas, ilustradas con atención, y envueltas como las obras que son.
En el plano internacional, Assouline ha elevado el libro de mesa al nivel de icono. Ya no se colocan solo para ser hojeados, sino para ser deseados, para ser coleccionados. Porque sí, algunos se regalamos libros como se regalaría una joya. Por el peso simbólico, por la intimidad que invoca, por la elegancia de haberlo elegido.

Como cita la escritora Irene Vallejo, autora de El infinito en un junco, en una de sus conferencias: “El libro siempre resucita, sobrevive; es un pasaporte sin caducidad. Ha sido capaz de salvar del olvido y de la destrucción a nuestros poemas, nuestra tradición y memoria.”
Quizá también por eso, por su capacidad de permanecer, de ser cuerpo y memoria al mismo tiempo, el libro físico sigue siendo un gesto de distinción. Un símbolo silencioso de quienes prefieren la profundidad a la prisa. En definitiva, un lujo.

Círculos invisibles: el club de lectura.
En España, están surgiendo cada vez más clubs de lectura que no se anuncian, no se fotografían, no se publicitan. Son espacios selectos, casi secretos, donde la lectura recupera su carácter sagrado: un acto compartido entre quienes entienden la conversación que se sostiene tras la lectura.
Desde cenas literarias en pisos madrileños con platos inspirados en autoras clásicas, hasta encuentros mensuales en casas de campo donde se lee en voz alta y con los teléfonos móviles apagados, estos círculos están devolviendo a la lectura su valor de comunidad íntima.
Inspirados por referencias internacionales como Savoir Livre o Le Cercle des Lecteurs, estas iniciativas no necesitan ser grandes para ser valiosas.
Precisamente en su escala humana reside su lujo. Es decir, poder estar presente, sin espectáculo, compartir sin necesidad de ser vistos.

Leer como quien cuida un jardín secreto. Piénsalo, leer en una butaca antigua, bajo la luz dorada del atardecer. No para demostrar nada con lo aprendido, sino para saber cada vez más. Leer como quien cuida un jardín secreto. Como quien lleva una joya puesta.
Hay quienes compramos ediciones como si heredáramos secretos. Con subrayados de otra época, anotaciones al margen, huellas dactilares invisibles. Un libro leído se transforma: ya no es solo un texto, es una conversación suspendida entre dos almas que nunca se conocieron.
Estíbaliz Cazorla es experta en Identidad Verbal para marcas, y Fundadora de Mirar para Crear.
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