A veces, el proyecto más importante de nuestra vida requiere dejar de proyectar hacia fuera para empezar a construir hacia dentro.
Por Estíbaliz Cazorla
Créditos fotografías: Noelia Hernando / David Candela
Marta Kayser domina dos mundos con una destreza impecable. Ella resume su identidad con el lema: autora, arquitecta y viceversa. Esa dualidad creadora es el corazón de La fábrica de papel, su novela gráfica editada bajo el sello Lumen.
Acostumbrada a proyectar espacios habitables y funcionales, un secreto familiar la empujó a trazar un refugio íntimo. Y tras la pérdida de su padre y el hallazgo de unos bocetos antiguos con la firma de su bisabuelo, Marta cambió las reglas espaciales: cerró el AutoCAD para emprender un viaje personal en busca de un pasado.
El resultado es una obra valiente que demuestra cómo las estructuras genealógicas también necesitan vías de escape para no colapsar. Charlo con esta creadora visual para cruzar el umbral de su universo. Hablamos sobre el vértigo profesional, las pasiones dormidas y la capacidad sanadora del arte.

S.M.: Marta, cambiaste los planos de edificios por las viñetas de papel. Como arquitecta posees una visión del espacio con una singularidad propia de ello. ¿De qué manera te ayudó este dominio visual a construir los escenarios de refugio en tu novela ilustrada?
M: Siento que el proceso de construcción de estos escenarios ha sido muy similiar al de todas las veces que me haya metido dentro de un espacio arquitectónico o urbano para diseñarlo. Como arquitecta, cuando me empleo en la configuración de un proyecto, de un lugar, al tiempo que voy dimensionánodolo y materializándolo, pongo en marcha un proceso de visualización de la experiencia del usuario en tiempo real (supongo que esto tiene mucho que ver con la visión espacial) donde ya voy integrando diferentes sensibilidades. Atiendo de manera concienzuda a cómo lo recorre y lo percibe, así como qué narrativas se producen en la transición de un punto a otro.
Creo que esta manera que tengo de situar y asociar un determinado espacio a la experiencia humana, me ayuda sobremanera a construir telones de fondo que, más allá de ser representativos, participan en la acción de los personajes. He comprobado que el diseño de arquitecturas, requiere poner en marcha el mismo ejercicio de empatía que la creación misma de una trama y de los personajes en ella y que en ambos casos implica habitar muchas pieles y darles un lugar.
Por otro lado, creo que existe una analogía muy grande en la parte más estructural del proceso: la de la configuración de la narrativa. La arquitectura es la síntesis de lo complejo y la materialización de lo esencial y en este sentido creo que mi capacidad para formar esos engranajes coherentes a partir de elementos o realidades de muy distinta índole, también me ha ayudado mucho en esto: hacer visile lo esencial y preservar lo sutil.
S.M.: Marta, la concepción de esta obra te situó en un cruce de caminos. Por un lado, experimentaste el vértigo profesional de soltar una carrera estable; por otro, viviste el despertar de una pasión dormida con capacidad sanadora. En esas horas de silencio, cuando dibujabas los trazos iniciales sobre el papel para ordenar el duelo familiar, ¿hubo un instante exacto en el que sentiste que el arte dejaba de ser un salto al vacío para convertirse en un refugio?
M: Siempre he sentido que la escritura (especialmente la escritura) me ayudaba a ordenar y a nombrar; eso me ha dado siempre mucha paz. Por otro lado, mucho antes de empezar con este libro, el dibujo fue durante mucho tiempo un refugio en sí mismo; mis cuadernos en los momentos de ocio se convertían en un paréntesis, me ayudaban a apagar el ruido y las preocupaciones. Pero cuando empecé con la novela y el dibujo comenzó a convertirse en algo productivo, tuve que recolocar la idea del para qué.
Antes dibujaba sin ninguna vinculación emocional, sin el pretexto de la productividad y ahora me embarcaba en el dibujo como salida profesional recreando además escenas que dolían. Dibujar pasaba de ser una afición a un verdadero compromiso. La producción de esta novela se convirtía entonces en un reto no solo profesional, sobre todo personal; era mi oportunidad para trabajar cuestiones como el dolor de la pérdida, pero también la autoexigencia; trabajarme a mí como hija y como autora y darle un lugar a cada cosa. Cuando cambié el foco de las expectativas del libro para entenderlo como el aprendizaje necesario para sostener el proceso, el libro pasó a convertirse en ese refugio que mencionas. Me obligué a olvidarme del después y de lo que otros pudieran opinar para empezar a honrar mi camino creativo y con ello darle sentido a la premisa de la historia: yo no quería renunciar a embarcarme en esto como antes de mí sí lo habían hecho otros; el compromiso primero era conmigo. A partir de ahí todo empezó a cambiar. No te negaré que hubo días y rachas difíciles, ni tampoco que tuve que lidiar con el miedo en no pocas ocasiones, pero poco a poco iba integrando el porqué lo hacía y eso me proporcionaba mucho sosiego y le daba sentido al proceso.

S.M.: El hallazgo de los dibujos ocultos de tu bisabuelo funcionó como una chispa de luz en un momento de oscuridad. Cuando abrazaste esa herencia de puro arte, ¿sentiste sanar alguna herida de familia al dar color al trazo?
M: Sentí que mi vocación era más que una pulsión. Ese hallazgo me anticipaba la posibilidad de que mi vocación también se quedara metida en un cajón (en una carpeta en este caso). Lo sentí como una llamada y creo que sí, que cuando me prometí y comprometí con atenderla, se sanaba casi un linaje o, al menos, se rompía la inercia de no preguntarse seriamente qué es lo que realmente queremos o podemos aportarle al mundo, además de hijos.
S.M.: El libro es impresionante. La trama propone un viaje físico por lugares con mucha belleza, desde Madrid hasta los Pirineos, pero propone también un viaje interior. Al dibujar el punto final de este libro, ¿qué parte de la Marta del principio se quedó por el camino y qué versión nueva floreció?
M: Qué bonito que lo sientas así. Efectivamente está esta dualidad de viajes físicos y emocionales que a mí me ayudaban a irme ubicando respecto al futuro. Yo siento que hay una Marta de la que me he despedido y es la que tenía miedo de tener una voz propia, de abrirse; la que se cuestionaba si lo que tenía para contar tenía suficiente interés. La que ha florecido es una Marta que, independientemente de las dudas y el miedo, lo intenta.

S.M.: Yo creo que las mentes muy creativas suelen cobijarse en rutinas que nacen desde la calma. Cuando te sientas a crear mundos con tus lápices y tus guiones de cine, ¿cuál es ese ritual de trabajo sin el que te resulta imposible conectar con la inspiración?
M: Me gusta mucho que me hagas esta pregunta porque creo que es importante poner en valor la necesidad de ritualizar un poco ese momento previo a ponernos delante de proyectos de este tipo. En mi caso, atiendo a la preparación tanto del espacio como de mí mima. Voy a trabajar con emociones y esto es material muy sensible que necesito cuidar como algo casi sagrado.
La rutina depende un poco de cómo me encuentre y en qué punto esté del proyecto; hay veces que incorporo más pasos y otros me salto alguno; tampoco lo llevo a rajatabla. Pero lo que nunca falta es una rutina de autocuidado al levantarme: higiene física y mental. Para la mental me gusta atender un ratito el cuidado de las plantas; me gusta mucho el contacto con el aire fresquito de primera hora de la mañana; esto me ayuda a estar muy presente. Después, preparar tranquilamente el desayuno e irme al balcón, quizá leyendo, y por supuesto tratar de dejar el teléfono en la habitación (esto no siempre lo consigo). Antes de ponerme sobre el papel, me va bien meditar algunos minutos y/o escribir a modo de diario; esto me permite hacer un chequeo general cuerpo-mente y entenderme mejor ese día para intencionar la jornada. Cuando me distraigo, me pongo música que me inspire -que suele ser instrumental- y me lío con la jardinería. Por si no había quedado lo suficientemente claro que me encantan las plantas (se ríe).
S.M.: Diste un salto con valentía de gigante. Pasaste de la construcción de espacios urbanos a la docencia y a la ilustración de emociones. ¿Qué consejo darías a esa persona con dudas que acaricia la idea de reinventar su trayectoria profesional pero siente vértigo?
M: Soy consciente de que el contexto de cada persona es diferente y de que el vértigo puede ser mucho más acusado en situaciones, por ejemplo, de especial dificultad económica; por eso creo que dar un consejo es arriesgado, pero en todo caso, el primero y principal sería: paciencia. También me parece importante recalcar que ese salto que mencionas fue gradual. Sí es cierto que dejé mi trabajo, pero como tenía ahorros para algunos meses, me fue “relativamente” sencillo poder ir trazando un plan de supervivencia. He llegado a estar estos siete últimos años compatibilizando trabajos como arquitecta de manera autónoma con la producción de esta novela. Evidentemente no ha sido nada fácil, pero al menos el proyecto, aunque lento, iba dando algún paso hacia delante y yo con él.
Volviendo a los posibles consejos, diría que, aunque creo que el vértigo siempre va a estar, se puede trabajar para que no paralice. En mi caso ha habido mucha preparación mental para poder redefinir la sensación en el cuerpo que deja el vértigo y acabar entendiéndola como un síntoma de respeto; es una manera de poder cambiar el “no puedo” por el “voy a ver cómo lo puedo ir consiguiendo”.
Por otro lado, también creo que pueden hacerse cambios sin saltar al vacío de manera radical, de modo que, en las posibilidades de cada uno, se comience a hacer espacio a las actividades que pueden ir acercándonos al objetivo. La constancia para mí es clave; eso y recordarme el porqué cada cierto tiempo.
Lo último, no menos importante y sin pretender resultar naif, sería tener claro que el dolor de no hacer algo es mucho mayor que el de equivocarse; eso y que no hace falta “petarlo”.
Creo que el triunfo está en el ser capaz de atender, aunque sea un ratito al día o a la semana, aquello que nos hace felices. Romper con las dinámicas habituales en un pequeño porcentaje ya nos está permitiendo ser fieles a nuestro deseo y ese ejercicio de coherencia da mucha satisfacción y mucha alegría.
En resumen: les diría que busquen la manera de hacer un poquito, por esa alegría que va a reportarles atender una pulsión y que se esfuercen por encontrar placer en el mero hecho de hacerlo. Yo he pasé mucha ansiedad hasta que conseguí integrar que el verdadero regalo era estar haciéndolo, mucho más que la posibilidad o la certeza de llegar a vivir de ello. De hecho, todavía no sé lo que ocurrirá al respecto.

S.M.: En Slocum somos amantes del consumo de cultura, sí, pero con pausa, con disfrute. Para nutrir ese mundo interior tuyo, ¿nos compartes un libro de cabecera, una película de impacto o una afición a la que acudes para recargar tu energía vital?
M: Un libro de cabecera: El camino, de Miguel Delibes; ese retrato de la infancia y del entorno rural para mí siguen siendo un ancla y un lugar donde volver necesariamente de tanto en tanto. Recrearme en la infancia me resulta un ejercicio tan inspirador como necesario y me ayuda a poner en valor los pasos que he ido dando.
Una película: La novia, de Paula Ortiz; es la adaptación de Bodas de Sangre y es de una belleza extraordinaria. Paula Ortiz se sumerge en los detalles y atraviesa la pausa y los silencios de una manera magistral, ubica la historia sin grandes parafernalias de fondo, un escenario formado solo con lo esencial que casi parece un teatro donde la palabra cobra una importancia extraordinaria.
La afición es sin duda pasear, pasear sin rumbo, sin pretensiones, a solas y a poder ser también sin móvil. Me ayuda a abrir espacio, a colocar muchas cosas por dentro y me permite abrirme a la sorpresa.
S.M.: Y para terminar, Marta, estoy feliz de tenerte en Slocum. Me encantaría saber: ¿qué es lo que más te gusta a ti de Slocum Magazine?
M: Me encanta que tengáis una visión del arte tan integral. Muchos medios abordan la cultura casi exclusivamente desde la producción o productividad. Me gusta mucho que en Slocum habléis de las vísceras, de las bambalinas, de lo que hay detrás. Creo que es una manera muy poderosa de hacer de la cultura algo verdaderamente universal: ofreciendo las herramientas que le puedan permitir, quizá, a los lectores y lectoras, transitar sus porpios procesos.
Me encanta también que pongáis el valor la pausa; los creadores y el mundo entero díría, necesitamos volver a la calma; siento que es la única manera en que podemos hacer que nuestro trabajo le sirva realmente a otros.

Como ves, reinventarse no siempre exige un salto al vacío, sino la constancia de hacer hueco, poco a poco, a aquello que nos hace felices. Con La fábrica de papel, ha logrado aplicar el rigor de la arquitectura para construir un espacio mucho más íntimo: un lugar donde ordenar la memoria, transitar el duelo familiar y reconciliarse con su propia vocación.
De esta charla me llevo su invitación a mirarle a la cara al vértigo profesional para convertirlo en respeto. Y sus rituales de primera hora, el cuidado de las plantas y con esa valiosa lección de que el éxito es tan sencillo como salir al balcón, dejar el teléfono en otra habitación y dedicarle un rato a esa pasión que tenías guardada. Que para que las cosas tengan alma hay que darles, simplemente, su tiempo.
Encuentras La fábrica de papel, aquí.
Y por supuesto, te dejo con el universo de Marta, aquí.
Estíbaliz Cazorla es especialista en comunicación estratégica e identidad verbal para marcas. Fundadora de la agencia boutique Mirar para Crear. Más aquí.




